Amor y golferías

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Opinión
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Se conocieron en el Club Silvestre, club de golf, y se gustaron. Él y ella

Antes de contar esta historia, debo decir que cuando un señor y una señora juegan golf, él le concede una ventaja que consiste en que ella salga desde un punto más adelantado, al que se llama, según entiendo, “pinkies”. Dicho lo anterior, vamos al cuento.

Se conocieron en el Club Silvestre, club de golf, y se gustaron. Él y ella. Quedaron de jugar juntos el siguiente día, y disfrutaron mucho la experiencia. Jugaron dos o tres veces más, o cuatro o cinco, y de ahí nació una bella amistad. Se volvieron compañeros inseparables en el club. Después se hicieron novios. Y finalmente, al paso de los meses, se casaron. Romance de golf, vamos a decir.

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La noche de las bodas le dijo ella:

–Quiero hacerte una sincera confesión.

Pensó él que su flamante mujercita le iba a hablar de un amor de juventud. Quizá le iba a decir que no conservaba intacta ya la gala de su doncellez.

–No me digas nada –respondió el enamorado novio–. Como dice la canción: “Ya lo pasado pasado; no me interesa”. Cualquier cosa que hayas hecho, la perdono aun sin conocerla. Borrón y cuenta nueva.

–Debo decirte eso –insistió ella–, pues de cualquier manera te vas a dar cuenta en seguida, y quiero que la verdad la conozcas de mis labios.

Él se inquietó. ¿Qué confesión podía ser aquélla?

–¿De qué se trata? –preguntó nervioso.

–Es algo grave –respondió la desposada–. Seguramente no me lo vas a perdonar.

–Dímelo ya –se alteró él–. Estoy en ascuas; no puedo resistir más la tensión. ¿Qué has hecho tan grave que piensas que no seré capaz de perdonarte?

Después de larga pausa, bajando la vista, ella hizo la tremenda confesión:

–No soy mujer –le dijo–. Soy hombre. Soy travesti. Pero me enamoré de ti y no tuve valor para revelarte mi oculta identidad. Pensé que al conocer mi secreto me arrojarías de tu lado, y no me sentí capaz de resistir tu ausencia.

Al escuchar aquello el hombre lanzó un espantoso grito de furor.

–¡Ah, infeliz! –clamó en paroxismo de cólera–. ¿Cómo fuiste capaz de engañarme así? ¡Eres lo peor, no mereces ni siquiera que ponga mis ojos en ti! ¡Qué gran mentira! ¡Qué tremendo engaño!

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–¿Lo ves? –dice con desolado acento la otra persona–. Te dije que no me ibas a perdonar que sea travesti.

–¡Eso te lo perdono! –rebufó el individuo–. Es más: no me importa. ¡Lo que no te puedo perdonar es que salías de pinkies!

Existe la eterna pregunta: el golf, ¿es un deporte o un juego? Yo digo que es una pasión jamás correspondida. Aunque, pensándolo bien, quizás el golf no sea tan difícil. Me dicen que se puede llegar a dominar en cien sesiones. Lo malo es que cada sesión dura un año. El golf sólo les parece fácil a quienes no lo juegan. Es como la mujer: aunque te entregues todo a ella jamás lograrás entenderla. Así pues, lo mejor que se puede hacer con este tormento es disfrutarlo, independientemente de las frustraciones que te cause. Y aprovechar todas las circunstancias para gozarlo más.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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