Cómo Rusia perdió amigos e influencia mundial

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Opinión
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Putin creía que invadir Ucrania restablecería el estatus de gran potencia de Rusia, erosionaría la influencia occidental y aceleraría el cambio hacia un orden internacional multipolar

Por Nina L. Khrushcheva, Project Syndicate.

NUEVA YORK- Desde que lanzó su invasión a gran escala de Ucrania hace más de cuatro años, el presidente ruso Vladimir Putin no solo no ha logrado la victoria militar que ansiaba. También ha socavado una serie de relaciones que tardó décadas en construir, dejando a Rusia más aislada de lo que ha estado desde los primeros días de la Revolución Bolchevique.

La invasión de Ucrania bastó por sí sola para abrir una brecha entre Rusia y su aliado Kazajistán. Al fin y al cabo, Putin tiene un historial de menoscabar los fundamentos de la independencia de Kazajistán y de sugerir que su pueblo desea estrechar lazos con Rusia, afirmaciones que se hacen eco de las que Putin hace sobre Ucrania.

Así pues, tras la invasión de 2022, el presidente kazajo Kassym-Jomart Tokayev rechazó las peticiones de ayuda del Kremlin y, posteriormente, comunicó a Putin que Kazajistán no reconocería las regiones separatistas de Ucrania respaldadas por Rusia. También firmó un acuerdo de cooperación militar con Turquía, convirtiéndose en el primer miembro de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), liderada por Rusia, en establecer un acuerdo de este tipo con un miembro de la OTAN. Aunque la relación de Putin con Tokayev ha mejorado desde entonces, es probable que esto refleje el hecho de que ambas partes siguen necesitándose mutuamente.

Luego está Armenia. Cuando Azerbaiyán lanzó una operación militar en septiembre de 2023 para tomar el control de Nagorno-Karabaj, el enclave de etnia armenia dentro de su territorio, las fuerzas de paz rusas estacionadas allí no hicieron nada, y toda la población del enclave, alrededor de 100 mil personas, se vio obligada a huir. En menos de un año, Armenia había anunciado planes para retirarse de la OTSC y estaba comprando armas a Francia y la India. Rusia retiró a sus fuerzas de mantenimiento de la paz de la región antes de lo previsto.

El Kremlin también logró dar un vuelco a su relación con Azerbaiyán, que se benefició de su traición a Armenia. En diciembre de 2024, un misil tierra-aire ruso derribó un avión de pasajeros de Azerbaijan Airlines, matando a 38 personas. El presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, exigió una indemnización y que se rindieran cuentas al Kremlin, pero Putin se negó a admitir su culpa durante casi un año. Mientras tanto, Aliyev desairó a Putin al no asistir al desfile anual ruso del Día de la Victoria de la Segunda Guerra Mundial en mayo de 2025; las fuerzas especiales rusas llevaron a cabo una redada mortal contra la población de etnia azerí en Ekaterimburgo; y Azerbaiyán irrumpió en la oficina de Bakú del medio de comunicación estatal ruso Sputnik, deteniendo a su personal.

Pero Azerbaiyán constituye un corredor comercial crucial hacia Irán, que, hasta que Estados Unidos e Israel iniciaron su guerra en febrero, suministraba a Rusia drones y misiles balísticos para su guerra en Ucrania. (Rusia también abandonó de hecho a Irán cuando este se vio en el punto de mira.) Para mantener abierto el corredor, el Kremlin se vio obligado a tragarse el insulto de Azerbaiyán y, en octubre de 2025, Putin admitió finalmente que los sistemas de defensa aérea rusos habían derribado el avión y realizó una vaga oferta de indemnización.

Aunque esta disculpa de rigor abrió el camino para el restablecimiento de las relaciones, el episodio supuso un grave error de política exterior para Rusia. Desde los zares hasta los soviéticos, los líderes del Kremlin habían sabido manejar con destreza durante siglos las tensiones entre Armenia y Azerbaiyán. Sin embargo, desde que inició su guerra en Ucrania, Putin ha conseguido tensar las relaciones con ambos.

En Siria, Rusia pasó casi una década apuntalando el régimen de Bashar al-Assad, llevando a cabo ataques aéreos y desplegando fuerzas terrestres contra las fuerzas rebeldes, al tiempo que proporcionaba a Assad cobertura diplomática en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. A cambio, Rusia mantuvo el control sobre la base naval de Tartus y la base aérea de Hmeimim.

Pero en noviembre de 2024, las fuerzas rebeldes sirias lanzaron una ofensiva sorpresa, a la que el ejército ruso, desbordado por la guerra en Ucrania, fue incapaz de responder a gran escala. En cuestión de días, Alepo y Damasco cayeron, y Assad huyó a Moscú. Toda esa inversión, y Rusia se quedó sin nada.

La historia de la extralimitación rusa en África es igualmente vergonzosa. Antes de la guerra de Ucrania, los mercenarios del Grupo Wagner estaban extendiendo la influencia rusa por todo el continente, intercambiando contratos de seguridad por lealtad política y derechos mineros. En Mali, por ejemplo, se posicionaron como un apoyo crucial para la junta militar en su lucha contra las fuerzas yihadistas.

Pero en 2024, los rebeldes tuaregs tendieron una emboscada a un convoy maliense-Wagner cerca de Tinzaouaten, matando a decenas de mercenarios rusos. Posteriormente, los yihadistas atacaron el aeropuerto y la academia nacional de la gendarmería en Bamako. La narrativa de que Wagner estaba haciendo que Mali fuera más seguro se había vuelto insostenible. Aunque algunas fuerzas, rebautizadas como el “Cuerpo de África”, se quedaron tras la salida oficial de Wagner de Mali el pasado mes de junio, estas también se han retirado ya.

Las cosas no van mejor para Putin en Europa. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, un lacayo de Rusia, fue recientemente destituido tras 16 años en el poder. Por su parte, el presidente serbio, Aleksandar Vučić, ha estado cubriendo sus apuestas discretamente: aunque Serbia parecía inicialmente apoyar la invasión rusa de Ucrania, Vučić se ha reunido desde entonces en múltiples ocasiones con el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky y ha exportado munición por valor de al menos 908 millones de dólares a Ucrania a través de terceros países (Bulgaria, la República Checa y Polonia).

Vučić también ha cancelado contratos militares con proveedores de armas rusos, firmando en su lugar un acuerdo de 2,700 millones de euros (3,200 millones de dólares) con Francia para la adquisición de 12 aviones de combate Rafale. Pero Putin ha optado hasta ahora por no responder. Lo último que necesita es consolidar la pérdida de uno de sus últimos aliados aparentes en Europa.

Mientras tanto, el cliente de toda la vida de Putin, el presidente bielorruso Alexander Lukashenko, ha liberado a presos políticos en un intento por mejorar las relaciones con Occidente, e incluso ha mantenido contacto con el presidente estadounidense Donald Trump. Aunqueel «último dictador de Europa»no está rompiendo con el Kremlin, está preparando una vía de escape y subiendo aún más la apuesta.

Luego está China. Antes de la guerra de Ucrania, Rusia y China se presentaban como dos grandes potencias que se resistían al dominio occidental y pregonaban su«asociación sin límites»justo antes de la invasión. Pero la relación actual se asemeja más a un matrimonio de conveniencia desequilibrado que a una alianza entre iguales poderosos. China suministra a Rusia bienes de doble uso, como microelectrónica y máquinas herramienta, no armas, mientras que Rusia vende a China petróleo y gas a precios reducidos.

Quizá el amigo más leal de Rusia hoy en día sea Corea del Norte, que desplegó más de 10 mil soldados para luchar junto a las fuerzas rusas en la región de Kursk tras la incursión de Ucrania en Rusia en agosto de 2024. Pero incluso esta relación es fundamentalmente transaccional, basada en la inseguridad compartida y la hostilidad hacia Occidente.

Putin creía que invadir Ucrania restablecería el estatus de gran potencia de Rusia, erosionaría la influencia occidental y aceleraría el cambio hacia un orden internacional multipolar. En cambio, ha destruido la credibilidad del Kremlin como socio y aliado. Rusia sigue teniendo armas nucleares, un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y vastas reservas energéticas, pero la guerra de Ucrania la ha dejado gravemente debilitada e incapaz de proyectar su poder y moldear los asuntos mundiales de ninguna manera que no sea amenazando con la guerra. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Nina L. Khrushcheva, profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es coautora (junto con Jeffrey Tayler) de In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones (St. Martin’s Press, 2019).

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