El cementerio olvidado de los soldados norteamericanos caídos en Saltillo
Expedientes revelan que soldados estadounidenses fueron enterrados en Saltillo en 1847; décadas después, solo quedaban restos dispersos bajo una ciudad que creció sin saberlo
Un expediente diplomático guardado en los Archivos Nacionales de Washington revela que, en 1847, el ejército estadounidense enterró a decenas de sus soldados en Saltillo. Medio siglo después, solo quedaban huesos dispersos y una ciudad que había crecido sin saber lo que tenía debajo.
LA GUERRA ENTRE DOS PAÍSES
Para entender lo que ocurrió en Saltillo en 1897, hay que remontarse medio siglo atrás. En 1846, Estados Unidos declaró la guerra a México. Las causas fueron varias: la anexión de Texas en 1845, las disputas sobre la frontera entre ambos países, en realidad fue el afán expansionista de Washington bajo la doctrina del Destino Manifiesto, que proclamaba el derecho divino de los estadounidenses a extenderse hasta el Pacífico. México, por su parte, era una nación joven, políticamente inestable y militarmente débil.
LA BATALLA DE LA ANGOSTURA
El 22 y 23 de febrero de 1847 tuvo lugar, a unos kilómetros al sur de Saltillo, una de las batallas más encarnizadas de toda la guerra: la Batalla de la Angostura, conocida en Estados Unidos como Battle of Buena Vista. El general Antonio López de Santa Anna comandó un ejército con clara superioridad numérica contra las fuerzas del general Zachary Taylor.
Durante dos días de combate en un terreno irregular y bajo un frío intenso, ambos ejércitos sufrieron pérdidas enormes. Los mexicanos tuvieron alrededor de 1,800 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos; los estadounidenses, más de 650. Santa Anna no logró romper la línea enemiga y se retiró hacia el sur. Taylor se mantuvo en el campo de batalla y reclamó la victoria, lo que años después le abriría el camino a la presidencia de su país.
SALTILLO DURANTE LA OCUPACIÓN
Durante los meses que el ejército estadounidense ocupó Saltillo, fallecieron varios soldados, muchos de ellos no por balas sino por enfermedades: disentería, tifoidea, fiebre, frío. El comandante militar ordenó construir un pequeño cercado de muros de adobe al lado sur del panteón de la ciudad, en las actuales calles de Juárez, Matamoros y De la Fuente, para dar sepultura a esos hombres.
Tras la Batalla de la Angostura, el número de muertos se disparó. Los cuerpos de decenas de soldados caídos fueron enterrados apresuradamente en un terreno irregular junto al cercado original; otros quedaron sepultados cerca del campo de batalla, en la antigua hacienda de Buena Vista. En ningún caso hubo registros oficiales, planos precisos ni notificación a las autoridades municipales. La ciudad estaba en estado de guerra y no había tiempo para protocolos.
Cuando el ejército abandonó Saltillo en 1847, el cementerio improvisado quedó atrás. Los dueños de los terrenos retomaron sus propiedades, las autoridades municipales nunca lo reconocieron formalmente como panteón, y el sitio cayó en el olvido.
Un problema agravó todo desde el principio: las tumbas habían sido colocadas a la orilla de un arroyo, con excavaciones poco profundas, quizás por la prisa. Cada vez que llovía, los huesos afloraban al ras del suelo. Cuando el arroyo se desbordaba, arrastraba los restos y los perdía para siempre.
CINCUENTA AÑOS DESPUÉS
Habían pasado exactamente cinco décadas cuando el Senado de los Estados Unidos aprobó una resolución para investigar el estado de los cementerios de guerra estadounidenses en territorio extranjero. Uno de los sitios que apareció en los registros fue Saltillo.
La tarea recayó en John Woessner, cónsul de Estados Unidos en la ciudad. El 21 de junio de 1897, Woessner comunicó formalmente al Subsecretario de Estado, el Honorable William R. Day, que había iniciado las gestiones para localizar y documentar el lugar de enterramiento.
Woessner escribió también al gobernador de Coahuila, Miguel Cárdenas, solicitando información oficial sobre el sitio: su estado actual, los documentos de propiedad y cualquier dato histórico disponible. El gobernador respondió con disposición y ordenó una investigación formal, encomendando el asunto a las autoridades municipales de Saltillo.
EL PRESIDENTE MUNICIPAL ENTRA EN ESCENA
El responsable de llevar a cabo la inspección fue el Dr. Juan Cabello Siller, presidente municipal de Saltillo. Por órdenes del gobernador Cárdenas, designó una comisión para visitar el lugar y recabar testimonios.
El resultado quedó consignado en un informe fechado el 18 de julio de 1897, que el secretario de gobierno, Melchor E. Cárdenas, remitió formalmente al consulado.
El informe fue categórico: el terreno existía, pero estaba en abandono total. El muro de adobe que alguna vez lo delimitó se encontraba casi en ruinas, no había ninguna señalización, animales y personas entraban y salían libremente. Con el paso de los años y las lluvias, los vecinos habían recogido los huesos que afloraban a la superficie y los habían depositado, sin registro alguno, en el osario común del panteón principal de la ciudad.
El informe incluía un plano del terreno, dibujado a escala 1:500 por el ingeniero Octavio López, catedrático del Ateneo Fuente, el gobierno municipal no había enviado a cualquier persona a medir el terreno: había mandado a un hombre de ciencia. El plano lleva su firma manuscrita y la fecha Saltillo, julio 17 de 1897.
UN DOCUMENTO EXCEPCIONAL
El plano de Octavio López está encabezado en dos idiomas. Arriba, en inglés: ”Plan of the ground where the bodies of American Soldiers were buried in the years 1846 & 1847”. Abajo, en español: ”Plano del terreno en el que se inhumaron cadáveres de soldados americanos, en los años de 1846 y 1847.” Era un documento preparado como prueba oficial para ser enviada a Washington.
Lo que el plano muestra es, en sí mismo, un testimonio histórico.
La zona superior corresponde al cementerio original de 1846: un polígono relativamente regular, de aproximadamente 61 metros de frente por 75 de fondo, con sus ángulos bien definidos. Era el área cercada con muros de adobe durante la ocupación, donde se enterró a los soldados fallecidos por enfermedad.
La zona inferior corresponde a los entierros de 1847: una figura triangular e irregular que se va estrechando hacia un vértice en la parte baja. Esa forma errática refleja con exactitud lo que el informe describía: entierros hechos con urgencia, sin planificación, en el terreno que había disponible. La diferencia visual entre el polígono ordenado y el triángulo caótico es, por sí sola, el retrato gráfico de dos momentos completamente distintos: los entierros de 1846 y el desastre por la cantidad de cuerpos enterrados en febrero de 1847.
A la izquierda del plano, el ingeniero López trazó con líneas onduladas el arroyo contiguo al terreno. Era una advertencia: esa corriente de agua era la causa directa de que los restos óseos siguieran saliendo a la superficie décadas después.
El plano también registra dos caminos: una ”calle antigua” que ya existía en 1847, y una ”calle nueva” trazada tiempo después, probablemente se trate de las actuales calles que llevan el nombre Arroyo y Sauz, ambas cruzaron el sitio por alguno de los puntos sin que nadie reparara, en lo que había debajo. La ciudad había crecido sobre las improvisadas y desordenadas tumbas de los soldados americanos.
LA RECOMENDACIÓN QUE NADIE ESCUCHÓ
Woessner, tras visitar personalmente el lugar y recibir el informe municipal, redactó sus conclusiones para Washington. Su diagnóstico era claro: sin protección legal, sin cercado y con un arroyo que seguía erosionando el terreno, cada vez que llovía, los restos de aquellos soldados desaparecerían por completo.
Su recomendación fue práctica: el gobierno de Estados Unidos debería adquirir el terreno, preferiblemente sin hacer demasiado ruido para evitar que la especulación disparara el precio. Una vez comprado, podría restaurarse y señalizarse como sitio conmemorativo. Los políticos de Washington, esos que se preocuparon por saber dónde estaban enterrados sus compatriotas, nunca respondieron.
EL CÍRCULO QUE SE CIERRA
El terreno que Octavio López midió en julio de 1897 forma hoy parte de la Plaza Coahuila, y en su lado poniente se levanta el Museo de la Batalla de la Angostura.
El mismo sitio que en aquel informe era descrito como un potrero abandonado, sin señalización, por el que entraban animales y donde la lluvia sacaba huesos a la superficie, es hoy el lugar destinado a preservar la memoria de esa batalla. El plano que López dibujó para resolver un trámite consular terminó siendo, sin que nadie lo hubiera planeado así, el documento que fijó para siempre la ubicación del Museo de la Angostura.
CUATRO PREGUNTAS SOBRE UN OLVIDO QUE DURÓ SIGLOS
¿Por qué el ejército norteamericano no se llevó los cuerpos?
En el siglo XIX, la repatriación de los caídos en guerra no existía como práctica institucional. Los soldados muertos en campaña eran enterrados donde caían, con los medios disponibles y en el menor tiempo posible. Trasladar cadáveres a través de cientos de kilómetros de territorio enemigo era, en términos logísticos, impensable. En Estados Unidos, el cuerpo militar dedicado a la recuperación y traslado de restos no fue creado sino hasta 1917, en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
¿Por qué tardaron cincuenta años en intentar recuperarlos?
Tras el Tratado de Guadalupe Hidalgo en 1848, Estados Unidos volcó su atención en administrar y colonizar los territorios recién adquiridos. Apenas trece años después estalló la Guerra Civil, que absorbió por completo los recursos y la energía del país durante media década y dejó sus propios cientos de miles de muertos. Los caídos en la guerra contra México quedaron sepultados no solo bajo la tierra de Saltillo, sino bajo el peso de prioridades más urgentes y tragedias más recientes. No existía ningún organismo federal encargado de rastrear los cementerios de guerra en el extranjero; fue necesaria una resolución del Senado para que alguien, por primera vez, se preguntara qué había sido de aquellos hombres.
¿Por qué Washington ignoró la recomendación del cónsul Woessner?
El expediente diplomático no registra ninguna respuesta formal del Departamento de Estado. Las razones exactas se desconocen, pero el contexto ofrece pistas. En 1898, apenas un año después del informe de Woessner, estalló la Guerra Hispano-Estadounidense, que redirigió de inmediato la atención y los recursos hacia Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Es probable que la recomendación quedara extraviada en la burocracia sin llegar a evaluarse. A esto se suma que la guerra contra México es, y ha sido siempre, un episodio incómodo en la memoria histórica estadounidense: una guerra de conquista territorial cuya legitimidad fue cuestionada desde el principio, incluso por figuras como Abraham Lincoln y el general Ulysses S. Grant. Honrar públicamente a sus muertos habría significado recordar una guerra que muchos preferían olvidar.
¿A quién le corresponde poner una placa conmemorativa, y tiene sentido hacerlo?
La placa no necesitaría celebrar a ningún ejército ni justificar ninguna guerra; bastaría con reconocer que bajo esa tierra descansaron seres humanos, jóvenes, en su mayoría, que murieron lejos de su hogar y que la historia de ese lugar es parte de la historia compartida, aunque dolorosa. Soldados Estadounidenses y Mexicanos, que, por cierto, salvo el Museo de la Angostura es el único lugar donde se honra la memoria de los soldados mexicanos. Aquí cabe la pregunta dónde están enterrados los soldados mexicanos.
En el sitio que hoy alberga un museo dedicado precisamente a esa batalla, una placa bilingüe sería coherente, pertinente y, sobre todo, justa para ambos bandos.
El plano que Octavio López trazó una mañana de julio de 1897 sigue siendo, hasta hoy, el único testimonio preciso de dónde estuvieron aquellos hombres. Que ese documento haya sobrevivido en un archivo en Washington es una pequeña victoria contra el olvido. Convertirlo en memoria pública, en el lugar exacto que representa, es la tarea que sigue pendiente.