El polvo que todos ponemos en el aire
Cuando hablamos de contaminación del aire es fácil buscar grandes culpables. Miramos las chimeneas de las fábricas, los camiones de carga o el tráfico y pensamos que ahí comienza y termina el problema. Sin embargo, parte de lo que respiramos se genera mucho más cerca: frente a nuestra casa, en la obra de la esquina, en el automóvil que conducimos o en aquello que dejamos sobre la banqueta.
Los polvos urbanos son un buen ejemplo. El suelo descubierto, las calles sin pavimentar y el polvo acumulado que vuelve a levantarse con el viento o el paso de vehículos forman parte del material suspendido en el aire. A ello se suman actividades cotidianas que parecen insignificantes individualmente, pero se multiplican miles de veces en una ciudad.
Construir también genera polvo. Una edificación, una obra pública o una demolición liberan partículas durante excavaciones, cortes, movimientos de tierra y manejo de escombro. Pero también lo hacemos cuando ampliamos una habitación, retiramos un piso, cortamos concreto o derribamos una pared. Incluso una pequeña remodelación o la autoconstrucción deberían incorporar medidas sencillas: humedecer materiales, cubrir el escombro y evitar que tierra y residuos permanezcan expuestos.
Existe además una fuente poco mencionada. Las heces de perros y gatos abandonadas en calles y terrenos no desaparecen cuando se secan. Se fragmentan, se mezclan con tierra y polvo y parte de ese material puede volver a suspenderse por el viento, el barrido o el tránsito. Además de un problema de limpieza, pueden contener microorganismos y parásitos. Recogerlas también es una acción de salud pública y de tenencia responsable.
Los vehículos aportan otra parte del problema. No sólo por las emisiones del escape: el tránsito también re suspende polvo depositado en las vialidades. Por eso la verificación vehicular debe dejar de entenderse como un trámite incómodo. Verificar y mantener adecuadamente nuestro automóvil es una responsabilidad con quienes respiran el mismo aire.
El riesgo no es igual para todos. Las partículas más pequeñas pueden penetrar profundamente en el sistema respiratorio. Niñas y niños, personas adultas mayores y quienes padecen enfermedades respiratorias o cardiovasculares son especialmente vulnerables. Para ellos, una mala calidad del aire no es solamente una cifra o un color en una aplicación.
Esto no significa restar responsabilidad a industrias, constructoras, transporte de carga o autoridades. Cada sector debe cumplir lo que le corresponde. Significa reconocer que tampoco resolveremos el problema señalando únicamente a las grandes fuentes mientras ignoramos miles de pequeñas aportaciones cotidianas.
Una bolsa de escombro abierta parece insignificante. También un automóvil sin verificar, un terreno que genera polvo o las heces de una mascota que nadie recogió. Pero las ciudades funcionan por acumulación: pequeñas acciones repetidas por miles de personas terminan teniendo consecuencias colectivas.
El aire no reconoce bardas, colonias ni propiedades. Lo que alguien genera en un punto de la ciudad puede terminar siendo respirado por alguien más.
Por eso necesitamos pasar de buscar culpables a asumir responsabilidades. Las industrias deben controlar sus emisiones; las constructoras, contener sus polvos; las autoridades, medir, vigilar y hacer cumplir las normas; y los ciudadanos, verificar nuestros vehículos, manejar adecuadamente el escombro, cuidar nuestros terrenos y responsabilizarnos de nuestras mascotas.Ninguna acción aislada resolverá el problema. Pero miles de pequeñas acciones realizadas todos los días sí pueden cambiar el aire de una ciudad.
Si todos respiramos el mismo aire, todos tenemos también una parte en la responsabilidad de cuidarlo.