Crisis en el Estrecho 2. Subsidio circular
Dada nuestra perenne dependencia de los combustibles refinados, todo lo que entra por la venta de crudos, nos lo gastamos en el subsidio de las gasolinas encarecidas que debemos adquirir
Es probablemente la tercera semana de marzo la más significativa de todo el calendario cívico mexicano, pues además del natalicio del emérito Benemérito, se conmemora el aniversario de la guerra que no fue, la madre de todas las confrontaciones, la Batalla del Metro Insurgentes entre Emos y Punks de 2008, una escalada de hostilidades que pudo terminar en guerra civil y que fue oportuna, rápida y afortunadamente conjurada por un grupo de Hare Krishnas.
Y no conforme con eso, celebramos además el día de nuestra soberanía energética, la Expropiación Petrolera del Tata Cárdenas, quien, por extraño que nos parezca, hizo bien las cosas, es decir, que hubo un tiempo en que México se regía por el Derecho, la legalidad y el decoro, no por la demagogia y el populismo.
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Así que mi General le dijo a los extranjeros: “Gracias por su inversión, pero yo creo que hasta aquí llegamos... Vamos a nacionalizar lo que viene siendo el hidrocarburo para que sean los mexicanos quienes gocen del usufructo del patrio subsuelo... Así que ‘cónper’ y aquí tienen su debida indemnización por las molestias e inconvenientes que esta expropiación les pudiera ocasionar”.
El pueblo de México respaldó a su Tata no sólo con porras desde la barrera, sino activamente, donando alhajas, enseres, reliquias y hasta puercos y gallinas con tal de saldar aquel adeudo de la Patria para con los capitales extranjeros. Porque clamar soberanía no significa desentenderse de los acuerdos y los compromisos adquiridos, sino cumplirlos a cabalidad y asumir el costo.
Y así, como uno de los gigantes petroleros del continente –y ya con una boyante industria paraestatal de punta–, México vivió una época de bonanza que se extendió por cerca de 300 años, hasta que la humanidad se mudó a energías completamente verdes y sustentables...
FIN.
Pues no. Como sabemos, los de casa resultaron más pinxhes depredadores que los extranjeros e hicieron de Pemex no sólo el botín de cada gobernante en turno, sino la caja chica de donde se pagaba absolutamente todo, sin necesidad de buscar otras áreas de desarrollo en las que México se volviera competente (por eso tenemos más futbolistas mediocres que científicos bien pagados).
En el colmo de su ambición (y viendo que la paraestatal ya se quedaba tecnológicamente obsoleta), los gobiernos neoliberales comenzaron a buscar esquemas para abrirla nuevamente a la inversión extranjera.
Afortunadamente, la entonces oposición, el movimiento “de izquierda” (¡ja!) que a la postre habría de convertirse en nuestro presente régimen transformador, el partido hegemónico y oficial, en voz de sus líderes y voceros, dejó muy clara su posición respecto a la defensa de nuestra soberanía energética: No a la participación privada y menos extranjera; y de invertir en energías limpias o renovables, ¡ni hablar! Dependencia total de los hidrocarburos: ¡Ese es el futuro!
Y qué bueno que llegó López Obrador y la 4T para salvarnos de los peligrosísimos capitales privados y de la inversión extranjera, no fuera siendo que nos despojaran de la riqueza de nuestro subsuelo.
Se acabó entonces la corrupción, la falta de transparencia, ¡el huachicol! y otras fugas de activos, como las contrataciones fantasma o sin el debido concurso. Nada de eso sobrevivió al manto purificador del Santo Varón de Macuspana.
“¡Magínense!”, como solía exclamar y como hace ahora su proxy cuando patéticamente intenta mimetizarse con él: ¡Magínense! De haber permitido la entrada de todos esos ambiciosos capitalistas, seguramente México no habría podido parir ese milagro de bonanza y prosperidad que fueron los XV de Mafer. Celebración de vida de un abnegado padre para su hija debutante con un costo conservador estimado en 45 millones de pesos.
De haber permitido el saqueo y desmantelamiento de la paraestatal a manos de la codicia privada y extranjera, empresarios connacionales como Juan Carlos Guerrero Rojas, padre de Mafer e inexplicable proveedor de Pemex, jamás habrían tenido la oportunidad de amasar tan vastas, mexicanísimas y soberanas fortunas. Se imagina todos esos millones regados por el mundo... Al menos hoy se los está gastando un compatriota.
Y ni qué decir de don Bernardo Bosch, el padre de Fátima Bosch, sí, la Miss Universo (AKA Miss Huachicol), otro hijo próspero de nuestra soberanía energética y también empresario tabasqueño (¡qué rara coincidencia geográfica!), que pese a su falta de credenciales y de concurso fue bendecido con la confianza de la paraestatal para ser uno de sus proveedores consentidos.
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Ahora que el mundo enfrenta su crisis bélica y energética más grave del siglo y que el precio del barril de crudo se ha disparado... México debería incluso verse beneficiado, ¿no?
Pues sí, pero no... Dada nuestra perenne dependencia de los combustibles refinados, todo lo que entra por la venta de crudos, nos lo gastamos en el subsidio de las gasolinas encarecidas que debemos adquirir (pese a que tenemos la refinería más cara del mundo, Dos Bocas, tenemos que seguir importando gasolina. ¡Otro milagro de la Transformación!).
Para amortiguar el impacto para los consumidores, “la dactara Prasandanta” firmó (obligó a firmar, quiero decir) a los gasolineros un convenio para que mantengan sus precios al menos unos seis meses, en lo que pasa la guerra o se termina el Mundial o, de plano, se acaba el mundo, lo que ocurra primero.
De manera que, para enfrentar una crisis, la solución de este gobierno es extorsionar a los particulares para que sacrifiquen su margen de utilidades (ya sabemos que al que no firma lo queman en las mañaneras y lo ponen bajo la lupa en Profeco y el SAT). ¡Vale! Dirá usted: “Yo ni soy gasolinero... por mí que los tuerzan”.
Ok, sólo entendamos que no es una solución, sino la transferencia de un problema. ¡Pero espere! ¡Aún hay más! Para ayudar a los gasolineros a soportar este valiente sacrificio por la Patria, se les otorgarán estímulos y exenciones fiscales... Entonces, si el golpe definitivo no lo está absorbiendo realmente la utilidad de los gasolineros, sino los impuestos, es decir, nuestros servicios públicos, realmente el subsidio lo está pagando el ciudadano... otra vez.
Claro, se presenta oficialmente como una estrategia gubernamental y una política de protección al consumidor, en conjunto con el sacrificio del noble sector gasolinero.
Pero si por cada peso que nos ahorran en gasolina, nos van a quitar dos en salud, seguridad, educación o infraestructura, quizás deberíamos evitarnos todo ese innecesario rodeo fiscal-administrativo, todo este subsidio circular, y abrazar mejor simplemente el gasolinazo, recibirlo con decoro, gracia y dignidad como el costo mínimo a pagar por la crisis en el Estrecho de Ormuz –¡sí!–, pero también por nuestra propia incapacidad, ineficiencia y corrupción manejando esa paraestatal que el Tata Cárdenas tan encarecidamente nos legó como patrimonio nacional para asegurarnos un brillante futuro posrevolucionario.