Con las reglas a modo
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En el nuevo orden, las leyes y reglas que fuimos construyendo para perfeccionar el experimento democrático no cuentan más
Comenzar una partida de UNO requería que los jugadores se pusieran previamente de acuerdo sobre ciertas reglas no mencionadas en la hoja de instrucciones.
Claro, hoy basta con hacer una pequeña consulta. Ya ni siquiera tenemos que googlear para ver qué dice la Federación Internacional de UNO respecto a cuántos Draw Two (toma dos) pueden acumularse, o si es posible responder un Wild Draw Four (toma cuatro y cambio de color) con otro igual y así pasarle el acumulado al siguiente al turno.
Según yo, no se puede, pero no faltaba el que insistía en que sí, que era perfectamente legal y que él y sus amigos siempre lo habían jugado así; que hasta se hablaba de tú con los Parker Brothers y le compraba sus zanahorias al Conejo Montecarlo.
Y ya le digo, antes, en la prehistoria digital, sin herramientas de consulta tan sofisticadas como las que hoy manejamos, teníamos que lograr un consenso previo para que no hubiera desacuerdos a mitad de la partida o, peor, ya cerca de su cardíaco desenlace. Hay gente que se toma muy en serio los juegos de mesa y no permite que a la hora de la verdad le salgan con un vacío legal. Los bienes inmobiliarios del Turista separaron más familias que los terrenos de la abuela.
Poner reglas claras es algo que costó mucho durante décadas, sobre todo en lo electoral. Muchas veces a prueba y error: establecer topes de gastos electorales, hacerlos proporcionales y diferenciados; restringir la promoción personal de los funcionarios; auditar los gastos de campaña; reglamentar la propaganda...
Y vaya que cada una de estas reglas se las tuvimos que arrancar los ciudadanos a un PRI pétreo, anquilosado en el más omnímodo poder, mañoso por demás y a veces represivo y hasta violento.
Pero poco a poco, pian pianito, fuimos domesticando a aquella recua de malandros con el único ánimo de hacer la contienda electoral un poquito más equitativa y justa... O mejor dicho, para hacerla un poquito más real, de a deveras y no conformarnos con una simulación, con una triste pantomima en la que el partido oficial siempre salía ganón. ¿Qué raro, no? De allí la frase: “y gánale al PRI”, para quien se topa con una pared de ventajosa cerrazón, de convenenciera intransigencia.
Fue justamente aquello lo que posibilitó la alternancia en México y el arribo al poder del presente régimen.
Pero cuando tienes la moral de un villano de caricatura –a lo Pierre Nodoyuna–, una vez que logras tú cruzar el puente, lo siguiente que haces inmediatamente es dinamitarlo para que nunca nadie lo vuelva a cruzar jamás.
Desde luego, el personaje idóneo para servir como antagonista principal en esta carrera de los autos locos que es la democracia mexicana no podía ser otro que el Benemérito de la Garnacha, el Capo del Huachicol, Andrés Manuel López Obrador, quien efectivamente, una vez que logró su aplastante victoria por vía de las urnas, se encargó sistemáticamente de desmontar toda la estructura que le daba certidumbre electoral a nuestra República.
Bajo la lógica de “bueno, ya llegué... y ahora asegurémonos de que nadie me alcance”, AMLO destruyó la pluralidad e imparcialidad del Instituto Electoral, que solía ser uno de los organismos mejor percibidos y más defendidos por la ciudadanía. Pero en cosa de meses se convirtió en una parodia de lo que fue, resolviendo controversias, mediando diferencias y sancionando siempre en favor del oficialismo, de manera que no incomode a los jefes del Ejecutivo.
INE, Tribunal Electoral, Poder Judicial, una ilegal mayoría parlamentaria y la puntual mañanera nuestra de todos los días posibilitan que, sin ninguna consecuencia, sin apenas despeinarse, se exonere a un Pío López por las ilegales aportaciones al movimiento; que se emitan sanciones en contra de medios de comunicación e incluso en contra de ciudadanos (como en el caso “dato protegido”); que al naciente partido opositor Somos Mx se le estén poniendo todos los obstáculos posibles para que no pueda consolidar ni su nombre, ni su lema, ni su identidad visual; que al líder del priismo (por muy mafioso que sea) se le prohíba referirse a Morena como narcopartido, en clara violación a la libre expresión (y a la verdad); que un puñado de arribistas con aspiraciones ande en campaña desde hace más de dos años relamiéndose los bigotes con tal de hacerse con una gubernatura; o que, otra vez, desde el partido oficial, se haya organizado todo un reality show alrededor de un destape de precandidaturas por demás adelantadas e ilegales.
“¿Y qué? Somos el grupo en el poder y podemos hacer lo que queramos. Además, tuvimos el recato, el pudor y el buen gusto de no destaparlos como corcholatas o precandidatos, sino que los hemos llamado coordinadores estatales para la defensa de la transformación y la soberanía”.
Pero toda la cobertura noticiosa, toda la dinámica, incluso la manera en que la presidenta Sheinbaum aborda el tema, están en función de posiciones estratégicas electorales, porque nadie tiene tiempo de divagar con aquel eufemístico cargo fantasma que no significa absolutamente nada: son destapes de precandidatos y punto (y les llamaríamos candidatos de no ser porque no han abierto la ventanilla para que vayan a entregar su papelería para el registro). Lo cierto es que, con toda la ilegalidad de que es capaz el régimen más corrupto de la historia (¡y mire que soy bien consciente de que venimos del priato, que no es poca cosa!), las campañas han comenzado, la carrera electoral inició con varios kilómetros de ventaja para el oficialismo, mientras todos los jueces, árbitros y autoridades están picándose la nariz o alguna otra cavidad corporal.
Y es que no está en juego la continuidad de ningún proyecto, sino la posibilidad de ir a la cárcel para muchos distinguidos miembros de la élite del partido; de manera que perder la hegemonía política parlamentaria y de la mayor parte del territorio nacional es un lujo que el partido en el poder no puede permitirse.
Y haciendo alarde de desfachatez, el oficialismo no sólo hizo una campaña de destapes para cada entidad que estará en la contienda, teniendo como marco una gira promocional de la propia Presidenta; sino que además le dieron un cierto formato como si fuera noche de expulsión de reality show, para que viéramos en tiempo real la dramática reacción de ganadores y sobre todo de perdedores (¡felicidades, Andrea Chávez, le hiciste la semana a todo México!); lo que conecta desde luego muy bien con el condicionamiento de las audiencias más acríticas, que ya no distinguen muy bien entre las celebridades mediáticas y su clase gobernante.
En EU, Donald Trump prometió cinco mil dólares a cada elector si el Partido Republicano ganaba todos los escaños en las próximas elecciones intermedias: eso es una abierta compra de voto que, en el mundo que dejamos atrás, era totalmente sancionable y punible. Pero es que hemos normalizado la ilegalidad a niveles increíbles en todo el planeta.
En el nuevo orden, las leyes y reglas que fuimos construyendo para perfeccionar el experimento democrático no cuentan más, si los bravucones con los que estamos contendiendo son capaces de incendiar el tablero si no les gusta el resultado.