Santiago Smith, soldado, doctor, mediador, negociante, cónsul y un tanto gandalla
Entre pleitos legales, inversiones, escándalos nocturnos y disputas con autoridades mexicanas y estadounidenses, Santiago construyó una vida singular que lo convirtió en uno de los extranjeros más influyentes —y enigmáticos— del Saltillo del siglo XIX
Desde hace tiempo tenía ganas de investigar a este personaje. Su nombre aparece en varios textos de historia, aunque sin profundizar demasiado en su origen, y lo que se dice sobre los roles que desempeñó en el Saltillo del siglo XIX suelen ser muy escuetos. Decidí entonces investigarlo a fondo, y el resultado es por demás interesante: un hombre que rompió muchos de los cánones de su época para satisfacer su ambición, o digámoslo de otra manera, para alcanzar, quizás, sus sueños.
DE LA VISTA NACE...
Llegó en 1846 con el ejército estadounidense, algo vio en Saltillo que lo hechizó. No está claro si fue por amor a la ciudad, por amor a una mujer, por las oportunidades que vio en esta tierra o por la suma de las tres. Lo que sí es claro es que Saltillo se convirtió en su hogar. Cuando llegó a Saltillo, James Smith tenía veinte años. Había nacido el 19 de mayo de 1826 en el condado de Tuscaloosa, Alabama, hijo de Thomas Smith y Elizabeth Hulum, y era el tercero de una familia de cuatro hermanos: Erasmus Hulum, William D., también médico, y la menor, Martha Elizabeth.
Antes de llegar al norte de México realizó un año de estudios de medicina en Nueva Orleans, y de allí partió hacia San Antonio, Texas, ciudad que acababa de ser anexada a los Estados Unidos. En algún momento de 1846 decidió acompañar al ejército norteamericano hasta Saltillo, cuando estalló la guerra entre ambos países. No está del todo claro si se incorporó como voluntario, soldado raso o médico de campaña. Lo que sí es cierto es que, al término del conflicto, algo lo sedujo y decidió quedarse. Esa es la primera rareza, pues la mayoría de los soldados y aventureros que cruzaron el Río Bravo durante la guerra regresaron a casa.
Al cabo de unos años, en 1853, viajó a Luisiana para completar su formación en la Universidad de Louisiana. Tan pronto terminó sus estudios, ese mismo imán que no sabemos nombrar lo hizo volver: retomó su vida en Saltillo como si nunca hubiera habido una guerra de por medio.
PLEITOS Y DISPUTAS QUE TRASCIENDEN FRONTERAS
A mediados de 1859, Smith se encontraba en una posición económica sólida, producto, imaginemos, de su exitosa práctica médica. El 8 de julio de ese año compró a Simón Cavazos varias propiedades por un valor de 645 pesos. Con esta adquisición comenzó la larga lista de bienes raíces que iría acumulando durante su estancia en Saltillo: Smith había decidido echar raíces, y lo haría de la manera más literal posible.
Algo más grande tramaba, sin embargo. El 19 de julio de 1859 solicitó al Ayuntamiento que obligara a varios ciudadanos mexicanos a comparecer ante él para rendir declaraciones destinadas a la Corte de Distrito de Texas.
La respuesta de la autoridad, firmada bajo la fórmula republicana Dios y Libertad, rechazó la solicitud de manera cortés pero firme: las leyes de la República no permitían que ningún ciudadano mexicano reconociera jurisdicción extranjera de ninguna clase. No obstante, el Ayuntamiento no cerró todas las puertas: si Smith presentaba su interrogatorio ante cualquiera de los jueces de primera instancia de la ciudad, la diligencia se encauzaría sin dificultad para los propósitos que buscaba. Podía incluso estar presente para escuchar las respuestas.
La carta concluía advirtiendo que, si Smith no utilizaba ese “medio único, regular y debido”, las declaraciones obtenidas por otras vías no tendrían fuerza ni valor legal alguno. Vaya lección de derecho constitucional mexicano del siglo XIX, redactada con toda la elegancia de la época y dirigida a un médico de Alabama que se había convertido en representante informal de una potencia extranjera en una capital provinciana del norte de México. La ironía no necesita subrayarse. Como es costumbre, los documentos no incluyen la respuesta de Smith.
LA NOCHE DE LA LINTERNA ROTA
El Archivo Municipal guarda también otro documento de Santiago Smith, menos diplomático y considerablemente más oscuro. El 21 de diciembre de 1859, el jefe de la guardia nocturna de Saltillo redactó un reporte urgente con el siguiente relato: a las dos y media de la madrugada, el doctor Santiago Smith rompió de una pedrada la linterna del sereno Rito Vargas y lo dejó herido. El sereno tocó su silbato pidiendo auxilio. Acudió Florencio Rendón con otros serenos, y en el forcejeo que siguió se disparó la pistola del cabo, hiriendo en la cadera a un tal Ernesto.
El parte policial no deja de ser extraordinario: el médico respetado de la colonia estadounidense andaba rompiendo linternas a pedradas en plena madrugada. El informe no explica por qué, y los archivos, como de costumbre, registran el hecho sin la anécdota que lo explica. El incidente terminó con Florencio Rendón en la cárcel por el disparo accidental. No hay registro de que Smith sufriera consecuencia formal alguna. En los márgenes de la ley, los extranjeros bien relacionados del Saltillo del siglo XIX solían gozar de una impunidad que sus contemporáneos mexicanos difícilmente podían tener.
EL CÓNSUL SIN DESPACHOS
El 23 de junio de 1860, el gobierno de los Estados Unidos nombró formalmente a Santiago Smith cónsul en Saltillo, convirtiéndolo en el segundo representante oficial en la historia del consulado. Su gestión, sin embargo, encierra una rareza notable: de toda su labor consular no se conserva un solo despacho oficial. El hombre que durante años fue el enlace entre Saltillo y Washington, el que representó los intereses de sus compatriotas ante las autoridades locales, no dejó rastro alguno en los archivos del Departamento de Estado. O se perdieron en el envío, o simplemente no los envió, lo cual sería perfectamente coherente con alguien que tenía una relación más visceral que burocrática con su cargo. En los archivos diplomáticos, el cónsul Smith es, sencillamente, un silencio total.
SER IMPORTANTE A TODA COSTA
Con suficiente capital acumulado, en mayo de 1869 Smith compró más propiedades, esta vez a Cecilia Rumayor, bajo condiciones algo enredadas y por la considerable suma de diez mil pesos, cantidad estratosférica para la época. En 1871 otorgó fianza en favor del administrador de la aduana de Piedras Negras, y en 1872 volvió a actuar como fiador en el caso del terrateniente Santiago Hewetson.
Pero el episodio que más llama la atención es el de 1873, cuando representó a los herederos de Jesús Cavazos en una reclamación por los daños causados por tropas estadounidenses en 1848. Curioso ejercicio de justicia el de un excombatiente norteamericano reclamando, a nombre de una familia mexicana, los perjuicios que dejó su propio ejército un cuarto de siglo antes. Todo indica que la gestión prosperó: el acuerdo establecía que Smith recibiría el cincuenta por ciento de lo recuperado, y el hecho de que poco después continuara adquiriendo propiedades sugiere que se salió con la suya.
EL MOLINERO Y LA CONCUBINA
En 1868, Smith adquirió la propiedad conocida como Molino de Arce, referida también en algunos documentos como Molino de la Estrella, una finca que lo consolidaba definitivamente en Saltillo tanto en términos económicos como sociales. Durante años mantuvo una relación con Ángela Cavazos Dávila, perteneciente a la misma familia que había interpuesto la reclamación contra el gobierno norteamericano, y hermana de quien con el tiempo sería tesorero del estado durante el gobierno de Miguel Cárdenas. La relación no era ningún secreto, pero lo que sí resultaba escandaloso para esos tiempos era que Ángela seguía siendo legalmente esposa de Ventura Reyes. Eso no parecía importarle demasiado a Santiago Smith, quien la consideraba, a todos los efectos, su esposa.
PLEITOS Y PAGO DE CONTRIBUCIONES
En octubre de 1872, Smith protestó formalmente contra las tropas del general Ignacio Revueltas. Meses antes, en junio de ese mismo año, Revueltas había liderado la carga decisiva de su batallón en la Batalla de Monterrey, apoyando al general Diódoro Corella contra los rebeldes del Plan de La Noria, entre ellos Jerónimo Treviño y Donato Guerra, quienes huyeron hacia Saltillo. Revueltas los siguió, y en su paso por la ciudad no fue precisamente respetuoso: en la finca de Smith destruyó y robó ganado.
Smith, en calidad de ciudadano estadounidense, reclamó la pérdida de 21 mulas, 85 reses, 3 caballos y 12 yuntas de bueyes, además de los daños a su propiedad. Presentó su reclamación en 1875, y para 1888, con los intereses acumulados, la deuda ascendía, según sus propios cálculos, a 23,036 dólares con 93 centavos.
Los años pasaron y la indemnización no llegó. Pero Smith no desistió. Tenía más de sesenta años y llevaba cuatro décadas en Saltillo; se defendió con la energía de quien tiene mucho que perder. En marzo de 1888 prestó declaración jurada ante el cónsul John Woessner: que nunca había renunciado a su ciudadanía estadounidense, que siempre había considerado los Estados Unidos su patria, que planeaba regresar a Alabama en cuanto cerrara sus asuntos en México. El Secretario de Estado T. F. Bayard resolvió el caso el 15 de agosto de 1888: la reclamación no procedía. Los 23,000 dólares se quedaron donde siempre habían estado: en el papel.
La ironía del desenlace no es menor. Años antes, Smith había reclamado al gobierno de los Estados Unidos una indemnización en nombre de la familia Cavazos por los daños causados por el ejército norteamericano. Ahora era él quien pedía que ese mismo gobierno lo resarciera por los daños causados por el ejército mexicano. En ambos casos, la respuesta fue el silencio o la negativa. Smith conocía bien los laberintos de la justicia.
LA GUERRA DE LA CALLE COLÓN
Mientras litigaba con Washington, Smith libraba simultáneamente otra batalla en casa. En julio de 1886, el municipio afectó parte de sus terrenos para abrir y ampliar hacia el poniente la calle Colón. Lo que siguió fue una negociación interminable. El gobierno municipal ofreció 200 pesos pagaderos en abonos de 25 pesos; Smith aceptó a regañadientes, pero rechazó el esquema de plazos. Como gesto de buena voluntad, o eso parecía, donó 100 pesos para rehabilitar las calles de Cuauhtémoc y Ramos Arizpe. Sin embargo, como la indemnización por la calle Colón no llegaba, en febrero de 1888 solicitó que le devolvieran la donación.
Vaya generosidad la de Smith. Porque resulta que su donación de 100 pesos para el arreglo de las calles no era del todo desinteresada: tenía terrenos en la zona, y poco después vendió al francés Eduardo R. Laroche el lote ubicado precisamente en las calles Cuauhtémoc, Salazar, Ramos Arizpe y la ampliación de la calle Colón. Al final aceptó un arreglo de 300 pesos por la afectación municipal. El Cabildo aprobó el pago en junio, aunque incluso se requirieron gestiones adicionales para reunir los fondos. Una expropiación por causa de utilidad pública habría sido la salida más expedita, pero el Ayuntamiento de entonces era, hay que reconocerlo, de una decencia admirable.
EL FINAL Y LA HERENCIA
En 1894, Santiago Smith vendió a Ángela Cavazos una casa ubicada en la calle de Salazar. Fue acaso un gesto de protección, acaso una deuda saldada en afecto: la manera silenciosa en que un hombre sin herederos directos aseguraba el futuro de la mujer con quien había compartido su vida durante décadas, al margen de las leyes y de las convenciones de su tiempo.
Santiago Smith murió, en su casa ubicada en Ramos Arizpe y Morelos, de una complicación de asma el 12 de enero de 1896. En febrero de ese año, Ángela Cavazos otorgó poder a Manuel López para continuar el juicio sucesorio, lo que sugiere que el asunto era algo complejo. En septiembre de 1896, Harvey Smith escribió desde San Luis, Missouri, al Presidente Municipal de Saltillo para preguntar si su tío había muerto intestado. La carta, conservada en el Archivo Municipal, es el último rastro de un sobrino que llegó tarde a preguntar por una herencia en una ciudad que no conocía, sobre un hombre que había elegido a Saltillo y a Ángela por encima de todo.
El proceso sucesorio se prolongó hasta 1904. Ocho años después de su muerte, un juez de Saltillo protocolizó formalmente la herencia de James Smith. Para entonces, Ángela Cavazos había tenido tiempo de sobra para saber si la ley le reconocía algo o no. Lo que la ley no podía quitarle era lo único que importaba: había sido, a su manera, la verdadera patria de ese hombre que un día cruzó el Río Bravo siguiendo a un ejército y se quedó, sin que nadie lo entendiera del todo, siguiendo algo mucho más difícil de nombrar.