Atar a la rata: reflexiones sobre el suicidio (2)
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Las ratas y los insectos me son repugnantes. ¿Son creaciones e hijos de Dios? Pues eso dice el Génesis, pero como Dios los puso a nuestro sojuzgamiento y señorío, elijo no tenerlos cerca jamás. En las culturas antiguas (Grecia, Roma, Babilonia), la rata y el ratón simbolizan cualidades negativas. Algunas simbólicas (avaricia, codicia, latrocinio), otras cualidades son reales y funestas (se asocian directamente con la agresividad, la peste, las plagas, las pestilencias, la podredumbre...). Y releyendo un libro de Charles Baudelaire, “Las Flores del Mal”, del mar de notas a pie de página que he ido acumulando con las relecturas, me encontré con el siguiente palíndromo de mi autoría: atar a la rata.
Usted lo sabe: un palíndromo se lee de izquierda a derecha o de derecha a izquierda sin perder su sentido. Y dicho palíndromo he elegido para titular esta serie de asedios a un flagelo, a una peste letal en Coahuila y, en especial, en la región Sureste: los suicidios. Y por extensión hoy, a las ciudades malditas y podridas. No, no se puede atar a la rata del suicidio, esa pestilencia física y mental que embota los sentidos de quien la padece y termina por devastarlo. ¿Solución? Suicidarse. Así de simple y complicado, no hay contradicción alguna.
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En uno de sus poemas Charles Baudelaire se pregunta: “¿Qué isla es esta tan negra y triste?...”. Esta isla en Coahuila tiene nombre: es la maldita tristeza, la emperrada ictericia, la melancolía; lo hoy llamado depresión. Lo importante –le decía el abate Galiani a Madame d’Epinay– no es curarse, sino vivir con las enfermedades. Pero el suicida no quiere ni puede vivir perennemente con el aguijón del dolor en el alma. Busca curarse. Y curarse lleva a un estadio absurdo y triste, si usted quiere, pero curación al fin: el suicidio.
Y esta “curación” extrema lleva a un galimatías de sentimientos y moral. El entorno del suicida, familiares, compañeros de trabajo, amigos, conocidos, le otorgan no pocas veces a Dios el rostro de lo absurdo e irracional: Dios es entonces injusto, incomprensible, inconsecuente; Dios no escucha, no salva, no se manifiesta. Sí, es aquello de Soren Kierkegaard: la depresión no es un hecho, sino un estado. Un estado perpetuo e irreconciliable con la anhelada paz, interior y exterior.
Pero hoy los suicidas son legión porque habitamos ciudades malditas, deshumanizadas, sin solidaridad alguna con el vecino y, muchas veces, ni con el familiar. No el amor ni la bondad, no; el sentimiento primigenio del ser humano son los celos y odio (Caín sobre Abel); luego llega la venganza (por haber preferido Jehová la ofrenda de Abel, Caín lo mata). Éste y no otro es nuestro origen como sociedad organizada. Por eso las ciudades incuban la ferocidad del animal, por eso las ciudades son malditas. Desde su concepción hasta nuestros días, las ciudades nacieron malditas.
A la letra la Biblia dice: “Caín... habitó en tierra de Nod (errante, es la traducción) al oriente del Edén. / Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio luz a Enoc; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de la ciudad del nombre de su hijo, Enoc...” (Génesis 4:14-18). Jehová castigó a Caín por haber matado a su hermano. El Dios iracundo del Antiguo Testamento, Jehová, le puso una señal en la frente para que nadie jamás lo tocase. Por eso las ciudades son malditas, fueron fundadas por un asesino.
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ESQUINA-BAJAN
Un verso del poeta José Emilio Pacheco, el gran José Emilio Pacheco, lo dice claramente:
La vida avanza gracias al conflicto.
La historia es el recuento de la discordia
Que no termina nunca.
Y esta discordia sembrada por Caín y Abel, la padecemos hasta hoy. Y la vamos a padecer siempre. El calor no cede. No va a ceder y si hay calor, las casas (palomares) son un infierno. Sólo queda deambular en la calle, juntarse con amigos de parranda, beber en plazas y avenidas (si se tiene el peso suficiente, en bares), y luego el robo, el latrocinio, las riñas campañas, las violaciones, los incendios, el odio ante antiguas afrentas, las venganzas, los incendios de autos y casas habitación... el caos violento y sin control.
Esto es la región a últimas fechas y cada fin de semana. Antes era sólo el sábado. Ahora es desde el jueves y la parranda y el caos se prolonga hasta el domingo e incluso al amanecer. No, no son actos aislados, es la vida de miles de obreros llegados de otras regiones del país con sus modos de ser, modos de tomar, modos de ir al baño... su cultura. Aunque tengo varias sagas muy leídas por usted a las cuales urge abonar letras, voy a iniciar una nueva: “Ciudades malditas”.
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Lea usted: “Vence la depresión a suicidas. Se dan cuello tres mujeres” (8 de septiembre). “Lo asaltan en carretera a Monterrey”. “Derrumba luminaria y vuelca”. “Se desata racha de borrachazos” (10 de septiembre). “Héroe fallece en incendio. Muere por salvar a su hijo y nuera”. “Cricoso agresivo se suicida”. “Clausuran antro tras riña campal” (9 de septiembre). “Riñen más de 30 en el Ojo de Agua”. Sí, fue durante las fiestas patronales del Cristo. ¿Excomulgar a los pandilleros? ¡Ja! Ellos no creen en Dios ni en el diablo...
LETRAS MINÚSCULAS
Por eso jamás están decepcionados. Habitamos ciudades malditas.