Café Montaigne 419: Número mágico (parte II)

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Opinión
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¿Cuatro? ¿4? Son los elementos de la naturaleza y el mundo: aire, agua, fuego y tierra. Y claro, son los puntos cardinales para orientarnos. ¿Con cuál se identifica usted, señor lector?

Gracias. Gracias por todos sus comentarios, estimado lector. El anterior texto, episodio o capítulo de mi novela personal al lado de la bella güera Jazmín, insultantes 24 años a mi costado, fue harto replicado y leído. Por usted. Por ustedes. Lo agradezco de corazón, palabra y pensamiento.

Le recuerdo el gesto: a la güerita –está rebuena, la ingrata– le di a leer “El Viejo y el Mar”, de Ernest Hemingway. Se lo leyó de un sólo golpe, en una noche. Es virtud de ella, no mía. Yo cumplo con acercarle libros, música, películas, documentales e historias, las cuales le ayudan a crecer intelectualmente. Sí, pero en su vida personal, es para toda la vida y siempre. Muy rápido el ejemplo.

Café Montaigne 418: Un número mágico

Voy: ¿Cómo ganaron la guerra, cómo combatieron en Cuba los barbones: Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y, claro, Ernesto Guevara de la Serna, el inefable “Che Guevara”? Bajo un solo palio: leyeron “Macabeos” en la Biblia. Es decir, aquí y sólo aquí está el plan, el derrotero para ganar una guerra de guerrillas. Ellos lo hicieron milimétricamente. ¿Usted no lo sabía? El problema es eso, nadie lee, nadie se prepara. La Biblia, como Hemingway, como mi amado Francis S. Fitzgerald, como García Márquez, como Mario Vargas Llosa y un largo etcétera, dan eso: vida, pautas de vida y planes para eso. Toda la sustancia.

La güera, la camarera regiomontana, llega a la hora convenida al Gran Hotel Ancira; guapa, elegante, más buena que nunca. Se apoltrona en su silla, me da un casto beso en la mejilla con mis pelos hirsutos. Y me dice como un balazo: “Mi flaco, dime más cosas sobre el número mágico de 40: cuarenta, cuatro, cuarenta mil o lo que sea, señor profesor. Escucha, pedazo de animal, porque sí te quiero: mi papá compra billetes de lotería, pero él siempre compra el 7. El siete. Yo empecé a platicarle del 4, del cuatro, del cuarenta, 40. Me escuchó. Sólo eso. Dígame, profesor...”.

Le contesto, mientras brindamos, como siempre, con un vino tinto de dudosa estirpe, un Nebbiolo, bueno de a madre: “Mira, güera linda, a reserva de ponerte al rato en cuatro patas...”.

– ¡Cállate, pedazo de pendejo! Cuando quieres, eres igual a todos: un grosero. Pero sí, al rato me vas a poner así y yo voy a aceptar, porque me gusta, soy tu perrita dócil, siempre. Pero bueno, es otra cosa. Anda, platícame, Jesús; platícame, profesor...

¿Cuatro? ¿4? Son los elementos de la naturaleza y el mundo: aire, agua, fuego y tierra. Y claro, son los puntos cardinales para orientarnos. ¿Con cuál se identifica usted, señor lector? ¿Cuatro? ¿4? Caramba y por Dios, son los Evangelios. Los cuatro evangelistas, los cuales trajeron a la tierra el gran notición, la gran noticia, la gran buena nueva. Mateo, Marcos, Lucas y Juan. ¿Usted a quién prefiere como escritor?

Le repito a la güera y a usted lo de la vez anterior: El número 40 y sus derivados o múltiplos: cuatro, cuatro mil, cuarenta y uno, cuarenta mil y un largo etcétera, aparecen en todos los libros de la Biblia. Cristiana o católica. Es lo mismo, pues. En Génesis se lee: “Yo haré llover cuarenta días y cuarenta noches...”.

ESQUINA-BAJAN

Ese día llevé una de tantas Biblias, las cuales tengo en mi biblioteca, todas rayadas y subrayadas hasta el hartazgo, ¡puf! Y le dije a la güera de los ojos: “Mira, Jazz, el cuatro y sus múltiplos son de extrema urgencia: cuarenta años anduvieron los israelitas en el desierto, vagabundos y errantes; por cuarenta años ellos igual fueron esclavos de los filisteos; no obstante, eran o son el pueblo elegido de Dios; cuarenta días permaneció Moisés en el Sinaí inventando a Dios. Sí, güera, inventando a Dios. Es invento de un intelectual, de un poeta, así de sencillo.

“El resto de la Biblia, todo tiene el visto del número 4, cuarenta, 4 mil, cuarenta mil. Está en todos sus libros: Éxodo, Números, Levítico, Jueces, Ezequiel, en todos. Es cuando se hace referencia a toda la vida, siempre. El cuatro, el cuarenta, el cuarenta mil son números simbólicos de los guerreros en una batalla, días de cosecha y siembra o de castigo por parte de Dios. Es la ciudad de Nínive en Jonás. Dios dio el plazo de 40 días para destruir dicha villa pecaminosa...”.

Café Montaigne 417: Hemingway, una obra para saborear

¿Tengo engatusada a mi güera? Sin duda. Verbo mata a galán. Según los psicoanalistas, esos estafadores del pensamiento, la presencia del número cuatro en nuestros sueños es simiente de una personalidad fuerte, ruda y bien plantada ante la vida. El viejo sabio Pitágoras veía en el cuatro (4) el origen y raíz de la naturaleza eterna. Le creo.

Le espeto a la güera antes de pedir la cuenta y llevármela a la habitación, como Dios manda: “Jazmín, mira, güera de los ojos: usted, su hijo, su papá y su mamá. ¿Lo notas? Son cuatro, suma perfecta. No, no es azar, Jazz, es destino. Usted es una mujer bendita, y agradezco que esté hoy a mi lado... aunque luego te vayas de mis manos. Pero bueno, es lo lógico y normal...”.

– ¡Ay, por Dios! Cállate, pedazo de baboso. Anda, sé bueno, ponme en cuatro patas, como te gusta, y cuéntame cosas sucias, como siempre lo haces; dime qué va a pasar en el siguiente episodio, cuando le enseñe las bragas al mesero que siempre me ve, dímelo... ¿Sabes que me gusta enseñarle mis calzones?

LETRAS MINÚSCULAS

Para mi desgracia o fortuna, esta historia va a continuar... ¡Puf!

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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