Café Montaigne 416: Recorrido gastronómico con Hemingway
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– Jesusito en Chihuahua, oye, mira, no me interrumpas, por favor. Como tú algunas veces me dices: tengo unas palabras para ti. Pues hoy tengo palabras para ti, escritor. No soy tan buena como tú, pero las he preparado anoche mientras tuve insomnio por tu libro, pero estuvo fantástico...
– Dígame, güerita linda...
– ¡Ay, Dios mío! Ya vas a empezar. Cállate, pedazo de animal, porque se me van las ideas y la inspiración...
– Ya me callé...
– Eres un idiota insoportable cuando te pones así, pero me gusta y me desesperas, pinche flaco necio. ¿Te vas a callar el hocico?
- (...)
– Ándele muy bien, así luces mejor, flaquito, calladito. No como todos los hombres que son groseros. Gracias por todo tu apoyo. Tanto en mi vida como en la escuela. Gracias por todas tus enseñanzas y gracias por tolerarme. Sé que no sé muchas cosas, pero estoy mejorando y es mucho debido a ti, flaco. Cada día me acostumbro más a ti y sí estoy enamorada. Bueno, eso creo. Pero ya sabes: primero es mi hijo, mi familia, luego yo y al final tú. ¿Lo notaste? Es justo lo que siempre me has dicho. Pues hoy no te vayas a quejar de eso, cuando usted me lo enseñó, eh.
– Otra cosa, Jesús escritor, te admiro y respeto todo lo que haces. Ahora que me dio el insomnio, pues te entendí un poco más. Se siente una desesperada. La verdad, no me sentía como yo misma. No sé cómo decírtelo, pero “yo no era yo”, sino como otra persona. Pensaba diferente, muchas pendejadas, me sentía muy rara. Y bueno, ya otra vez y gracias a Dios, “yo soy yo”.
– Pero, pedazo de escritor, usted tuvo la culpa de mi insomnio de ayer o antier, ya ni recuerdo. Fue esa noche, antes de mi descanso, cuando me diste a leer “El Viejo y el Mar”, de ese escritor, tu amigo gringo, ese que se suicidó por no poder dormir. ¡Ay, Dios mío! Pobrecito. Lo empecé, y como me atrapó la historia de ese pobre viejo y el niño desarrapado, y al siguiente día era mi descanso, pues dije: “lo acabo porque lo acabo”. Cuéntame de él, Jesús. Ya puedes hablar, pedazo de animal. Por cierto, hoy invito la botella de vino, pero pide un pescado, como los que comía el viejo pescador...
Sí, le di a leer a la güera Jazmín un libro enjuto de páginas –como yo lo estoy de carnes–, de apenas 110 páginas; una genialidad, la cual no necesita ni le sobran palabras: “El Viejo y el Mar”, de Ernest Hemingway, de quien este año se cumplen 65 años de su muerte. Bueno, de su suicidio. La güera se ha enamorado de la escritura del Nobel gringo y me pregunto: ¿quién no?
No pocas veces me he referido a papá Hemingway en clave gastronómica; es decir, hacer un somero balance y análisis de las bebidas y comidas (así como lugares urbanos o despoblados, claro) donde Hemingway ancló sus textos, historias y personajes. Le platiqué rápido a Jazmín: hay alimentos y bebidas los cuales se vinculan a su toponímico (reciben el bautizo de su lugar de origen); otros toman su nombre del chef que, en teoría, inventó dicho manjar. Otros platos toman su nombre del ingrediente principal.
ESQUINA-BAJAN
Ejemplos al azar, como mera referencia para que la güera entendiera y de un sólo golpe: “Pescado a la Veracruzana” (toponímico), “Ensalada César” (creada por autor), Coq au vin (pollo al vino tinto, ingrediente vertebral). Puesta la mesa de la reflexión, usted conoce lo siguiente: “Pasta Alfredo” (autor), “Queso Manchego” (toponímico, La Mancha, España), “Mole poblano” (Puebla), “Café turco” (toponímico, Turquía), “Tamal oaxaqueño” (toponímico, Oaxaca)... en fin. Por eso “Las magdalenas” o bollos de Marcel Proust y la olla podrida de Miguel de Cervantes son eternas...
Le digo a mi bella güera –la cual está atenta a la charla y lleva rato sacando su libreta de piel para hacer anotaciones; da gusto y orgullo– de uno de mis autores tutelares: este gringo, el cual vivió en todo el mundo. La felicito por haber leído, y de una sola sentada, un libro perturbador y poderoso de poco más de 110 páginas: “El Viejo y el Mar”.
Todo sucede en una Habana insular y un tanto aislada en materia de mercaderías (década de los cincuenta del siglo pasado). Así lo cuenta Ernest a través del narrador y en voz del viejo Santiago, al describir cómo comía el pescado: “Se inclinó sobre la borda y arrancó un pedazo de la carne del pez (espada) donde lo había desgarrado el tiburón. Lo masticó y notó su buena calidad y su buen sabor. Era firme y jugosa como carne de res, pero no era roja. No tenía nervios y él sabía que en el mercado se pagaría el más alto precio...”.
“Se arrodilló y halló el ‘bonito’ bajo la popa... plantó una rodilla sobre el pescado y arrancó tiras de carne longitudinalmente, desde la parte posterior de la cabeza hasta la cola. Eran tiras en forma de cuña y las arrancó desde la proximidad del espinazo hasta el borde del vientre... limpió su cuchillo en el pantalón... Cogió un pedazo y se lo llevó a la boca y lo masticó lentamente... Con un poco de limón o lima o sal no estaría mal”. Pescado a la lima, pescado a la sal, pescado crudo... pero también aparecen cazuelas de frijoles, arroz, sardinas y camarones...
LETRAS MINÚSCULAS
-Jesús, ¿tú crees que aquí nos puedan preparar uno así? En mi restaurante nada más hay pescado empanizado y, la verdad, no se antoja. Tú jamás lo pediste... Continuará.