De Jano y del Gregoriano...
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Pues ya estamos en el 2026. El miércoles cerró el último día del 2025. Como es tradición, lo celebramos con reunión familiar, con cena especial, con música, risas, felicitaciones, muchos abrazos y muchos besos. En casa estuvimos de júbilo, nuestros tres hijos y su familia –cuatro de nuestros amados nietos, sólo faltó uno– estuvieron presentes, es un regalo de Dios, no me cabe la menor duda. El corazón le brinca a uno por dentro y las emociones más bellas transitan en la magia de la cercanía, no solo física, sino la del ánimo, la del espíritu. Para quienes profesamos la fe católica es una fecha muy especial.
Hoy deseo compartirle, estimado leyente, que no en todas las religiones el fin de año es el 31 de diciembre, ni el mes de enero el inicio del nuevo, no obstante es el calendario más consensuado. Me refiero al que conocemos como calendario gregoriano. Déjeme le cuento un poquito al respecto. Nació en Roma en los tiempos de Julio César, pero se perfeccionó hasta el año de 1582 durante el papado de Gregorio XIII. Los ajustes en tiempos no fue tarea simple, participaron muchos científicos para alcanzar la estabilidad cronológica. Es el más puntual de los calendarios, solo falla un día cada tres mil años, de acuerdo a la relación Tierra-Sol. Turquía lo adoptó en 1917, los ortodoxos griegos en 1923 y la ex URSS en 1940.
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Todos los pueblos de la tierra comparten afición por los ciclos de la luna y el sol, hay rituales religiosos o étnicos distintos. Las culturas reflejan esa diversidad. Por ejemplo, para los chinos el 2026 comenzará hasta mediados de febrero y lo dedican al Caballo de Fuego. Más cercano a nosotros, los asombrosos mayas, contabilizaban años en 365 días e incluso vaticinaron fines del mundo. Los hindúes se organizaron 2 mil años antes de nuestra era con la Luna como guía, por su parte, los judíos, señalaron el 3767 a.C. como el inicio del ciclo vital. Los budistas parten de la muerte de Buda acaecida en el siglo V a.C. Los musulmanes toman como referente la Hégira, el viaje realizado por Mahoma de la Meca a Medina, en el año 622. No obstante, como ya lo he subrayado en párrafos anteriores, es el calendario gregoriano el que pauta al mundo para efectos laborales, de negocios, sociales, de la vida cotidiana. De modo, pues, que nosotros ya cerramos el 2025 y el que corre ahora es el 2026.
Y cada inicio de año hacemos una lista de buenos propósitos, algunos nuevos y otros retomados porque no los cumplimos. Y cada edad matiza lo que deseamos. Cuando somos niños, quisiéramos que el tiempo transcurriera más de prisa para ser grandes, para poder hacer todo lo que no nos permite la disciplina de nuestros padres. Llegados a jóvenes, nos queremos comer el mundo, al fin libres de la tutela familiar, nuestro “mundo” se pinta de colores distintos a los que creíamos que eran, la realidad nos va abriendo los ojos. Y a darle o nos come el tiempo. Y luego nos vamos asentando y con suerte vamos hilando nuestra existencia con un buen empleo, casa propia, formamos nuestra familia... la vida va. Y llegamos a los 30, los 40... ¿Cómo?... pues así, viviendo, sintiendo, cambiando, no solo física, también emocionalmente. Cambian nuestros estándares, nuestras apreciaciones, nuestras aspiraciones, es NORMAL, los años están pasando ¿y? Llegar a viejo es todo un privilegio -hay quienes mueren jóvenes- y no es para hacer muecas y quedarse arrinconado, todo lo contrario. Lo aprendido, lo vivido, lo saboreado, lo bailado, lo viajado, lo sufrido, lo llorado... es nuestra historia. Aprender a sostenernos con el ánimo echado para adelante es asunto sustantivo, si le damos rienda suelta a la tristeza, al lamento por lo que ya se fue, nos arruinamos cada día.
En un mundo como el de hoy, en el que abunda el ruido externo, lo superficial, el ahora, la esclavitud del celular, el diálogo de sordos, la distancia impuesta por el méndigo –discúlpeme la palabrota- andar de prisa, es INDISPENSABLE hacer pausa. Recuperar el bienestar emocional debe ser prioridad. Estar bien no únicamente significa no estar triste ni ansioso, implica, como dicen los expertos en el tema, “reconocer, gestionar y transformar nuestras emociones desde un espacio de conciencia plena”. Darnos tiempo es elemental para no sofocarse, ni caer en depresión. Caminar, escuchar música, desechar negativismo, es IMPORTANTE. Recuperar la calma es amarse a uno mismo. Así de claro y de llano. Que sea propósito para este año, generoso leyente.
Y ahora me voy con Jano. Jano era un dios poderoso en el mundo romano. Ianus –en latín– era una deidad omnipresente, ya que profetizaba el éxito en las empresas que se emprendían, de ahí que el primer mes del nuevo año llevara su nombre. El impulsor fue también Julio César. Y siendo el latín la lengua predominante se impuso la denominación. Para los galos es janvier, gennaio para los italianos, janeiro para los portugueses, bueno hasta los ingleses con el january. Pues en castellano, nuestra lengua, bienvenido enero, con la tradición preciosa de los Reyes Magos, que nos envuelva la generosidad de Melchor, Gaspar y Baltasar, postrados ante el divino Niño, llevándole lo mejor que tenían, no de lo que les sobraba, sino de lo suyo, de lo propio, de lo que se da con amor y ternura.
Abramos nuestras puertas, que entre la luz de la esperanza, del no me rindo, de la confianza en nosotros mismos, del sí se puede con determinación y con fe. Tendamos puentes para acercarnos, con ingredientes tan valiosos como la comprensión y la tolerancia. Regalémonos el premio mayor, el de la paz interior, el de la conciliación con nosotros mismos, el de la armonía con la aceptación de que soy nada más y nada menos que un ser humano, con todos sus defectos y virtudes, y que venimos a ser felices.
¡Feliz día de Reyes, este 6 de enero!