La NFL cambió de manos... y casi nadie lo vio venir
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La combinación de talento emergente, nuevo coaching y contexto favorable transformó equipos en crisis en contendientes, dejando claro que en la NFL no hay coronas vitalicias ni garantías de éxito
La NFL siempre ha vendido la idea de la meritocracia: gana el mejor, sobrevive el más preparado, reina quien se adapta. Pero, incluso bajo esa lógica, esta temporada rompió el guion. No fue una transición ordenada ni una despedida elegante de las viejas figuras. Fue un relevo brusco, casi violento, en la posición más importante del deporte: el quarterback.
Mientras Patrick Mahomes, Joe Burrow, Lamar Jackson y Baker Mayfield tropezaban —algunos estrepitosamente—, una nueva camada de mariscales tomó la liga por asalto. Y no desde la periferia, sino desde la cima.
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Antes de arrancar la temporada, nadie serio veía a los Patriots como contendientes. Doce meses atrás eran tan malos que su entrenador fue despedido tras un solo año. Competir en la AFC Este contra Josh Allen parecía ciencia ficción. Pero entonces Drake Maye dejó de ser promesa y se convirtió en realidad. De segundo año a candidato al MVP. De proyecto a líder. De ruina a campeón divisional. Primer título del Este desde la era Brady. Nada menos.
Y no fue un caso aislado. Bo Nix llevó a Denver a destronar a los Chiefs y quedarse con el sembrado número uno de la AFC. En la NFC, Seattle —con Sam Darnold, sí, Sam Darnold— y Chicago con Caleb Williams dominaron sus conferencias. Los cuatro mejores equipos de la liga fueron comandados por quarterbacks que, en conjunto, no habían ganado un solo partido de playoffs en sus carreras.
Mientras tanto, el otro lado de la moneda fue igual de elocuente: los Chiefs fuera de playoffs por primera vez en la era Mahomes. Cincinnati y Baltimore mirando enero desde el sillón. Incluso los que sobrevivieron —Allen, Jalen Hurts— lo hicieron con temporadas irregulares, lejos de la autoridad habitual.
El mensaje es incómodo, pero claro: en la NFL no hay coronas vitalicias.
Lo más fascinante es que este terremoto no fue solo talento joven explotando. Fue contexto correcto + coaching nuevo + quarterbacks dispuestos a evolucionar rápido. Trevor Lawrence, en Jacksonville, encadenó ocho victorias para cerrar la temporada y darle a los Jaguars el tercer sembrado de la AFC. Patriots y Jaguars lograron algo casi imposible: perder 13 partidos un año y ganar 13 al siguiente. Eso no es suerte. Es reconstrucción bien hecha.
Caleb Williams, tras un año de novato para el olvido, pasó de duda nacional a líder divisional. Nuevo staff, nuevo sistema, nueva mentalidad. En esta liga, el margen de error existe solo para quien aprende rápido.
Claro, enero todavía exigirá credenciales. Para levantar el Lombardi habrá que superar a campeones probados: Rodgers, Stafford, Hurts. Nadie regala nada. Pero el simple hecho de que el escenario esté dominado por nombres que hace un año no figuraban dice mucho más que cualquier estadística.
Esta no fue solo la temporada de las sorpresas. Fue la temporada en que la NFL dejó claro que el pasado no garantiza el futuro. Que el estatus se pierde. Que el talento joven, bien dirigido, no espera su turno: lo toma.
Y quizá por eso esta postemporada promete algo que la liga siempre persigue, pero rara vez consigue: verdadera incertidumbre. Un Super Bowl sin los de siempre. Un campeón que nadie tenía en la quiniela. Un quarterback inesperado levantando el trofeo.
La NFL cambió de manos.Y apenas estamos viendo las consecuencias.