La ‘inútil’ ONU
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La admisión de la crisis de desaparición forzada obligaría a Sheinbaum a tomar cartas en el asunto e incomodar a las estructuras del poder cómplices en todo esto, y eso es precisamente lo que no quiere
“La ONU no fue creada para llevar a la humanidad al Cielo, sino para salvarla del Infierno”.
La frase, atribuida al segundo Secretario General (1953-1961) de esta Asamblea, Dag Hammarskjöld (ni me pregunte cómo se pronuncia), no podía ser más cierta:
Contiene una dosis brutal de realismo, pues se desmarca de cualquier sueño utópico de convivencia idílica entre las naciones de un mundo muy complejo.
Sin embargo, desde su creación, cada día que transcurre sin que nos destruyamos es un pequeño gran triunfo de esta Organización o, al menos, del espíritu con que fue creada.
Sucede que apenas nos enteramos de alguna barbaridad cometida por alguna potencia (digamos EU, porque es de las que mejor llevamos registro), se le invoca como un organismo inútil, incapaz de frenar, sancionar o siquiera amonestar a un país transgresor.
La gente la quiere ver como un árbitro de futbol, silbando cualquier irregularidad en tiempo real, sacándole la tarjeta, derrocando dictadores, hermanando a los pueblos.
Y no es que la ONU sea inútil, es que esa percepción de su propósito, sus alcances y esa expectativa creada por las películas son totalmente pueriles.
Quizás vimos de niños alguna peli donde el héroe (Superman quizás) da un emotivo discurso ante el pleno y los representantes de todos los países aplauden y se dan un abrazo, iniciando una nueva etapa de cooperación, entendimiento y prosperidad.
Luego solíamos creer que cuando por fin nos visitara una inteligencia extraterrestre, lo correcto y protocolario sería presentarla ante el pleno para dirigirse a todas las naciones del mundo y nos dijera si viene en son de paz o con intenciones hostiles (aunque hoy sabemos que lo más práctico sería llevarlos con el influencer de turno y que nos explicara su plan en videos cortos para TikTok).
Pero si las relaciones humanas son complicadas, la diplomacia internacional es literalmente lograr que cada miembro con su propia cultura, idioma, creencias, agenda y carga ideológica cante la misma canción... ¡Difícilmente va a suceder!
La ONU ha logrado conjurar el fantasma del exterminio global en más de una ocasión, pero no se le da ningún crédito. Pasa un poco como con los bomberos: dado que nunca vemos un incendio importante, quizás no sean tan necesarios, ¿cierto? ¡Duh!
Pero no hablamos sólo de desacuerdos diplomáticos o conflictos bélicos; también interviene cuando hay una crisis sanitaria o humanitaria.
Pero claro, luego están ahí los genios que aseguran que la Organización Mundial de la Salud (OMS) “no hizo nada durante la pandemia”. Y esto incluye a varios gobernantes que prefirieron improvisar sus propios protocolos de contención y manejo de la crisis, lo que costó algunos cientos de miles de muertes adicionales en sus respectivos países.
Es muy de populistas invocar a la ONU cada vez que un conflicto se desarrolla con resultados adversos para la ideología que defendemos, pero es todavía más populista desoírla cuando nos hace señalamientos sobre la manera en que estamos conduciendo al país, precisamente para evitarle un daño o sufrimiento innecesarios a nuestra población.
Entonces la tildamos de sesgada, de mal informada, de responder a intereses viles, de no estar trabajando para lo que se supone que fue creada y de ser un completo fracaso porque: “¡A ver! ¿Dónde está esa paz mundial que nos iba a traer? ¡Ah, verdad! Mejor que se ponga a trabajar por la paz y no venga a meter sus narices en nuestra ‘soberana soberanía’”.
Pero no solemos tener idea y, si el mundo nos parece un lugar terrible, sería mucho peor sin las Naciones Unidas.
Y si hoy la situación a nivel mundial se ha agravado y radicalizado a niveles a los que jamás creímos que habríamos de regresar, es precisamente porque un montón de países (especialmente el más influyente de todos, le guste o no, Estados Unidos) le han dado la espalda a los principios y valores que esta organización promueve. De hecho, Mr. Trump hasta estimó conveniente dejar de pagar sus cuotas a la OMS e incluso andaba creando su propia ONU, pero con puros países y líderes de la Liga de la Maldad.
Lo cierto es que las Naciones Unidas son efectivas en razón de la buena voluntad de sus países miembros, así como de lo dispuestos que estén sus líderes a acatar sus compromisos y sus recomendaciones.
Para sorpresa de nadie, en estos tiempos en los que el populismo amenaza a toda la civilización y ya dio al traste con el orden mundial que se venía perfeccionando desde hace 80 años, nuestro gobierno se ha sumado a las naciones que la consideran un lastre diplomático.
México es un buen ejemplo de cómo es más sencillo desatender sus recomendaciones, mecanismos, advertencias y tacharla de desvinculada de la realidad, con tal de seguir ejerciendo un poder autocrático y omnímodo.
La ONU, sí, esa ONU que sólo los tiranos tachan de inservible y, sin embargo, sigue siendo el foro internacional más relevante y el esfuerzo más trascendente en la Historia humana por el concierto internacional, está a nada de llevar el problema de la desaparición forzada en México a la Asamblea General.
Y a nada está la situación de ser declarada una crisis humanitaria, lo que pondría todos los ojos del mundo en nuestro país y en la actuación del Estado mexicano frente a dicho problema, pero sobre todo como parte del mismo.
La doctora Sheinbaum desestima el diagnóstico y a sus autores, como si fueran improvisados, como si respondieran a intereses partidistas.
Y no es ni el bochorno, ni el desdoro o el desprestigio institucional lo que hace que nuestra Presidenta se intente curar en salud, desestimando de antemano cualquier diagnóstico.
No es por la mancha que representa para el orgullo nacionalista que tanto promueve, sino que la admisión del problema la obligaría a tomar cartas en el asunto e incomodar a las estructuras del poder cómplices en todo esto, y eso es precisamente lo que no quiere.
No olvidemos que la desaparición forzada se lleva a cabo, ya sea con la participación o complicidad del Estado, aunque basta con que la autoridad, a cualquier nivel, tenga conocimiento del fenómeno y decida no hacer nada.
Al tiempo que la doctora quiere soterrar este terrible dictamen entre los señalamientos que le hacen “los enemigos de la Transformación, los movimientos conservadores de ultraderecha, las fuerzas neoliberales...”, en México se siguen descubriendo fosas clandestinas, las morgues no se dan abasto y las cifras de desaparecidos siguen sin cuadrar.
La ONU, esa ONU que para muchos es tan efectiva como un discurso de Miss en concurso de belleza, realmente podría ayudarnos a asumir por fin algo de responsabilidad en nuestro pequeño holocausto doméstico.
Ni siquiera se le está responsabilizando a la Cuarta Transformación de ser la autora de esta crisis; solo se le está solicitando que reconozca un problema y acepte la ayuda. Pero parece que la Doctora no quiere. ¿Usted, por qué cree que sea?