A sólo un disparo de distancia
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Es la Tercera Guerra Mundial y está, como dijeron los Rolling Stones, a sólo un tiro de distancia. No, por esta vez no estoy trivializando ni haciendo una hipérbole. La guerra está en curso
War, children, it’s just a shot away
It’s just a shot away
—The Rolling Stones, “Gimme Shelter” (1969)
El mundo está cambiando frente a nuestros ojos, literalmente. Quizás esto se haya dicho en otras ocasiones, al final de la Guerra Fría, tras la caída del Muro de Berlín o tras los ataques al World Trade Center.
Pero aun entonces el común acuerdo de las naciones aliadas de Occidente seguía siendo la defensa de un mismo paquete de principios y valores. Ese conjunto de directrices era intocable y, aunque no siempre se respetaba, violentarlo era objeto de condena internacional.
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Encabezaba Estados Unidos la defensa de estos valores (democracia, libertad e incluso cuidado ambiental), y aquí es donde los marxistas e izquierdosos de camiseta del Che ponen el grito en el cielo, acusando que los gringos SIEMPRE abusaron de esa posición preponderante en el concierto mundial y NUNCA asumieron su responsabilidad manteniendo a raya regímenes verdaderamente tóxicos y autoritarios.
Lo cierto es que, en conjunto con Europa, EU cumplió con relativa eficacia su cometido primordial: no permitir que otro Tío Adolph volviese a amenazar el orden mundial; como cierto es también que asumir dicho compromiso como líder del Mundo Libre benefició enormemente a Estados Unidos.
Pero un demagogo populista convenció a su base de votantes (básicamente gringos de pocas luces) de que los compromisos militares, diplomáticos, económicos, ambientales y humanitarios de EU eran puro dinero tirado a la basura, dinero que podría estar mejor beneficiando a la clase proletaria estadounidense.
Mientras que fuera de EU se siguió alimentando el encono antiyanqui con la noción de que toda injerencia de los gringos (o de cualquier organización internacional en la que participaran) era una violación a la soberanía. Y no siempre fue así, pero llegó el gran demagogo populista anaranjado con la clara intención de romper el orden post Segunda Guerra Mundial.
Y mejor dicho, “terminar de romper” porque, como hemos mencionado ya en tres ocasiones, no es Donald Trump quien anula el pacto de Occidente; fueron todos esos pequeños regímenes autoritarios, antidemocráticos, aislacionistas quienes le allanaron el camino, primero hacia la Casa Blanca y más tarde a la que parece ser su jugada maestra: dividir el mundo, no en bloques ideológicos (con la defensa de la libertad y la democracia en un bando y las dictaduras en el otro), sino en las llamadas Zonas de Influencia, con Estados Unidos al frente del continente americano, China en Asia y el Pacífico y Rusia en Eurasia.
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De manera que el único estorbo en el camino para esto es la Comunidad Europea, que insospechadamente termina siendo el último bastión de la libertad y la democracia.
Por desgracia, Europa no la tiene nada sencilla, pues está latente la amenaza de que Putin amanezca un día lo bastante Stalin como para invadir Polonia... otra vez (sí, alguien dígale al tal Zunzunegui que la Unión Soviética NO acabó con la Segunda Guerra Mundial, sino que más bien la inició, junto con Hitler, repartiéndose Polonia en 1939).
Y el que hasta ayer era el gran aliado y socio mayoritario de Europa, Estados Unidos (hoy de Trumpamérica), no sólo le está haciendo una guerra comercial suicida a la UE, sino que puso además bajo amenaza de anexión a Groenlandia, lo que se antoja más a un duelo de desgaste para que así Europa deponga todo esfuerzo de resistencia y se rinda al Nuevo Orden.
Es la Tercera Guerra Mundial y está, como dijeron los Rolling Stones, a sólo un tiro de distancia.
No, por esta vez no estoy trivializando ni haciendo una hipérbole. La guerra está en curso (sólo es cosa de que un intelectual u opinador de mucho mayor peso e influencia lo anuncie). Esta guerra podría resolverse sin un sólo disparo y quedar en otra guerra fría (ojalá), pero el ambiente es de hostilidad y el rumor debajo de todo el ruido es de tambores.
¿Cuál va a ser nuestro papel en todo esto?
Por desgracia en México pertenecemos hoy a ese bloque de naciones que ha normalizado el desdén por los compromisos internacionales, que ha fomentado una falsa idea de soberanía (que la confunde con autocracia, como si no existieran leyes supraconstitucionales), que alimenta ideas tóxicas como el nacionalismo.
Somos uno de tantos países que no condenaron la invasión de Rusia a Ucrania, porque de hecho permitimos que la propaganda rusa contaminara nuestra visión global de la política y nuestras posturas diplomáticas. Hemos simplificado la relevancia histórica de Estados Unidos como un imperio que jamás tuvo una agenda democrática; pero somos a la vez condescendientes con otros imperios en expansión como China y Rusia, siendo que esos verdaderamente jamás han tenido agenda, ni vocación, ni vida democrática.
Hemos normalizado la idea de que la verdad es inaccesible, incognoscible; que todo es demasiado confuso y que el concierto de las naciones siempre fue un fraude porque “la ONU nunca resolvió nada...”.
Y creemos que ya nada puede asombrarnos, que la política es un juego sucio que nos es totalmente ajeno y que de la política internacional lo único que puede afectarnos es en el bolsillo (la paridad cambiaria, el precio del petróleo, los aranceles, la fuga de inversiones).
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Pero ojalá me equivoque y no conozcamos nunca lo que es un régimen como el de Rusia o China, donde la libertad de expresión y de disenso, incluso la libertad sexual o de creencias, son reprimidas con encarcelamientos y penas capitales.
Lamentablemente, tanto en México como en Estados Unidos la libre expresión ya se ataca sistemáticamente desde el pódium presidencial, como síntoma de un nuevo paradigma en el ejercicio del poder.
Y ni hablemos de la violencia excesiva y los encarcelamientos arbitrarios con que ya se ha reprimido a manifestantes en México y EU; que no son sino meros anticipos de la pesadilla autoritaria en que podría convertirse nuestro pequeño mundito que ingenuamente todavía muchos dan por sentado.
Probablemente nuestro papel como individuos sea minúsculo, insignificante, acaso hacer a un lado nuestros sesgos y prejuicios para reconocer la verdad y militar del lado correcto de la Historia, evitado al menos caer en el mismo error en el que tantos incurrieron hace 80 años.