El pacto machista que encubre a mandatarios del globo y ataca a mandatarias
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He escuchado sobre todo en la radio y en los canales de video, cómo disculpan al presidente de Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, por su comportamiento que incide directamente en todo el planeta; el calificativo que les merece es que es “muy duro”, o bien, adjetivos por el estilo, pero no cuestionan su violencia y su claro asalto a la democracia y los procesos ilegales que viven nuestros compatriotas.
Quiero citar el caso de un geopolítico versado como Alfredo Jalife, que no solo tiene amplios conocimientos en ese campo, él se ha caracterizado por disponer prestos descalificativos un poco subidos de tono para cualquier sujeto que se atraviese por su camino analítico. Pero llama la atención que no cuestione en absoluto los acontecimientos desatados por la forma de dirigir al país más poderoso de nuestro planeta. Con total riesgo me atrevo a decir que profesa cierto respeto hacia a Trump, del que recientemente se han develado más documentos en donde se la acusa de delitos gravísimos. Silencio ante esto por parte de Jalife él y por supuesto de la mayoría de los analistas. Se percibe que cada palabra registrada los expone por ejemplo, a perder sus visas para ingresar o pasar por Estados Unidos, ya que se activó una revisión a publicaciones en redes sociales y demás artilugios de conectividad.
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Cauto con este personaje, no lo fue con la presidenta de México, la doctora Claudia Sheinbaum. Por menos acciones la descalificó ardientemente; se refirió a ella como una persona encargada de traer los cafés en las reuniones políticas, desestimando -porque no creo que ignorara- su trayectoria de activismo antes de que ocupara un cargo político. No la quiere, pues. Y aquí el análisis simplemente no existe, se deja ver su desprecio.
Es común el uso de estereotipos relacionados con servir a los hombres el café o el empleo de términos como “presirvienta”, que bots reproducen en las redes. Escasamente he escuchado a quienes pongan alto a estos descalificativos, los cuales también le llegaron en su momento a su contendiente Xóchitl Gálvez, recordemos que le llamaban “Cochitl”, por decir lo menos. Esta es toda una narrativa sexista que busca limitar el acceso de mujeres al ejercicio del poder político, y que se inserta para además sugerir que se encuentran en esas posiciones porque estuvieron cerca de un hombre. ¿Entonces, los hombres que están cerca de otros hombres, para ascender también se enfrentaron a un escrutinio en sus hábitos y prácticas personales?
El asunto es que analistas políticos incluyen descalificativos que se suman a una narrativa global que relativiza todo el tiempo el avance de las mujeres en los cargos públicos. Acostumbrados tal vez, como están, de resolver los asuntos globales a punta de guerras y armamentos, a punta de explicaciones que exacerban un relato bélico, a punta de descalificativos clasistas, han interiorizado tanto esta forma de estar, que cualquier otra fuerza que ponga en riesgo un modo de operar que de serles tan familiar, les genera desprecio y una violencia lingüística y simbólica que no debe ser aceptada como la norma;
Tal es el caso de nuestra actual mandataria, quien creo que les genera desazón, porque este campo de análisis de las mujeres en el poder les es nuevo en el sentido de integrarlo. Prefieren referirse a su físico, que analizar sus propuestas políticas o el esfuerzo estratégico que se requiere para hacer malabares mientras se adivina de qué humor amaneció hoy el presidente de Estados Unidos.
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El vocablo presidenta proviene del latín praesidens, que deriva de praesidere conformado por prae (delante) y sedere (sentarse). Significa “la que está sentada al frente o preside”. La forma femenina de presidente está documentada desde el siglo XV y en el diccionario de la Real Academia Española desde 1803. Digo, para los machistas (hombres y mujeres) que se niegan a decirle presidenta, a la presidenta de México.