La memoria florece en noviembre: día de muertos en Saltillo
Entre el perfume de las flores, el murmullo de los recuerdos y la algarabía de los vivos, el Panteón Santiago despierta de su silencio. Allí, donde la muerte parece tener la última palabra, una anciana de 75 años demuestra que hay amores que ni siquiera la tierra consigue sepultar.
La mujer camina por la calzada Francisco I. Madero con un arreglo de flores de plástico entre los brazos. Debe tener unos 75 años, lleva los zapatos gastados, un suéter de lana y esa expresión de las personas que han aprendido a vivir con una ausencia. De vez en cuando se detiene para acomodar las flores, como si cargara a alguien dormido. Va al Panteón Santiago.
Es temprano. El frío de Saltillo todavía anda suelto por las calles, metiéndose entre los puestos que desde hace un par de días han convertido los alrededores del cementerio en una feria de cosas destinadas a los muertos.
Hay flores suficientes para hacer creer que noviembre se ha equivocado de estación. Los cempasúchiles se amontonan como pequeños soles arrancados de sus tallos. Las rosas se abren con una urgencia que no tendrán mañana. Los crisantemos parecen competir por llamar la atención de quienes ya no pueden verlos. Entre las coronas, las veladoras y las cruces de madera, los vendedores ofrecen sus mercancías con la misma voz con que cualquier otro día anunciarían naranjas o tomates.
Huele a flores hasta el cansancio. Un perfume dulce, húmedo, casi insoportable, que se mete en la ropa y se queda prendido en el recuerdo. A ratos se mezcla con el olor de la comida caliente y el humo de los puestos. Es una combinación improbable, como casi todo lo que sucede en México cuando llega el Día de Muertos: una fiesta que se organiza alrededor de la tristeza.
Dentro del panteón, los muertos han perdido por unas horas su acostumbrada tranquilidad.
Los panteoneros van y vienen con escobas, cubetas y herramientas. Conocen los pasillos de memoria, las tumbas que reciben visitas y aquellas cuyos dueños parecen haber perdido hasta el derecho a ser recordados. Arrancan la hierba, retiran las hojas secas y levantan pequeñas nubes de polvo que el sol de la mañana vuelve doradas.ç
Un hombre ha llevado una vieja tina y un cepillo para lavar una lápida de mármol fragmentada. Se arrodilla, moja las cerdas y comienza a tallar con la paciencia de quien sabe que no tiene manera de recuperar lo que verdaderamente importa. El agua oscura corre entre las grietas, se lleva la tierra acumulada durante meses y descubre poco a poco unas letras que parecían condenadas a desaparecer. No hay nada más parecido a una caricia que la mano de alguien limpiando el nombre de un muerto.
En algunas tumbas, las fotografías siguen esperando detrás de cristales opacos. Hombres con trajes que ya nadie usa, mujeres de peinados que sobrevivieron a las modas y sonrisas detenidas en una tarde remota. El sol les ha ido robando el color y la humedad les ha desdibujado los rostros. Algunas imágenes apenas conservan dos ojos oscuros, como si el tiempo hubiera decidido borrar todo lo demás para dejarles la posibilidad de seguir mirando.
Son los habitantes más pacientes del cementerio. Durante casi todo el año contemplan los mismos pasillos vacíos, los árboles que pierden sus hojas y las sombras que se alargan sobre el mármol. Pero hoy, desde sus pequeños retratos, parecen sorprendidos por tanta gente. Como si los vivos hubieran llegado sin avisar y los muertos no hubieran tenido tiempo de arreglar la casa.
Las familias aparecen cargadas de flores, cubetas y recuerdos. Algunas llegan juntas, hablando en voz alta. Otras avanzan en silencio, buscando entre los nombres aquel que todavía les duele encontrar.
Una mujer limpia una tumba mientras le cuenta al difunto que la nieta ya entró a la escuela. Le habla también de una gotera que no han podido reparar y de lo caro que se ha puesto todo. No parece esperar respuesta. Habla con esa confianza que solamente se tiene con alguien que nos escuchó durante muchos años.
En otra sepultura, un hombre permanece sentado con los codos sobre las rodillas, mirando la fotografía de su padre. Tiene el cabello más blanco que el hombre retratado. Quizá ya vivió más años de los que su padre alcanzó a conocer. Pero sigue sentado frente a él con la misma expresión de quien todavía espera un consejo.
De pronto se escucha un mariachi. Las trompetas levantan Hermoso cariño por encima de las cruces y los mausoleos. La música atraviesa los pasillos, se enreda en las ramas de los árboles y alcanza incluso las tumbas más apartadas. Hay quienes cantan, quienes sonríen y quienes bajan la mirada para que nadie descubra que están llorando.
Entre las tumbas corren los niños. Se persiguen por los corredores, se esconden detrás de las cruces y se ríen con esa libertad que solamente tienen quienes todavía no saben que la vida se termina. Para ellos, el cementerio es un lugar extraño donde los adultos llevan flores y hablan con piedras.
Un anciano los mira desde una silla plegable. No les pide silencio. Sonríe apenas y sigue con los ojos las piernas veloces que brincan sobre las raíces de los árboles. Tal vez recuerda una época en que él también podía correr sin pensar en el cansancio, cuando el tiempo era una cosa inmensa que parecía no acabarse nunca.
Hay sepulturas de mármol tan grandes que parecen pequeñas casas, con ángeles de piedra y letras doradas. A su lado descansan cruces humildes, algunas inclinadas por el tiempo, con flores acomodadas en frascos que alguna vez guardaron café.
También hay tumbas que nadie visita. La hierba les ha crecido hasta cubrir los nombres. El viento ha dejado sobre ellas una cosecha de hojas secas. Nadie sabe si sus familiares viven lejos, si murieron también o si simplemente llegó ese día en que la memoria de una persona se apagó en la última cabeza que la conservaba.
La mujer con el arreglo de flores de plástico aparece entre los pasillos.
Ha caminado lentamente, deteniéndose a veces para recuperar el aliento. Busca una sepultura sencilla, de mármol envejecido, en un rincón donde el sol apenas comienza a tocar las piedras.
Cuando la encuentra, deja el arreglo en el suelo y se queda mirándola.
Después se inclina con dificultad, retira unas hojas secas y acomoda las flores. Endereza una rosa roja, limpia con la manga del suéter el polvo de la lápida y pasa los dedos sobre las letras del nombre.
La mujer acerca un poco el rostro a la piedra.
—Madrecita...
Lo dice tan bajito que apenas alcanza a escucharse.
Y en aquella palabra sucede algo que los años no han conseguido impedir: la mujer de 75 años vuelve a ser una niña.
No importa cuánto tiempo haya pasado desde la última vez que escuchó la voz de su madre. Ni cuántas veces haya tenido que ser fuerte, ni cuántos hijos haya criado, ni cuántas despedidas haya aprendido a soportar. Frente a aquella tumba sigue siendo la misma hija que alguna vez necesitó que le acariciaran el cabello para quedarse dormida.
Permanece unos minutos junto a ella. Luego se incorpora despacio, se acomoda el suéter y mira una vez más la cruz.
Las flores de plástico permanecerán allí cuando las rosas verdaderas de las otras tumbas hayan perdido sus pétalos. Resistirán el sol, el polvo y los días en que nadie venga a visitarlas. Tal vez por eso las escogió: para que su madre tenga flores incluso cuando ella no pueda volver.
La anciana emprende el camino de regreso.
A sus espaldas, el cementerio continúa lleno de vida. Las trompetas suenan, los niños corren, los hombres siguen lavando las lápidas y los retratos antiguos contemplan aquella multitud que, dentro de unas horas, habrá desaparecido.
Quizá los muertos no regresen cada noviembre, como cuenta la tradición. Quizá somos nosotros quienes volvemos a ellos, buscando entre las piedras un poco de la vida que se nos fue.
Y mientras exista alguien capaz de arrodillarse frente a una tumba y decirle «Madrecita» a la tierra, habrá amores que ni siquiera la muerte consiga enterrar.