A cien años de la Guerra Cristera: el conflicto bélico que enfrentó al Estado revolucionario con la fe de millones de mexicanos

A cien años de la Guerra Cristera: el conflicto bélico que enfrentó al Estado revolucionario con la fe de millones de mexicanos

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La Guerra Cristera fue, después de la Revolución Mexicana, el conflicto interno más sangriento de la primera mitad del siglo XX mexicano

México
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El verano de 1926 cambió para siempre la historia de México. Mientras el país intentaba dejar atrás los años de violencia de la Revolución Mexicana y construir un nuevo orden político bajo las instituciones emanadas de la Constitución de 1917, un conflicto de naturaleza distinta comenzaba a gestarse en pueblos, rancherías y ciudades del occidente del país.

No se trataba de una rebelión motivada por la disputa del poder presidencial ni por diferencias entre caudillos militares.

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Tampoco era una guerra provocada por intereses económicos o territoriales. Era una confrontación nacida del choque entre dos concepciones irreconciliables sobre el papel de la religión en la vida pública de la nación.

Hace cien años, el 31 de julio de 1926, miles de templos católicos cerraron sus puertas por decisión del episcopado mexicano.

Las campanas dejaron de sonar, las celebraciones religiosas fueron suspendidas y millones de fieles quedaron privados del culto público.

Lo que inicialmente parecía una protesta pacífica frente a la aplicación de una legislación considerada injusta terminó convirtiéndose en uno de los conflictos armados más sangrientos del México posrevolucionario.

Durante casi tres años, extensas regiones de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Zacatecas, Aguascalientes, Durango y Nayarit fueron escenario de combates, emboscadas, ejecuciones, incendios de poblaciones, desplazamientos forzados y una violencia que marcó para siempre la memoria de miles de familias.

La Guerra Cristera continúa siendo uno de los episodios más debatidos de la historia nacional.

Durante décadas predominó una versión oficial que la describía como una insurrección impulsada por sectores conservadores inconformes con las transformaciones de la Revolución Mexicana.

En contraste, numerosos historiadores, investigadores e instituciones vinculadas a la Iglesia sostuvieron que el levantamiento fue una respuesta desesperada de comunidades enteras frente a una política que consideraban persecutoria contra la libertad religiosa.

Un siglo después, los documentos históricos permiten afirmar que ambas interpretaciones contienen elementos de verdad, pero ninguna explica por sí sola la complejidad del conflicto.

Para comprender por qué decenas de miles de mexicanos decidieron empuñar un fusil al grito de «¡Viva Cristo Rey!», es indispensable remontarse varias décadas atrás.

La confrontación entre el Estado y la Iglesia no nació con la Guerra Cristera. Sus raíces se hunden en el siglo XIX, cuando el triunfo del liberalismo transformó profundamente la estructura política del país. Las Leyes de Reforma impulsadas por el gobierno de Benito Juárez separaron oficialmente a la Iglesia del Estado, nacionalizaron los bienes eclesiásticos, establecieron el matrimonio civil, secularizaron los cementerios y limitaron la participación del clero en asuntos públicos.

Aquellas medidas provocaron una intensa resistencia en amplios sectores de la población, aunque terminaron convirtiéndose en la base jurídica del México moderno.

Durante el prolongado gobierno de Porfirio Díaz se alcanzó una especie de equilibrio no escrito.

Aunque las disposiciones liberales permanecieron vigentes, las autoridades toleraron una amplia actividad religiosa y la Iglesia recuperó parte de la influencia social que había perdido décadas antes. Ese entendimiento informal terminó con el estallido de la Revolución Mexicana en 1910.

Los dirigentes revolucionarios veían con desconfianza el enorme peso que la Iglesia conservaba sobre la sociedad.

Consideraban que el nuevo Estado debía ser la única autoridad capaz de conducir la vida pública del país. Esa convicción quedó reflejada en la Constitución de 1917, particularmente en los artículos 3, 5, 24, 27 y 130, que establecieron un régimen de estricta separación entre la Iglesia y el Estado.

La educación pública sería laica; las órdenes religiosas quedarían prohibidas; las iglesias no podrían poseer bienes inmuebles; los ministros de culto perderían diversos derechos políticos y las autoridades estatales tendrían facultades para regular el número de sacerdotes autorizados a ejercer su ministerio.

En los años inmediatamente posteriores a la promulgación de la Constitución, esas disposiciones fueron aplicadas con relativa moderación.

Los gobiernos de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón evitaron llevar el conflicto hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, la situación cambió radicalmente cuando el general Plutarco Elías Calles asumió la Presidencia de la República el 1 de diciembre de 1924.

Calles pertenecía a una generación de revolucionarios convencidos de que el Estado debía consolidar plenamente su autoridad después de una década de guerras civiles.

Consideraba que ninguna institución podía situarse por encima de la ley y que la Iglesia conservaba un poder político incompatible con el proyecto revolucionario.

Bajo esa lógica impulsó una política destinada a hacer cumplir estrictamente las disposiciones constitucionales que durante años habían permanecido prácticamente inactivas.

El punto de ruptura llegó en junio de 1926 con la promulgación de la reforma al Código Penal conocida popularmente como la Ley Calles.

La legislación endurecía las sanciones contra los ministros de culto que incumplieran las normas constitucionales.

Se establecieron multas, penas de prisión y mecanismos de vigilancia sobre la actividad religiosa.

En varias entidades federativas, gobernadores particularmente anticlericales fueron todavía más lejos y limitaron el número de sacerdotes permitidos, provocando que millones de católicos quedaran prácticamente sin atención pastoral.

La respuesta de la jerarquía eclesiástica fue inmediata. Tras fracasar diversos intentos de negociación con el gobierno federal, los obispos anunciaron la suspensión indefinida del culto público a partir del 31 de julio de 1926.

Aquella decisión produjo una conmoción sin precedentes. Iglesias cerradas, altares vacíos y comunidades enteras privadas de las ceremonias religiosas acompañaron uno de los momentos más tensos de la historia contemporánea de México.

Para el gobierno, la medida representaba una presión política inaceptable; para millones de creyentes era la prueba de que la libertad religiosa se encontraba gravemente amenazada.

En un primer momento la resistencia fue esencialmente pacífica. Organizaciones como la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa promovieron campañas de boicot económico, exhortando a la población a reducir el consumo, evitar espectáculos públicos y ejercer presión mediante formas de desobediencia civil. Sin embargo, conforme aumentaban las detenciones, el cierre de templos y los enfrentamientos con las autoridades, numerosos grupos comenzaron a convencerse de que las vías pacíficas habían fracasado.

Fue entonces cuando la protesta dio paso a la insurrección.

En los Altos de Jalisco, en las montañas de Michoacán, en las comunidades rurales de Guanajuato y en numerosas localidades del centro-occidente mexicano comenzaron a surgir pequeñas partidas de hombres armados.

La mayoría eran campesinos, rancheros, pequeños propietarios, artesanos o antiguos combatientes revolucionarios.

Muy pocos tenían formación militar profesional y aún menos pertenecían al clero.

Lejos de la imagen difundida durante muchos años, la Guerra Cristera no fue combatida por sacerdotes, sino principalmente por civiles que afirmaban defender el derecho a practicar libremente su religión.

Los primeros grupos armados surgieron de manera espontánea y sin una estructura de mando unificada.

En muchas comunidades bastó el arresto de un sacerdote, la clausura de un templo o la intervención de las autoridades en las festividades religiosas para que decenas de hombres decidieran organizarse.

Armados con viejos fusiles de la Revolución, escopetas de cacería, machetes e incluso herramientas agrícolas, comenzaron a hostigar a pequeñas guarniciones federales, destruir líneas telegráficas y atacar convoyes militares.

Lo que en un principio el gobierno consideró simples brotes de inconformidad pronto se convirtió en una rebelión de grandes dimensiones.

El Ejército Federal respondió con rapidez. El presidente Calles ordenó movilizar miles de soldados hacia las zonas donde la insurgencia comenzaba a ganar terreno.

La estrategia consistía en impedir que los rebeldes consolidaran posiciones permanentes, controlar las principales vías de comunicación y aislar a las comunidades que les brindaban apoyo.

Sin embargo, el terreno montañoso del occidente mexicano favorecía las tácticas de guerrilla empleadas por los cristeros. Conocían cada vereda, cada cañada y cada cerro, lo que les permitía atacar por sorpresa y desaparecer antes de que llegaran los refuerzos.

Uno de los factores que explican el crecimiento del movimiento fue el respaldo de amplios sectores de la población rural. En numerosos pueblos, las familias alimentaban a los combatientes, escondían armas y servían como red de información sobre los desplazamientos del Ejército.

Aquella solidaridad no obedecía únicamente a motivos religiosos. En muchas regiones existía también un profundo resentimiento hacia las autoridades locales, acusadas de abusos, arbitrariedades y corrupción. La defensa de la fe y el descontento social terminaron mezclándose en un mismo conflicto.

La rebelión encontró muy pronto figuras capaces de darle organización militar.

El más destacado fue Enrique Gorostieta Velarde, un general retirado del Ejército Federal que, paradójicamente, no era un católico practicante.

Su experiencia militar resultó decisiva para transformar un conjunto de guerrillas dispersas en una fuerza más disciplinada y con objetivos estratégicos definidos.

Bajo su mando, los cristeros comenzaron a coordinar operaciones en distintos estados, mejorar sus líneas de abastecimiento y establecer sistemas de comunicación que les permitieron sostener la guerra durante casi tres años.

Junto a Gorostieta destacaron jefes regionales como Victoriano Ramírez, conocido como El Catorce, Jesús Degollado Guízar, Pedro Quintanar y otros comandantes cuya autoridad provenía del prestigio ganado en combate más que de una jerarquía formal.

Muchos eran campesinos convertidos en militares por las circunstancias, hombres que jamás habían imaginado dirigir columnas de cientos o miles de combatientes.

Del lado gubernamental, el Ejército contaba con una ventaja considerable en armamento, artillería, transporte y recursos económicos.

No obstante, esa superioridad tecnológica no siempre se traducía en victorias.

La guerra irregular obligaba a las tropas federales a combatir en territorios difíciles, donde el apoyo de la población civil a menudo favorecía a los insurgentes. Ello dio lugar a una campaña larga y desgastante que incrementó el costo humano para ambos bandos.

Uno de los capítulos más relevantes de la Guerra Cristera fue la participación de las mujeres.

Durante mucho tiempo su contribución permaneció prácticamente invisible en la historiografía oficial.

Sin embargo, investigaciones posteriores demostraron que miles de ellas desempeñaron un papel esencial para la supervivencia del movimiento.

Integradas en las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco, organizaron redes clandestinas para transportar armas, municiones, alimentos, medicinas y mensajes entre los distintos frentes de combate.

Muchas recorrían decenas de kilómetros ocultando cartuchos bajo sus vestidos o simulando actividades cotidianas para burlar los retenes militares.

Otras atendían hospitales improvisados, ocultaban sacerdotes perseguidos o servían como enlaces entre las comunidades rebeldes. Sin aquella estructura de apoyo, difícilmente la insurgencia habría resistido tanto tiempo.

La guerra también dejó escenas de extraordinaria crueldad. Tanto las fuerzas federales como algunos grupos cristeros fueron acusados de cometer ejecuciones sumarias y represalias contra la población civil.

Diversos pueblos fueron incendiados, numerosas familias abandonaron sus hogares y miles de personas quedaron atrapadas entre dos fuegos.

El conflicto adquirió, en muchas regiones, las características de una auténtica guerra civil, donde vecinos, amigos e incluso integrantes de una misma familia terminaron combatiendo en bandos opuestos.

Uno de los episodios que mayor impacto causó dentro y fuera de México fue el fusilamiento del jesuita Miguel Pro, el 23 de noviembre de 1927.

Acusado de participar en un atentado contra el expresidente Álvaro Obregón, fue ejecutado sin que existieran pruebas concluyentes de su responsabilidad.

Las fotografías tomadas momentos antes de su muerte, en las que aparece con los brazos extendidos pronunciando las palabras «¡Viva Cristo Rey!», recorrieron el mundo y se convirtieron en uno de los símbolos más poderosos del conflicto.

Décadas más tarde sería beatificado por la Iglesia católica, consolidándose como una de las figuras más representativas de la persecución religiosa en México.

Las cifras de la guerra siguen siendo motivo de debate. No existe un consenso absoluto entre los especialistas, pero la mayoría coincide en que el conflicto dejó decenas de miles de muertos, entre combatientes y civiles, además de un elevado número de desplazados y una profunda devastación económica en amplias zonas agrícolas del país.

La Guerra Cristera fue, después de la Revolución Mexicana, el conflicto interno más sangriento de la primera mitad del siglo XX mexicano.

A finales de 1928 el conflicto había llegado a un punto crítico. Ninguno de los dos bandos podía proclamarse vencedor. El gobierno mantenía el control de las principales ciudades, de las vías férreas y de las instituciones del Estado, pero no lograba erradicar la insurgencia en extensas regiones rurales. Los cristeros, por su parte, habían demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia y dominaban numerosas zonas montañosas, aunque carecían del armamento pesado y de los recursos necesarios para derrotar definitivamente al Ejército Federal. La guerra se había convertido en un desgaste permanente que consumía vidas, recursos económicos y estabilidad política.

La situación dio un giro inesperado el 17 de julio de 1928 con el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, ocurrido pocas semanas después de haber obtenido la reelección. El homicidio, perpetrado por José de León Toral, un joven católico simpatizante de organizaciones religiosas, provocó una profunda crisis política. Aunque nunca se demostró que la jerarquía eclesiástica o los mandos cristeros hubieran ordenado el atentado, el gobierno endureció temporalmente su postura y la desconfianza entre ambas partes alcanzó uno de sus niveles más altos.

Sin embargo, el prolongado costo de la guerra comenzó a convencer tanto a las autoridades como a la Iglesia de que la vía militar difícilmente conduciría a una solución definitiva.

Miles de familias vivían desplazadas, la producción agrícola se encontraba seriamente afectada y la violencia amenazaba con prolongarse indefinidamente. En ese contexto, la diplomacia adquirió un papel decisivo.

El embajador de Estados Unidos en México, Dwight W. Morrow, impulsó discretamente una serie de conversaciones entre representantes del gobierno mexicano y del episcopado.

Washington observaba con preocupación la inestabilidad en su vecino del sur, no solo por razones humanitarias, sino también por los intereses económicos estadounidenses establecidos en el país. Morrow entendía que la pacificación beneficiaría a todas las partes y dedicó buena parte de sus esfuerzos diplomáticos a facilitar un entendimiento.

Tras varios meses de negociaciones, el 21 de junio de 1929 se alcanzó un acuerdo conocido históricamente como los Arreglos. No se modificó la Constitución ni fueron derogadas las leyes anticlericales, pero el gobierno aceptó aplicarlas con mayor flexibilidad y permitió la reapertura de los templos.

La Iglesia, por su parte, reanudó el culto público y exhortó a los combatientes a deponer las armas.

La noticia fue recibida con sentimientos encontrados. Para muchos católicos representó el fin de un sufrimiento que había desangrado al país durante casi tres años.

Otros, especialmente entre las filas cristeras, sintieron que los acuerdos significaban una dolorosa renuncia después de tantos sacrificios. Numerosos combatientes aceptaron obedecer a los obispos y entregaron sus armas; otros desconfiaron del gobierno y continuaron luchando durante algún tiempo.

Varios antiguos jefes insurgentes fueron asesinados en los meses posteriores pese a haberse acogido a la amnistía, un hecho que alimentó durante décadas el sentimiento de traición entre amplios sectores del movimiento cristero.

Aunque oficialmente la Guerra Cristera concluyó en 1929, las tensiones entre la Iglesia y el Estado no desaparecieron. Durante la década siguiente surgieron nuevos brotes de violencia, particularmente durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando la implantación de la educación socialista y otras medidas reavivaron el malestar en algunas regiones.

Este periodo, conocido por diversos historiadores como la Segunda Cristiada, nunca alcanzó la magnitud del conflicto original, pero confirmó que las heridas abiertas en 1926 estaban lejos de cicatrizar.

Con el paso del tiempo, la relación entre el Estado mexicano y la Iglesia católica evolucionó hacia un entendimiento pragmático. Sin modificar el principio de la separación entre ambas instituciones, los gobiernos posteriores optaron por una aplicación mucho menos rígida de las disposiciones constitucionales. Durante décadas existió una convivencia basada más en los acuerdos políticos que en cambios legales.

Finalmente, en 1992, bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se reformó la Constitución para reconocer personalidad jurídica a las asociaciones religiosas, restablecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede y normalizar un vínculo que había permanecido marcado por la desconfianza desde la Revolución.

A un siglo del inicio de la Guerra Cristera, el debate histórico continúa abierto. Las investigaciones más recientes coinciden en que cualquier interpretación simplista resulta insuficiente. No fue únicamente una rebelión conservadora contra la Revolución, como sostuvo durante muchos años la versión oficial, ni tampoco puede entenderse exclusivamente como una persecución religiosa desprovista de contexto político.

Fue el resultado de una compleja confrontación entre un Estado que buscaba afirmar su autoridad y una sociedad profundamente marcada por la tradición católica, donde millones de personas percibieron que su libertad de conciencia estaba siendo vulnerada.

Los especialistas también han contribuido a desmontar varios mitos. La mayoría de los combatientes cristeros no eran sacerdotes, sino campesinos y habitantes de comunidades rurales.

Del mismo modo, el gobierno no proclamó oficialmente la prohibición del catolicismo ni intentó extinguir la religión como creencia; su objetivo fue hacer cumplir una legislación que subordinaba estrictamente la actividad religiosa al poder civil. La distancia entre la intención política del Estado y la percepción de los creyentes terminó alimentando una espiral de violencia que ninguno de los dos bandos logró contener.

El conflicto dejó además un profundo legado cultural. La literatura, el cine, la música popular y la tradición oral conservaron durante generaciones los recuerdos de aquella guerra.

En los Altos de Jalisco, en Guanajuato, Michoacán, Zacatecas y Colima aún sobreviven relatos familiares sobre fusilamientos, escondites clandestinos, sacerdotes celebrando misa en cuevas, mujeres transportando municiones y comunidades enteras obligadas a abandonar sus hogares.

Para muchas familias, la Guerra Cristera no constituye únicamente un capítulo de los libros de historia, sino una memoria heredada de abuelos y bisabuelos que vivieron aquellos acontecimientos.

La Iglesia católica también preservó el recuerdo de quienes murieron durante la persecución religiosa.

En el año 2000, el papa Juan Pablo II canonizó a veinticinco mártires mexicanos, entre ellos sacerdotes y laicos ejecutados durante la Cristiada.

Para millones de creyentes representan un ejemplo de fidelidad a la fe; para los historiadores, su reconocimiento constituye además un recordatorio de la dimensión humana de un conflicto donde las convicciones religiosas desempeñaron un papel central.

El centenario de la Guerra Cristera ofrece una oportunidad para revisar este episodio con serenidad y rigor histórico, lejos de la propaganda y de las pasiones que durante décadas condicionaron su interpretación.

Comprender aquellos años implica reconocer tanto los excesos cometidos por el Estado como la complejidad de un movimiento insurgente que reunió motivaciones religiosas, sociales y políticas.

También supone recordar que la intolerancia, cuando sustituye al diálogo, puede conducir a enfrentamientos cuyas consecuencias perduran mucho más allá del campo de batalla.

Cien años después, la Cristiada sigue interpelando a México. Su legado no reside únicamente en los monumentos, en los archivos o en los nombres inscritos en los libros de historia.

Permanece vivo en el debate sobre la libertad religiosa, la laicidad del Estado, el respeto a los derechos fundamentales y la necesidad de que las diferencias ideológicas encuentren siempre cauces institucionales antes que las armas. Esa es, quizá, la enseñanza más vigente de una guerra que enfrentó a mexicanos contra mexicanos y cuyo eco aún resuena en la memoria nacional.

Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de la carrera de Periodismo y Comunicación, con una especialidad en Fotografía y Producción Audiovisual, y en Geopolítica.

Ha trabajado para diversos medios y ONGS en Europa y México por más de 15 años. Su enfoque y especialidad son las noticias de Política Internacional y Nacional y conflictos, buscando la veracidad, objetividad y la investigación periodística.

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