Un 8M desde el borde: acompañé a mi hija a una marcha feminista de Saltillo

+ Seguir en Seguir en Google
Coahuila
/ 6 marzo 2026
#8M

Un padre lleva a su hija a su primera marcha feminista en la capital de Coahuila en 2025. La escena deja algunas preguntas: ¿qué significa cuando las infancias también están marchando?, ¿por qué algunas personas vigilan estas protestas con sospechosismo?, ¿cómo las ciudades construyen a sus niñas y niños?

Es 2025. 8 de marzo. Llegamos al bloque de infancias sin dificultad. Estamos en el periférico Luis Echeverría con cruce en el V. Carranza y a un lado del puente los pañuelos verdes y morados cubren rostros y reciben a las asistentes. Desde afuera se ve una logística mejorada con los años. Carriolas, pañaleras, sombrillas, botellas de agua. No es un paseo. Es una marcha con niñas y niños al centro, como si el gesto de proteger a las infancias fuera también una forma de decirle a la ciudad lo que se le tiene que decir.

Voy con una de mis hijas. Como hombre, entiendo que mi lugar no está dentro del contingente. Así que una amiga se ofreció a llevarla en el bloque de maternidades e infancias.

Antes de despedirme, me quedo de pie unos minutos con esa incomodidad que no se resuelve con ninguna frase. Esa sensación de estar “cerca” de una causa que, por historia y por necesidad, se protege de la presencia masculina. Una encapuchada me marca el límite con un gesto más claro que agresivo. Es una línea delgada entre “retírate” y “no debes estar aquí”.

$!En una de las marchas del 8M en Saltillo de 2025 se realizó una activación en la que invitaron a les asistentes a pintar una mano si han sido víctimas de violencia

Me muevo a suficiente distancia para que mi hija pueda verme. Me toca ver la marcha así, por los bordes, por el costado, más o menos de lejos. No dentro del contingente. Cerca. Atento, con ese instinto de padre que se activa inevitable, aunque uno quiera hacerse el tranquilo.

La marcha avanza con el conocido ritmo de los tambores, cantos, gritos. En algún punto, mi hija deja de “entender” la marcha y simplemente la vive al encontrarse con otra niña. La invitan a un carrito de cuatro ruedas y empieza a jugar.

$!Un 8M desde el borde: acompañé a mi hija a una marcha feminista de Saltillo

El contraste es de analizarse: por dentro, el movimiento; alrededor, la protección de la comunidad; y en el centro, niñas y niños riéndose como si no existiera nada más que el sol y los juguetes.

Por fuera, en donde estoy, desde el borde, el ambiente es otro. Cargo con la sombrilla, carriola ligera, agua. A los costados aparecen los murmullos de gente que solo así se maneja. Que por qué bloquean el tráfico, que por qué no se quedan en casa, que por qué “las dejan” marchar. Una misma reacción conocida en Saltillo. Les incomoda la protesta más por el “estorbo vial” que por lo que denuncia. Más por la forma que por el fondo.

Y entonces aparece lo que termina de fijar el día en mi memoria. En el bulevar Venustiano Carranza veo hombres separados por tramos, uno cada media cuadra, con cubrebocas, ropa neutra, celular en mano. No graban como documentando el evento. Sostenían el teléfono cerca del pecho. Cámara hacia la calle. Se nota la tensión.

Cada tanto me detengo a mirarlos. Cada vez bajan el celular. Luego avanzo. Y lo colocan de nuevo. Graban. Vigilan.

Me acerco a uno y lo confronto. Le digo que mi hija está en la marcha, que grabar a menores en un contexto así no es normal.

Se enoja, guarda el celular y se mueve. Pero no se va. Se queda por ahí, rondando, en el borde.

Me quedé con la duda: ¿tengo forma de saber para qué grababa? No. ¿Tengo razones para sentirme alarmado?

En una ciudad donde han circulado reportes recurrentes de acoso y exhibicionismo callejero, donde existen herramientas ciudadanas para mapear agresiones, mi sospecha no es paranoica ni conspiracionista. Es una respuesta lógica con base en la historia reciente de las marchas. No estoy inventando el agua caliente. En situaciones como esta, además, la cámara se usa para identificar, intimidar, exhibir.

No hago más problema. Veo a otros con la misma postura. El mismo comportamiento. Grabar. Disimular. Esconder. Apartarse. Volver a grabar.

Uno incluso me hace una seña para seguir caminando, como si el problema fuera mi mirada y no su cámara.

Les incomodo lo más que puedo. Mi presencia, al menos, les estorba. Les preocupa que alguien los vea mientras ellos graban, disimulan, se esconden, hacen como que se apartan, pero vuelven a grabar.

¿Este año volverán a estar vigilando?, ¿mañana estarán presentes en la marcha?, ¿alguien los va a confrontar?

La marcha sigue su ruta. El sol pega fuerte, y aun así el contingente avanza hacia el Congreso. VANGUARDIA registra que el 8M en Saltillo, la marcha de 2025, la movilización se divide en dos frentes.

$!Un 8M desde el borde: acompañé a mi hija a una marcha feminista de Saltillo

Este año, 2026, volverá a ser igual. Esta vez entre controversias por la presunta dirigencia de una persona transfóbica que, desde su posicionamiento, también ejercía violencia, de otra forma, pero al final violencia. Es un tema que ha provocado discusiones fuertes dentro del movimiento y también críticas desde colectivas. No lo menciono como chisme, sino porque ese tipo de disputas terminan pesando en el ambiente y en la lectura pública de lo que ocurre. También impactan en cómo se ve todo desde afuera, desde lejos, desde el borde.

En la zona del Congreso, por un momento, pierdo de vista a mi hija.

Admito no estar preocupado. Durante el trayecto, varias amigas me saludaron y sabían que ella, mi niña, iba con el bloque de infancias.

En lo que busco dónde esperar, veo otra cosa que me incomoda: camionetas blancas estacionadas en las inmediaciones del gimnasio frente a donde terminaría la manifestación, varias de ellas del mismo tipo.

No es que una camioneta blanca sea prueba de nada. Es que, en conjunto, alineadas, en un día así, cerca del Congreso, uno piensa de todo, supone cosas, se alerta.

Me vino a la cabeza una imagen histórica, no como una comparación exacta sino como un no sé qué de la estética de una marcha que se dio en el 68, algo como guantes blancos, pero no quise alarmarme con la idea.

Llamo a mi amiga por teléfono. Por suerte me está buscando. Camino para reencontrarme con ellas. Mi hija dice que le regalaron un pañuelo morado, que había más niñas y niños, que se había divertido, pero que necesitaba ir al baño.

Cortamos camino por la parte trasera de una tienda cercana. También aquí hay camionetas blancas. “Está raro”, comentamos, y seguimos. En ese momento divagamos pensando en que no se atreverían a tanto. Cuando uno tiene hijos, no se permite imaginar demasiado. Se concentra en la inmediatez de sus necesidades: ir al baño, agua, sombra, llegar a casa. Llegar a casa. A casa.

Pasan las horas y circulan videos y reportes sobre lo que ocurrió al final de la marcha. Detenciones y uso de fuerza frente a la zona del Congreso.

$!La parte que aprece en negro corresponde a la mujer que acompañó a la hija del autor. Las dos personas que aparecen con el rostro difuminado fueron confrontadas por estar grabando con sus celulares al contingente feminista.

VANGUARDIA documentó que colectivas denunciaron arrestos durante una de las marchas y que al menos cuatro personas —una mujer trans y tres mujeres cis— fueron detenidas. Otras notas hablan de cinco personas detenidas.

También se publican testimonios señalando abusos y presuntas violaciones a derechos humanos durante y después de las detenciones. Casualmente en la marcha en la que la presunta dirigente no asistía.

Del lado oficial, la autoridad reduce el episodio a “incidentes menores” y sostiene que algunas de las personas detenidas eran ajenas a la movilización.

Es decir: en la narrativa de las autoridades, el problema no es la protesta, sino ese “alguien” que se metió; que no fue represión, fue detención y que el operativo no fue exceso, sino reacción —o control—.

Pero en la memoria de quienes estuvieron ahí —y en los videos que circularon— la escena se lee diferente.

Gente corriendo con infancias en brazos, mochilas y pañaleras abandonadas. La marcha transformada de golpe en una dispersión de terror.

Para quien fue con una hija, esa imagen no se procesa como “incidente”. Se ve como ese recordatorio de que, en Saltillo, incluso lo que se organiza para cuidar a las infancias puede terminar con lágrimas y no sólo por tristeza sino por gas lacrimógeno pagado con nuestros impuestos.

Dejo a mi pequeña con su mamá. Vuelvo a redes y leo otra vez ese comentario que acompaña a cada 8M como si fuera una tradición secundaria. El reproche moralino de “esas no son las formas” y “deberían estar en su casa” que suele presentarse como defensa del orden, pero a menudo es defensa de la comodidad.

En una ciudad donde el desorden sí se tolera cuando es tradición, fiesta, futbol, cuando es “pasión”. El enojo, la indignación, aparece nada más cuando son mujeres reclamando contra la violencia, exigiendo justicia. Ahí sí lo ven como una amenaza.

No escribo esto para pedir aplausos por haber llevado a mi hija. Tampoco para hacerme protagonista —incluso este texto se escribe desde el anonimato—.

Lo escribo porque ya viene el 8M 2026 y eso fue lo que logré ver el año pasado desde afuera del contingente. Lo que vi del uso del espacio público. Por dentro, la organización y el cuidado; alrededor, vigilancia y chisme; y al final, una disputa entre relatos —el de quienes denuncian abuso y el de la autoridad que lo ve como hechos aislados—.

$!Un 8M desde el borde: acompañé a mi hija a una marcha feminista de Saltillo

Con los días, lo único que me queda claro fue lo más sencillo: mi hija volverá a decidir si quiere marchar o no. Mi trabajo no es empujarla a una forma específica de lucha, sino mostrarle la ciudad donde habita, el estado donde se desarrolla, el país donde le tocó nacer y el mundo al que tiene derecho a acceder como persona libre, pensante y crítica.

Que a pesar de que su ciudad presume de ser “segura” y “moral”, hay ideas que envejecen mal y que muchos esperan que pronto puedan ser parte de la historia antigua de México.

Yo me quedo con la imagen de mi hija jugando en el carrito de cuatro ruedas. Con la facilidad con la que una infancia convierte el entorno en juego, aunque el mundo adulto esté crítico. Me quedo con la idea de que, en la calle, el derecho a estar no debería depender de quién te lo permite y cómo te lo permite.

Y me queda, también, una pregunta que no se irá: ¿este año alguien, algo, volverá a estar vigilando?

Carlos Eduardo Martínez Mirón (1992), editor y escritor con experiencia en diversos medios informativos, colaborando en las secciones de negocios, tecnología, internacional, entre otros. Ha trabajado como corrector y coeditor en proyectos editoriales tanto científicos como culturales, además de publicar obra propia y colaborar como ghost writter en títulos a nivel nacional.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM