Dos calles del centro de Saltillo que casi nadie conoce
Calle Muelles y Bruno Neira: memoria de acero, casi olvidada, en el corazón de la capital de Coahuila
Hay en el centro de Saltillo dos calles que la ciudad casi ha olvidado, una se llama Muelles, la otra Bruno Neira. Entre las dos no suman poco más de doscientos metros. Ninguna figura en ninguna guía. Ninguna placa conmemorativa. Son, a todos los efectos prácticos, calles de paso: las cruza quien tiene prisa y no tiene a dónde voltear. Sin embargo, quien se detenga un momento, solo un momento, descubrirá que en esos pasos breves la ciudad guardó, sin proponérselo, algo parecido a una pequeña biografía industrial.
Conviene contarlas juntas porque ya que entienden mejor, las dos son pequeñas en las dos hubo dos importantes industrias y pocos saben que existieron o por lo menos muchos no saben ni cómo se llaman.
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LA CALLE MUELLES
No mide más de cincuenta metros. Se traza en diagonal, se corta en Emilio Carranza y va a dar a la calle de Múzquiz con discreción, ya que casi nadie pasa por ahí. Hace un pequeño quiebre hacia el sur poniente, termina su corto tramo sin aviso. La mayoría la cruza sin mirarla. Algunos ni saben su nombre ya que no hay ninguna nomenclatura oficial visible. Antes, esa porción de terreno fue parte de la importante huerta.
El lugar formó parte del antiguo pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, ese asentamiento tlaxcalteca que en 1591 fue plantado junto a la villa española como experimento de convivencia, experimento que duró hasta bien entrado el siglo XIX. Ahí crecía una arboleda a la que llamaban Los Pilares: frutales, acequias, sombra fresca en verano, el murmullo del agua que hacía olvidar el calor. El nombre sobrevivió décadas como topónimo del tramo que desembocaba en la antigua calle del Ferrocarril, hoy Emilio Carranza.
EL HOMBRE QUE TEMPLÓ EL ACERO
Lo que vino después llegó con el ruido y el calor propios para trabajar el acero. En 1950, en el terreno en torno a las calles de Múzquiz, Emilio Carranza y Muelles, don Leopoldo García Saldívar instaló Muelles Coahuila, razón social Industrial Coahuila S. de R.L., luego de comenzar en un taller más modesto sobre la calle Lerdo de Tejada. García Saldívar era también presidente del Centro Patronal de Saltillo, dato que dice mucho sobre su talante y su peso como industrial en la ciudad.
En la fábrica, las pesadas placas de acero se cortaban, se punzonaban, se troquelaban. Los tramos para formar los muelles se calentaban al rojo vivo y se templaban en aceite antes de entrar al horno eléctrico para un tratamiento térmico. Muelles para automóviles y camiones, fabricados aquí, en Saltillo, para que esos pesos no cruzaran la frontera. En el México del presidente Alemán la sustitución de importaciones fue una política que ayudó a industrializar al país, cada muelle que salía de esa modesta esquina, era una pequeña contribución a la economía.
En el verano de 1954, El Diario de Saltillo le dedicó un reportaje con ese tono entre el orgullo y la travesura que tenía la prensa local de entonces. El texto afirmaba, con visible satisfacción, que la principal industria de la ciudad “ya no está circunscrita exclusivamente a la fabricación de sarapes, cajeta, trou-trou y aplicación de inyecciones.”
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La frase entrecomillada refleja la mentalidad de su tiempo: no era un insulto ni mucho menos, sino una descripción graciosa de ese momento en que lo artesanal cedía paso a lo industrial. El sarape, la cajeta, el delicado bordado de pequeños orificios por donde se desliza un listón —eso era el trou-trou, herencia del refinamiento afrancesado del siglo XIX—, y esa alusión irónica a las inyecciones, casi convertidas en industria local, quizá porque pocos tenían el temple para enfrentar las terroríficas jeringas de vidrio con agujas de grueso calibre. Todo ese inventario pintoresco quedaba atrás. Llegaban los hornos eléctricos y el acero templado.
Al cabo de varios años la fábrica de muelles cerró, como cierran tantas cosas, a veces sin que nadie se entere de la razón.
LA VOCACIÓN CAMBIÓ DE FÁBRICA A ARCHIVO
La nave donde operó Muelles Coahuila tiene desde 2009 un inquilino muy distinto: el Archivo Judicial del Estado de Coahuila. Donde ardían las hojas de acero ahora reposan expedientes. El calor del horno fue reemplazado por la teórica temperatura controlada que exigen los documentos antiguos. El estruendo cedió al silencio del papel. Hay algo casi poético en ese relevo, aunque nadie lo haya planeado así.
¿RECUERDA USTED EL GRAN ANUNCIO DE LETRAS NEGRAS CON FONDO BLANCO, DONDE SE LEÍA MUELLES COAHUILA? YO SÍ.
El edificio que ocupa el terreno triangular frente a la entrada de lo que fue Muelles Coahuila merece una pausa y, si se me permite, una comparación que puede parecer atrevida pero que la geografía impone con toda naturalidad.
En Nueva York existe el Flatiron Building, ese célebre rascacielos de veintitrés pisos que desde 1902 apunta su proa triangular en la intersección de Broadway con la Quinta Avenida, en el corazón de Manhattan. La ciudad entera lo fotografía, los turistas lo rodean, los libros de arquitectura lo consagran.
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Pues bien, el edificio del vértice de Emilio Carranza, Muelles y Múzquiz es, guardadas todas las proporciones que hay que guardar --y en este caso hay que guardar muchas--, el Flatiron de Saltillo. La misma lógica geométrica, el mismo aprovechamiento del terreno en cuña que deja el cruce diagonal de una calle, la misma voluntad de ocupar hasta el último centímetro de un triángulo escaleno. La diferencia es que el de Nueva York tiene veintitrés pisos, fama mundial y distrito propio; el de Saltillo tiene tres plantas y sótano, albergó una sucursal bancaria y hoy está vacío. Pero la geometría es exactamente la misma. Habrá quien diga que el nuestro tiene más historia por metro cuadrado.
Hay un último detalle, y es el mejor. Por las noches, en el ángulo norte, la oscuridad se interrumpe con el resplandor de modestos focos y el de una plancha caliente: un simpático puesto de comida rápida cuyo dueño es el ingeniero Roberto Vásquez, entrañable amigo de secundaria a quien todos llaman Manzanas, y el negocio lleva el nombre inevitable: Manzanas Burger. La plancha de acero se calienta igual que se hacía al otro lado de la calle, donde el metal ardía al rojo décadas atrás. El aceite es otro, desde luego, pero sigue siendo aceite caliente, ahora para dorar papas. Muchos en Saltillo no saben cómo se llama la calle trasera del Flatiron de Saltillo, pero sí saben llegar al puesto, parar y comerse una buena hamburguesa con papas y una generosa ración de chiles jalapeños.
Mi hijo Ariel, que se ha ganado cierta autoridad recorriendo los rincones más inesperados de la ciudad en busca de la hamburguesa perfecta, le dio a Manzanas Burger una calificación más que respetable.
Hay lugares que acumulan carácter con el tiempo sin proponérselo. Este es uno de ellos. En cincuenta metros conviven en el recuerdo pocos árboles sobrevivientes de una vieja huerta tlaxcalteca, una fábrica que demostró que Saltillo podía forjar su propio acero, un archivo que custodia la memoria jurídica de Coahuila y una plancha donde se dora la carne al caer la noche. Tierra, hierro, papel y carne. La modernidad no reemplaza: solo cambia los roles.
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LA CALLE QUE SE LLAMÓ ‘Y GRIEGA’
A pocas cuadras, discreta y casi silenciosa, corre de norte a sur la calle Bruno Neira. Lleva el nombre de quien fue gobernador constitucional de Coahuila entre abril de 1928 y noviembre de 1929, en plena turbulencia posrevolucionaria. Pero antes de llamarse así tuvo un nombre que vale la pena recordar: Y griega. No es difícil imaginar por qué: su trazo se abría alguna vez como una bifurcación. Hoy no quedan indicios claros de esa forma, pero el nombre sobrevive en quienes lo conocieron, con esa gracia singular de las calles bautizadas con una letra. La ciudad, con el tiempo, lo cambió por el nombre de un personaje y borró ese detalle tipográfico de sus mapas. Así suelen hacerse estas cosas.
EL HOMBRE DE LAS INICIALES
En los antiguos talleres de don Manuel Aguirre Corona, en Xicoténcatl 731 norte, el sordo cantar de los tornos y la respiración ardiente de la forja daban forma a la Bomba MAYC: las iniciales del fundador convertidas en marca, como si el nombre y el apellido se hubieran fundido en metal. El artefacto no solo inflaba neumáticos, inflaba también el orgullo industrial de una ciudad que hasta entonces había sido reconocida más por su vocación artesanal, agrícola y comercial que por su manufactura técnica.
El 26 de julio de 1960, El Diario —que dejaría de circular un año después— publicó con legítimo orgullo que las armadoras de Ford Motor Company incluían a sus vehículos una bomba manual fabricada en Saltillo. Más de treinta empleados participaban en aquella empresa que enviaba entre ochocientas y mil bombas mensuales a la Ciudad de México y Monterrey, cifra nada menor para un taller local donde la maquinaria era moderna y el consejo técnico del propio Aguirre Corona era el verdadero eje.
El producto era elemental en su concepto: un tubo de acero, un émbolo de varilla y cuero, una válvula. Pero fabricarlo bien exigía precisión, y esa precisión era el orgullo verdadero de la pequeña fábrica.
EL REAJUSTE Y EL SILENCIO
Con los años, la empresa dejó Xicoténcatl y se mudó a una bodega en Bruno Neira, esa Y griega rebautizada. Ahí, lejos del escaparate, detrás de un portón metálico ante el que más de un transeúnte se preguntó qué harían adentro, continuó la producción. Si en 1960 sus bombas acompañaban vehículos de grandes armadoras, con el tiempo la empresa viró hacia bombas para bicicletas, respondiendo al transporte ligero y popular que marcó varias décadas del siglo XX. No fue retroceso: fue reajuste. La precisión aprendida en los años del auge automotriz encontró un mercado más cotidiano.
A finales de los ochenta, en un contexto industrial ya muy distinto, la empresa fue adquirida por una fábrica de bicicletas vinculada a la CTM, con operaciones en la Ciudad de México. La lógica tenía sentido: integrar la producción de bombas al ensamblaje de bicicletas, sumar eslabones en una misma cadena. Pero las cadenas industriales de esa época eran frágiles.
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La fábrica cerró. Con ella se apagó lo que Manuel Aguirre Corona había encendido décadas antes con sus propias manos e iniciales. Ningún letrero lo recuerda. Ningún vecino joven sabría decir qué ocurrió detrás de ese portón.
LO QUE QUEDA
Muelles y Bruno Neira casi no figuran en ningún mapa que no sea el del recibo del agua o la luz. Son, a todos los efectos, calles de paso. Pero en su brevedad cargaron durante décadas algo que pocas calles pueden decir: que por ahí salieron piezas fabricadas aquí, con manos de aquí.
Una hacía muelles de acero para automóviles y camiones. La otra fabricaba bombas de aire que llegaban hasta las líneas de ensamblaje de Ford. Las dos nacieron del mismo impulso —la convicción de que lo que se usaba aquí podía fabricarse aquí— y las dos siguieron el mismo camino: crecieron, se adaptaron, cambiaron de producto y al final cerraron sin hacer ruido, como se cierran las cosas cuando nadie escribe su historia a tiempo.
Hoy uno puede caminar por Bruno Neira o por Muelles sin sospechar nada. El portón sigue ahí, de otro color, pero da lo mismo. Quedó el nombre de un hombre fundido en sus iniciales, quedó el nombre de una calle que recuerda los muelles sin saberlo, y quedó la certeza de que Saltillo, durante un buen tramo del siglo XX, fue una ciudad que fabricaba. Eso, en una época en que tantas ciudades solo consumían, no era poca cosa.