El Saltillo de ayer

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Opinión
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Considerar a Saltillo semidesértica es un equívoco o lo fue durante 200 años. Era un enorme bosque de no menos de 15 kilómetros

La villa de Santiago del Saltillo fue nombrada “Llave de tierra adentro” por la vocación que practicó desde su fundación: creció hacia el este, dando origen a Monterrey; hacia el norte, a Monclova; y hacia el oeste, a Patos y al valle de los Pirineos. Conservó su nombre hasta hoy, con un paréntesis: por acuerdo de cabildo se cambió a ciudad Leona Vicario, que duró poco. Alberto del Canto, portugués, dejó pasar varios años para fundar Ojos de Santa Lucía (en recuerdo de la parroquia en que fue bautizado en la Isla Terceira, en las Azores), luego Minas de la Trinidad y, un anexo de la alcaldía saltillense: el Valle de los Pirineos. Fueron los primeros asentamientos de lo que sería el Septentrión novohispano.

Saltillo fue absorbido por la Nueva Vizcaya; Monterrey, por el Nuevo Reino de León; y Monclova, fundada, abandonada y refundada, fue capital de la Provincia de la Nueva Extremadura de Coahuila 100 años después de Saltillo. De aquí salieron sus fundadores: el gobernador de la provincia Antonio Balcárcel Rivadeneyra y fray Juan Larios, creador del sistema de misiones de esa tardía provincia.

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Ni Saltillo ni Monterrey tienen acta de fundación. De Monclova existen documentos de dos creaciones. Se sabe que las tres primeras fundaciones, con sus nombres primitivos, fueron obra de Del Canto: el párroco de Monterrey entabló un pleito por los diezmos y aranceles contra Baldo Cortés, de lo que se concluye que éste participó en la fundación de los tres poblados, que por tanto pertenecían a su parroquia; Monterrey y Monclova eran sus vicarías. A los Pirineos pronto se atribuyó el apelativo Santa María de las Parras, nombre que retomaron los jesuitas a partir de 1594.

El Saltillo estuvo a punto de despoblarse, pero el capitán Francisco de Urdiñola ofreció tierras y aguas al altépetl Tizatlán, que se asentó en 1591 junto a la villa. La definición legal era “pueblo de indios”, que Felipe II denominaba “república”, otorgándole autonomía respecto de la villa española. Escogieron llamarse San Esteban Yancuic Tlaxcallan, en honor de su santo protector. Esa comunidad complementó el papel saltillense en la expansión del imperio: no hubo misión franciscana o jesuita que no se haya consolidado con tlaxcaltecas.

Considerar a Saltillo semidesértica es un equívoco o lo fue durante 200 años. Era un enorme bosque de no menos de 15 kilómetros. La cercana ciudad de Zacatecas propició la aniquilación del bosque porque requería carbón para sus rudimentarios inicios de explotación de plata. Los saltillenses comenzaron una tala inmoderada. Luego se introdujeron miles de ovinos y bovinos. Se desbrozó la arboleda para sembrar trigo, maíz, frijol, frutos y hortalizas. En 1777, un representante del rey registró más de 600 manantiales y, con visión profética, adivinó la desertificación de la villa y propuso plantar un bosque que asegurara madera para las viviendas o leña para el hogar. No le hicieron caso.

La pérdida de la flora fue rápida; un rebaño de 200 mil borregos de los marqueses de Aguayo destruyó pastizales y oasis. También se creó un enorme potrero al sur de la villa para producir, en áreas separadas, caballos alazanes, moros, blancos o tordillos; además de una pradera con yeguas y “burros oficiales” que las cargaran donde se criaban centenares de mulas para las minas.

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La Feria del Saltillo atraía compradores, vendedores y arrieros. En una se vendieron 300 barriles de vinos y licores de Parras, pulque de San Esteban y 100 toros, borregos y cerdos. Fue un elemento de crecimiento para las comunidades criolla y tlaxcalteca. Los bienes que poseían procedían de muchas partes: telas de Ruán, tapetes de Damasco, sábanas de Campeche, muebles de Michoacán, imágenes guatemaltecas e italianas, baúles chinos, loza de Puebla y alimentos como pescado y camarón secos, cacao, piloncillo y especias, así como enseres: clavos, martillos, plomadas, sierras y aperos de labranza.

La religión aportó lo suyo. Las cofradías congregaban a grupos diversos por medio de la fe. La del Santísimo Sacramento, la de la Virgen de los Dolores o la de San Benito el Africano (de negros y mulatos) creaban espacios sociales que aseguraban generosidad y empatía para momentos difíciles: enfermedad, muerte, viudez o accidentes. Ese fue El Saltillo.

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Columna: De habla y tiempo

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