Cuando el mar calla y el hombre mira hacia otro lado
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Por: Azul Flores
Leer Mundo del fin del mundo (1989), de Luis Sepúlveda, no fue una experiencia indiferente. Desde las primeras páginas, el libro me hizo sentir que el mar no era sólo un escenario lejano, sino una presencia viva, silenciosa y herida. A lo largo de la obra, el autor revela que una de las formas más peligrosas de violencia contra la naturaleza no es siempre el ataque directo, sino la indiferencia humana, esa actitud pasiva que permite que la destrucción continúe sin resistencia. Yo pienso que esta indiferencia atraviesa todo el texto como una sombra constante, recordándonos que el daño ambiental no ocurre de la noche a la mañana, sino lentamente, mientras aprendemos a no mirar.
Sepúlveda expone cómo la caza indiscriminada de ballenas fue durante años una práctica tolerada, protegida por discursos políticos y económicos que la justificaban. Al leer esto, no pude evitar pensar en cuántas injusticias se sostienen hoy de la misma manera: amparadas por leyes, palabras técnicas y silencios convenientes. El autor afirma que “el mar no tiene voz en los parlamentos” y esta frase me hizo reflexionar sobre cuántas decisiones humanas se toman sin considerar a quienes no pueden defenderse. Desde mi punto de vista, esa falta de voz es el origen de la indiferencia: lo que no reclama, lo que no grita en nuestro idioma, parece no existir. Todo está bien ante la omisión.
A medida que avanzaba en la lectura, sentí que el libro no sólo hablaba de ballenas, sino de una distancia emocional cada vez más grande entre el ser humano y la naturaleza. Sepúlveda muestra que el exterminio ocurrió más allá de nosotros y señala que “durante mucho tiempo, la matanza sucedió lejos de las miradas cómodas”. Esta idea me hizo pensar en lo fácil que resulta ignorar aquello que no vemos directamente. Creo que la displicencia se alimenta de la lejanía: cuando el daño ocurre lejos, también se aleja la culpa.
Uno de los aspectos que más me impactó fue la manera en que el autor describe a los cetáceos más grandes. No los presenta sólo como animales, sino como seres portadores de memoria: “las ballenas eran las dueñas de una memoria antigua que el hombre decidió ignorar”. Al leer esta frase, pensé en cuántas veces ignoramos aquello que nos recuerda nuestros errores. Desde mi perspectiva, olvidar es una forma de defensa, pero también una forma de violencia.
El libro también interpela directamente al lector. Sepúlveda no se limita a señalar culpables externos, sino que cuestiona la pasividad colectiva. En un momento contundente, afirma que “mirar hacia otro lado también es una forma de culpa”. Esta frase me hizo detenerme y pensar. Creo que todos, en algún punto, hemos preferido no saber, no informarnos o no actuar para no sentirnos responsables. El autor logra que el bienestar se vuelva incómodo, y eso, para mí, es uno de los mayores logros del libro.
Además, Mundo del fin del mundo transmite la idea de que el mar recuerda, incluso cuando el ser humano intenta olvidar. El océano aparece como un espacio herido, lleno de silencios que guardan las consecuencias de la explotación humana. Mientras leía, imaginaba ese mar callado, cargando historias que nadie quiere escuchar. Yo pienso que Sepúlveda utiliza ese silencio como una advertencia: el hecho de que la naturaleza no hable no significa que no sufra.
La indiferencia, según se percibe en la obra, también está profundamente ligada al concepto de progreso. El desarrollo económico, cuando se impone sin límites éticos, genera una desconexión con el entorno. El autor sugiere que mientras el ser humano siga viendo a la naturaleza como un recurso y no como un espacio compartido, la apatía seguirá creciendo. El libro me hizo pensar que quizás el verdadero cambio comienza cuando dejamos de sentirnos dueños del mundo y empezamos a reconocernos como parte de él.
En conclusión, Mundo del fin del mundo muestra que la indiferencia humana es una violencia silenciosa que permite la destrucción de la naturaleza sin necesidad de armas visibles. Más allá de la caza de ballenas, la obra plantea una reflexión ética y profunda sobre el papel del ser humano frente al daño ambiental. Personalmente, considero que este libro no solo se lee, sino que se escucha como un eco lejano del mar que insiste en no ser olvidado. Al terminarlo, queda la sensación de que el silencio también destruye y que dejar de ser indiferentes es, quizá, el primer acto verdadero de responsabilidad.
AZUL YULIANA FLORES LÓPEZ (Monclova, Coahuila / 2009). Jugadora de voleibol por ocho años, boxeadora aficionada y miembro del Taller literario “Ficciones desde el desierto”, cursa cuarto semestre en la carrera de Técnico en Servicios de Hospedaje del CBTa No. 22. Feroz lectora y narradora con múltiples intereses, en 2024 gana el tercer lugar del VIII Concurso para Relato de Terror. Hace su debut en Vanguardia con “Pecho electrocutante” y “La mala noche” (ambos en 2025); después le sigue “La forma en la que te quedaste” (2026). Es una entusiasta de los documentales sobre asesinos seriales, crímenes y películas de terror. Además, es gran fanática de Stephen King.