Café Montaigne 418: Un número mágico
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Ernest Hemingway pudo haber escrito de otros números: 5, 14, 28 o 32 días; pero no, güera, escribió 40 días. ¿Sabes por qué? Porque el 40 es un número simbólico, bíblico
La güera Jazmín, la camarera regiomontana, se ha convertido poco a poco en una devoradora de libros. Es virtud suya, no mía: sólo necesitaba un pequeño empujón, un aliciente, confianza, platicarle cosas de autores, tramas, historias, documentales y, claro, de películas y música. Ella, y nadie más, está haciendo lo suyo: disfrutar y aprender.
Da gusto. Me siento muy contento y orgulloso de mi humilde aportación e influencia en su formación, ahora sí, cultural. En una de nuestras últimas tertulias habituales me dijo: “Jesús, me traje el libro del gringo guapo, el que se suicidó por no poder dormir. Ya sé, ya sé, es ‘El Viejo y el Mar’, pero prefiero llamarlo ‘el viejo, el pescado y el niño’. Oye, qué gran historia. Te atrapa y no quieres soltar el libro; quieres saber qué va a pasar en la siguiente página. Pobrecito el viejo pescador, y también el niño que lo sigue todo el tiempo. Mira, traigo varias cosas subrayadas con lápiz para comentar. ¿Te parece?”.
La güera se clavó con la historia, como todo mundo al leer el libro. En apariencia, es sencillo, pero con recovecos y costuras invisibles, exclusivas para iniciados. De entrada, así debe ser la gran obra de arte: una aparente sencillez, la cual todo puede, sólo para descubrir en una segunda o quinta lectura las resonancias secretas de aquello escrito. Es decir, ¿un autor, al escribir o describir dichas letras o puertas secretas, lo hace a propósito o es mera intuición, reparos y azar genial? Sin duda, ambas cosas. No hay contradicción alguna.
Antes de las frases subrayadas de Jazmín, sus preguntas y comentarios, le digo: “Mira, Jazz, apenas en las primeras letras del texto, apenas en el primer párrafo, el narrador dice que el viejo pescador tenía 84 días sin coger un pez, pero en los primeros cuarenta días había tenido a un muchacho, un ayudante; ya luego se revela su nombre, “Manolín”, pero habla de 40 días desde la partida del joven. Ernest Hemingway pudo haber escrito otros números: 5, 14, 28 o 32 días; pero no, güera, escribió 40 días. ¿Sabes por qué? Porque el 40 es un número simbólico, bíblico, se usa mucho en la Biblia y no es gratuito para nada.
El número 40 y sus derivados o múltiplos: 4, 4 mil, 41, 40 mil y un largo etcétera, aparecen en casi todos los libros de la Biblia, cristiana o católica, Jazz; es lo mismo básicamente o es lo mismo de plano. Mira, no tenemos Biblia en la mano; bueno, sí, usa tu celular galáctico, descarga cualquiera; por lo general, son textos o versiones gratuitas. Vete al libro de Génesis, lo primero de lo primero, y leamos rápidamente, a ver si puedo encontrar la referencia: “Yo haré llover cuarenta días y cuarenta noches...”. ¿Lo notas? Pero así es el resto de la Biblia; todo tiene que ver con el número 4, 40, 4 mil, 40 mil.
Ejemplos de ello hay en todos sus libros: Éxodo, Números, Levítico, Jueces, Ezequiel, en fin. Es cuando se hace referencia a toda la vida, es decir, al número simbólico de los guerreros en una batalla, los días de cosecha y siembra o de castigo por parte de Dios. Creo recordar que es Nínive, en Jonás, donde se dio el plazo de 40 días para destruir dicha ciudad pecaminosa. Pero también, güerita caramelo, el 40 es un número mágico y de milagro para ustedes, las mujeres...
ESQUINA-BAJAN
– ¡Ay, Jesusito en Chihuahua! No me pongas esos exámenes todavía. No sé nada, la verdad. A ver, vamos por partes, dijo el destripador don Jesús. Muy, muy interesante lo que estás diciendo. Y mira, no tengo subrayado nada de ese primer párrafo. Vamos a contar las líneas... son quince. Pero con esas líneas tu amigo, el gringo guapo, me atrapó. Pero ahora con eso de los números mágicos que dices, pues estoy más endiosada del hombre. Mira, vamos a brindar y ahora sí dime, mi escritor: yo, como mujer guapa, rebuenota que estoy y ahora ya más inteligente, ¿qué tengo que ver con ese número? Escucho, señor profesor...
– Así nació tu Ángel, Jazmín. Así nacemos todos los seres humanos. Bueno, casi todos. Es decir, usted tuvo a su bello hijo durante 40 (cuarenta) semanas en su panza, guardado y amando a su bebé, señorita. Días más o días menos, pero son cuarenta semanas, es decir, 9 meses para la formación de un ser humano. Un milagro suyo, de Dios, de las mujeres y de ese número mágico. ¿Ya lo notó, entonces?
Volvimos a brindar. Juro, entonces, Jazmín empezó a mirarme de soslayo, no directamente. Veía el libro, me volteaba a ver a mí, veía la botella de vino, jugueteaba con la copa entre sus dedos, tomaba una aceituna, la dejaba: picaba un pedazo de queso y pan de ajo, lo comía y lo dejaba de lado. Pero volteaba a verme con un brillo en sus ojos, el cual no conocía. Juro, era un poco o algo de admiración y eso, al final de cuentas, espero, se convierta en amor. ¿Sexo? Sin duda, pero ya a estas alturas es vital, pero no lo único.
– Mira, Jesús, acércate, ponte de plano a un lado mío y lee lo que yo subrayé, de tantas rayas que le hice al pobre libro. Pero lee lo siguiente: “Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez. San Pedro era pescador...”, y San Pedro está en la Biblia. Después de leerlo y ahora con tu charla, ya lo entendí: nací para amar a mi hijo, a mis padres, a Dios y hacer las cosas bien. Estás incluido... Anda, paga la cuenta y mejor llévame a la habitación.
LETRAS MINÚSCULAS
Hazme lo que tú quieras, siempre. Siempre. Soy tuya, Jesús.