Coyote vs. Acme
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No sé si una alegoría sobre la lucha del hombre común frente a los goliats corporativos (el hombre contra el sistema) alguna vez ha dejado de tener vigencia, pero en 2026, definitivamente no la ha perdido
El 26 de febrero de 1990, el articulista Ian Frazier escribió para The New Yorker un texto a manera de ejercicio humorístico titulado “Coyote vs. ACME”.
Redactado con todo el tono y rigor de una auténtica demanda legal ante la Corte de Distrito de Nuevo México, presentaba al querellante, un tal Wile E. Coyote, contra la Corporación ACME Products por daños y perjuicios, además de daños punitivos, gastos de representación legal y costas judiciales, exigiendo una indemnización de 38.7 millones de dólares.
La argumentación se basaba en hechos que son del dominio público para cualquiera que haya tenido televisor en los últimos setenta años: la incansable persecución del Coyote (Famélicus Vulgaris) al supersónico Correcaminos (Accelerati Incredibilus).
Como bien sabemos, para cumplir con sus deberes como depredador del desierto, el Coyote se ha valido reiteradamente de diversos enseres, herramientas y aparatos (incluyendo explosivos) manufacturados por ACME, mismas ocasiones (85 documentadas) en las que el producto presentó alguna falla o malfuncionamiento, ocasionando graves lesiones corporales, dolor y sufrimiento extremo, angustia mental y humillación pública para el demandante, aunado a la imposibilidad de procurarse alimento.
Los famosos Patines a Cohete ACME (Modelo No. 911-A); el Resorte Gigante ACME (Modelo No. 744-B); la Catapulta Gigante ACME (Modelo No. 102) y el Traje de Hombre Pájaro ACME (Modelo No. 44-D) serían apenas algunos ejemplos que ilustran cómo el malfuncionamiento de estos productos no obedece a la torpeza del usuario, sino a un patrón flagrante y sistemático de defectos de fabricación, falta de advertencias y negligencia criminal por la parte demandada.
En contra de lo que habitualmente se afirma, que ya no quedan ideas nuevas, en realidad las hay y muchas, sólo que la industria aprendió a tenerle miedo a los riesgos y a reciclarnos lo mismo una y otra y otra vez.
Pero alguien tuvo la genial ocurrencia de hacer una película basada en aquel artículo, et voilà!, henos aquí, hablando de esa cinta que estuvo a punto de no ser: “Coyote vs. Acme” (2026. Dir. Dave Green).
No quiero entrar en detalles porque se estuvo escribiendo de esto por dos años, pero en algún punto Warner estimó que financieramente le resultaba más redituable (por razones fiscales) enlatar la película para siempre y olvidarse de su existencia.
Pero es que había funcionado tan bien en las proyecciones de prueba y se hizo tanta presión en redes sociales que Warner (el verdadero villano en esta historia) terminó cediendo y estrenándola, no en plataformas, sino en cines y todo. De hecho, el agradecimiento en los créditos finales se lee: “Dedicado a todos los que publicaron, compartieron, sostuvieron carteles y alzaron la voz cuando más importaba. Esta película llegó a la gran pantalla gracias a ustedes”.
Precisamente, y como no podía ser de otra manera, es la perseverancia uno de los temas centrales sobre los cuales discursa este filme; después de todo, el concepto entero del Coyote y el Correcaminos es una metáfora sobre la futilidad de la condición humana, misma que los griegos representaron en el mito de Sísifo, al cual se hace referencia a lo largo de toda la cinta (actualmente en cartelera).
Por oposición al Coyote, el personaje de su abogado, el litigante Kevin Avery (un homenaje al genio animador de la era dorada de Warner y MGM, “Tex” Avery), es alguien que dejó de esforzarse, que simplemente dejó de intentarlo ya. Se dedica a hacer acuerdos para sus representados por apenas algunos cientos de dólares, pero ni por asomo se atrevería a demandar a una megacorporación por una suma de siete cifras. En el camino, desde luego, algo aprenderá de su silente cliente (no es un spoiler, según yo es una obviedad del guion).
A diferencia de otras incursiones de los Looney Tunes en el largometraje live action (“Space Jam”, 1996, o “Back in Action”, 2003), aquí no se huele esa urgencia de que percibamos a los personajes vigentes, en onda, modernos y conectados con “la chaviza”.
Son sólo lo que tradicionalmente han sido. De hecho, el Coyote no trata jamás de ser simpático, agradable o fácil siquiera para que pueda surgir el vínculo con su contraparte, el abogado (interpretado por el ex SNL, Will Forte), o para despertarnos la empatía. Es testarudo, hosco, antisocial, sucio, desconsiderado, incapaz de colaborar...
Otra cosa que se agradece es que cada aparición, cada cameo de cada personaje clásico está en función de que la trama avance o que un chiste funcione. A diferencia de otros esfuerzos parecidos, en los que se nos atiborra a cuanta estrella animada es posible incluir sólo para que brinquemos de nostalgia al identificarla; puro “fan service” vacío; afortunadamente, este no es el caso.
Otro gran acierto: el haber incluido al legendario actor del cine de horror y de suspenso, Peter Lorre (es decir, a su versión animada para Looney Tunes), que tantos sustos le pegó al Pato Lucas en su momento y aquí es pieza clave en la otra subtrama (quizás la más interesante) sobre los perversos motivos detrás de las reiteradas y aparentemente deliberadas fallas de los productos ACME.
La película se convierte en todo un discurso sobre neoliberalismo voraz y la total ausencia de escrúpulos empresariales; un mundo corporativo al que no le importa lesionar a los ciudadanos de segunda (en este caso, los dibujos animados), en tanto esto le permita liderar el mercado y desarrollar productos para consumo de los ciudadanos de primera (en el mundo real, la clase pudiente).
Y, aunque el caso escala hasta una audiencia ante el Congreso, sabemos que el poder político y el económico se cubren, se cuidan y mutuamente se dan masaje.
En este aspecto, “Coyote vs. Acme” es una cinta muy oportuna...
En realidad, no sé si una alegoría sobre la lucha del hombre común frente a los goliats corporativos (el hombre contra el sistema) alguna vez ha dejado de tener vigencia, pero en 2026, definitivamente no la ha perdido.
Y más oportuna es ahora que Meta/Facebook llegó recién a un acuerdo por 18 mil millones de dólares como indemnización, sólo para no ir a juicio por prácticas cuestionables.
Por no mencionar además que el mundo político y corporativo nos recuerda a cada momento que ellos están en la cúspide y que en la base estamos todos los minúsculos, ordinarios y prescindibles individuos que, aun así, de cuando en cuando, les logramos conectar un golpe certero para domesticarlos un poco en beneficio de todos los demás.
Finalmente, reflexiono: Si el Coyote ha venido padeciendo durante los últimos 75 años por la negligencia de ACME, no quiero pensar en la demanda que interpondrá dentro de unas pocas décadas: Coyote vs. Temu.