Café Montaigne 411: Historias de superación

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Opinión
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La princesa, antes de tener al mundo a sus pies merced a sus actuaciones en el celuloide, sufrió como cualquier ser humano los horrores de la Segunda Guerra Mundial

En esta trama enrevesada en el ocaso de mi existencia, ¿quién pervierte a quién? De existir a estas alturas la perversión, claro. ¿Mi güera Jazmín a su servidor o su servidor a ella, recomendándole libros y películas que estaban lejos de su alfabeto y con las que ahora está encantada? A la camarera regia sólo le hacía falta un pequeño empujón y confianza para lograrlo todo. Y “todo” es aquello a lo cual ella quiera y desee.

La última novedad en su buena vida: entró a estudiar para educadora. Voy de acuerdo, es una escuela no tan buena ni seria en Monterrey, un instituto como los hay por decenas allá o aquí, pero me tiene sorprendido con su decisión. Un día llegó... bueno, pasé por ella y nos fuimos a merendar como siempre. Estaba callada y vestía uno de sus dos o tres trajes sastres con los cuales se ve de infarto.

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De pronto me soltó así, como habla ella: “Oye, Jesús, ¿no vas a preguntar por qué ando vestida así, tan formal y bella? ¿Ya viste que me caigo de buena y elegante? Eres tan baboso que ya no te impacto. A ver, dime, escritor, ¿a dónde crees que fui en la mañana y ya me inscribí? Anda, adivina...”.

-Güerita linda, es que me pones nervioso. Lo sabes. Quien pone los exámenes soy yo, no usted, y me metes en predicamentos los cuales ni adivino. A ver, bueno, ¿a dónde te fuiste a inscribir, a un buen table dance...?

-¿Qué dijiste, pedazo de pendejo y animal? Tu abuela, que tiene 259 años de muerta, fue la que fue a inscribirse. ¡Ay, discúlpame! Pobre de tu abuelita muerta desde siempre, pero tú, pinche Jesús, no tienes perdón. Eres un anciano cochino y libidinoso, y no me mereces. De hecho, se me hace que hoy terminamos. No, no me mereces en lo más mínimo y lo que hoy hice fue por tus palabras de aliento... ¡Te odio, baboso!

-Güera, era broma. Discúlpame, lo siento. De hecho, mira, te traje dos regalos: el libro de Pierre Louÿs, el francesito que tanto te ha gustado, y una buena película de una actriz ya muerta, la cual a mí me gusta mucho. Igual, su película basada en un libro de otro escritor bastante bueno. Te pido disculpas, acéptalas. Ya sabes cómo soy...

-Ok. Que sea la última vez, ¿estamos? Oye, por cierto. ¿Me vas a llevar luego a un table dance? Anda, quiero ver ese ambiente y comprobar si de verdad las zorras esas están guapas y buenas. Creo que ninguna tanto como yo. Pero bueno, es otra cosa: Jesús, vengo de inscribirme en un instituto para estudiar un diplomado en materia educativa y asesora infantil...

Con este tipo de noticias, dan ganas de llorar y sí, admiro y quiero más a la güera Jazmín. Insisto, necesitaba un pequeño apoyo, quien le tirara la mano, le enseñara un poco y creyera en ella al acercarle libros, charla, películas y la asesorara un poco en su azarosa vida. Da gusto y, claro, la voy a apoyar en todo.

Lea usted: Si hacemos caso a la cábala y la numerología, este año se cumplen 33 años de la muerte de Audrey Hepburn. Esa cifra a la cual todo mundo cita: 33 años, edad en la cual murió el maestro Jesucristo. Guillermo Cabrera Infante, quien siempre prefirió el cine a la sardina enlatada en su natal Cuba, describe a la Hepburn como una mujer de “cuello de cisne... la boca gráfica y ojos de moda muda”.

ESQUINA-BAJAN

Audrey Hepburn nació en Bruselas, Bélgica, en 1929. En 1993, un emperrado cáncer de colon la llevó a la tumba, donde ahora vive por siempre. Específicamente, fue enterrada el 24 de enero, en un día gris, frío y letal. Como Marilyn Monroe, Rita Hayworth y Bette Davis, Audrey Hepburn murió, paradójicamente, para vivir eternamente.

No parecía princesa; la Hepburn lo era. Hija de una familia de rancio abolengo de la aristocracia holandesa. Para los que llevan los registros oficiales en forma, el nombre de la diva es el siguiente: Edda Kathleen Van Heemstra Hepburn-Ruston. Pero la princesa, antes de tener al mundo a sus pies merced a sus actuaciones en el celuloide, sufrió como cualquier ser humano los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

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Uno de sus hermanos estuvo en un campo de concentración nazi; otro más se perdió durante los ataques de resistencia. Un tío y un primo en línea directa fueron fusilados. Los horrores de la guerra. Superados los días de la barbarie, cuentan que la historia le sonrió a la entonces novel intérprete, cuando el director William Wyler le ofreció una buena comedia cinematográfica: “Vacaciones en Roma”. La vida cambió, y la princesa Hepburn se convirtió en una de las actrices más queridas e idolatradas de aquellas épocas.

En 1953 actuaría junto a Gregory Peck en “La Princesa que Quería Vivir”. Después vendrían sus memorables actuaciones y recordadas actuaciones en cintas como “Sabrina” (1954), “Historia de una Monja” (1959), la inconmensurable “Desayuno con Diamantes” (1961) y “Sola en la Oscuridad” (1967). Con ellas llegaron premios y reconocimientos: cinco nominaciones al Oscar, la obtención de una estatuilla, el galardón a mejor actriz en el Festival de San Sebastián y el BAFTA británico en la misma categoría. Eran los años de gloria de la princesa; años de reflectores, pasarelas, guantes de seda y un largo pitillo sostenido apenas por sus manos transparentes y un glamur de infarto.

LETRAS MINÚSCULAS

Sí, a la güera le regalé la película “Desayuno con Diamantes” y le platiqué lo anterior. A lo cual ella sólo sonrió, me dio un casto ósculo en la mejilla y me dijo al oído: “Ya te perdoné, baboso...”. Charla mata carita. Siempre.

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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