Hasta la madre de ‘Estrada’
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No podemos seguir presumiéndonos neutrales en un mundo globalizado que exige posicionamientos claros y firmes frente a las injusticias, la represión y la ausencia de democracia...
Es imperioso que México redefina su política exterior.
La tan sobada Doctrina Estrada aún suena muy bonita cuando se invoca a la soberanía y a la autodeterminación de las naciones. Pero es que el mundo en el cual fue redactado este documento no existe más. O, si lo prefiere decir de forma menos dramática, el contexto ha cambiado... radicalmente.
Sucede que allá por la década de los treinta (aún hablamos de un joven periodo posrevolucionario), las grandes potencias condicionaban el reconocimiento de cada nuevo gobierno a cambio de concesiones a las que cualquier presidente primerizo e inexperto tenía que ceder porque... “Ni modo de no tener relaciones diplomáticas y comerciales con los meros dueños del balón y juntarnos con las puras economías emergentes”.
Y por eso, el entonces canciller, Genaro Estrada, publicó este sentido tuitazo: “El Gobierno de México no se pronuncia en el sentido de otorgar reconocimientos, porque considera que esto es una práctica denigrante... se limita a mantener o retirar, cuando lo crea conveniente, a sus agentes diplomáticos...”.
En resumen: México no reconoce ni desconoce gobiernos ajenos... Y espera en correspondencia el mismo trato de las otras naciones... ¿Estamos?
Pero sucede que después de la Madre de Todas las Guerras, una vez rescatado el Soldado Ryan, se conformó la gran asamblea de países que conocemos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Y sepa algo: en esta columna no se tolera que se hable mal de la ONU, no sólo porque tenemos la misma fecha de cumpleaños, sino porque tildarla de inútil sólo porque no es capaz de entregarnos el paraíso en la Tierra habla de una terrible ignorancia sobre todas sus tareas y sobre la dimensión de los retos que debe afrontar (precisamente, sin violar la soberanía de los pueblos), que descalifica a quien sea para cualquier interlocución posible.
Insuficiente la ONU, siempre lo será, probablemente. ¿Inútil? No repita sandeces, please.
Es precisamente a partir de la “WWII” que acordamos que, sí o sí, debe haber mutua vigilancia permanente entre los países, no sólo en lo referente a las relaciones internacionales, sino al interior de cada nación también: dar seguimiento a cada jefe de Estado y al trato que éste le da a su gente.
Si un tirano se está pasando de malandro con su pueblo, violando los derechos considerados universales, no es como que la ONU vaya a irrumpir con sus tropas o su Mecha-Bot tipo Fuerza Voltron para deponer al dictador. No puede hacer mucho, por más que eso irrite a los revolucionarios de sillón. Puede tomar nota, llevar registro, turnar los asuntos a la asamblea para que, entonces sí, sea la colectividad la que decida o no intervenir, lo que haría todo mucho más legítimo. Pero serían en todo caso los países miembros, no la ONU, pues la Organización no tiene armas, ni ejército, ni nada que se le parezca.
Y una intervención se daría por dos razones: la primera, por un principio humanitario, es decir, porque debemos evitar entre todos, en la medida de lo posible, todas las atrocidades y aberraciones de las que hemos demostrado ser capaces a lo largo de la historia: esclavitud, explotación sexual, genocidio, ecocidio, represión... Lo que usted guste y mande. De allí que el tema de la crisis de desapariciones forzadas en México siga pujando por convertirse en un asunto de discusión en la asamblea (¡nada más, por puro humanismo, no es que nadie busque dañar su bendita cuarta transformación, relájense mucho, amix chairex!).
Y se interviene también por un tema de seguridad: si se deja a un tirano prosperar demasiado y sin límites, es casi seguro que, tras desmadrar a su propio país, busque extender su dominio y se convierta en una amenaza para toda una región continental. Así que, de ser posible, hay que cortarles temprano las garritas, siempre que el consenso mundial y un complicado marco jurídico internacional así lo permitan.
Y ojo: aquí no entran las acciones unilaterales que han llegado a emprender potencias como Estados Unidos, China o Rusia, que cuando se obsesionan con algo, se les mete lo Napoleón y todo vale matraca.
Pasa que en años recientes ha habido un renacimiento del discurso aislacionista en diversos países radicalizados por el populismo, lo mismo en el México “de la izquierda” como en los Estados Unidos de la ultraderecha: el “America first” de Trump y el nacionalismo que promueve la 4T son cada uno reflejo del otro, aunque se supone que están en los extremos opuestos del espectro ideológico.
Con dichos regímenes hemos visto sendos rompimientos diplomáticos con las que solían ser naciones aliadas (EU lo ha hecho con Canadá y la Unión Europea; México ha tenido pleitos con España, Ecuador, Perú...); desdén por cualquier instancia internacional que los cuestione o los llame a cumplir con sus obligaciones pactadas; y acusaciones de injerencismo ante cualquier reclamo, señalamiento y hasta opinión que venga del extranjero por muy pertinente, ha lugar y legítima que sea.
Al mismo tiempo se alimenta un sentimiento de rencor hacia lo extranjero, que también es equivalente: porque México, en el discurso patriotero, es la eterna víctima de las potencias colonialistas; pero EU también se asume como víctima desde su muy particular doctrina: de los inmigrantes, de sus países vecinos, de sus socios comerciales que abusan de las condiciones ventajosas que les ofrecen y hasta de sus viejos aliados para la defensa mutua.
Ese mismo rencor con que se refiere tu tío a “las aguas negras del capitalismo” para amargarle a cualquiera que esté cerca una deliciosa Coca-Cola, es el mismo desprecio con que un viejo sureño se expresa de la comunidad latina, los tacos y el 5 de Mayo.
Y ya implantado este odio por lo extranjero y bien posicionado el foráneo como amenaza, cualquier mecanismo de regulación internacional, cualquier institución o pacto con carácter supraconstitucional, es de inmediato repelido y descalificado por el populista en turno (llámese Donald o doctora Clau) como un ataque a la soberanía.
En nuestro caso en concreto, se hace invocando una Doctrina Estrada desactualizada y deliberadamente mal interpretada, pero sobre todo citada a conveniencia. Cuando no queremos comprometernos con nuestros aliados (siempre finísimas personas como Maduro, Putin, los Castro/Díaz-Canel, Daniel Ortega), entonces sí, somos muy respetuosos de la autodeterminación de los pueblos (no importando que esos pobres pueblos hermanos no puedan autodeterminarse porque viven con una bota en el pescuezo); pero cuando se trata de hacer populismo fácil y sin consecuencias, dedos les faltan para apuntar y condenar al que sea.
No podemos seguir presumiéndonos neutrales en un mundo globalizado que exige posicionamientos claros y firmes frente a las injusticias, la represión y la ausencia de democracia... Claro, a menos que esta falta de firmeza diplomática sea la única política exterior posible dadas nuestras fallas al interior, en cuyo caso sí, sería totalmente comprensible esta falta de compromiso con la comunidad internacional.