La ‘Transformación’ de la era espacial
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El flujo del presupuesto está garantizado para esta compañía y toda la burocracia que participa de esta dinámica
Se le conoce como “el día que los contadores vencieron a los ingenieros” y se refiere a la fusión (absorción) de Boeing con la McDonnell Douglas Company en 1997.
Boeing dio un paso hacia la consolidación de un poco saludable monopolio aeronáutico, pero adquirió de su competidora no sólo sus acciones, sino sus valores eminentemente mercantiles.
A partir de ese punto de quiebre, Boeing experimentó un drástico cambio de filosofía, desplazando su prioridad número uno, que hasta entonces había sido la seguridad, reemplazándola por la rentabilidad: algo así como 30 mil ingenieros senior (esos que son los únicos que saben con cuál desarmador se aprieta cada tornillo de una aeronave) fueron animados a jubilarse tempranamente para ser sustituidos por “inges” jóvenes, inexpertos pero, sobre todo, baratos.
Se dice, no obstante, que el pecado capital fue mudar la sede de Boeing de Seattle (donde se encuentran sus talleres y centros de ensamblaje) a Chicago, para estar más cerca de los bancos y las decisiones ejecutivas. “Los ‘inges’ que se hagan garras, nosotros tenemos una compañía que dirigir... desde la junta de accionistas”.
Desde luego, no fue como que comenzaran a caer aviones del cielo de un día para otro. Fue un proceso silencioso, largo, pero sostenido, que eventualmente terminó en catástrofes.
En 2018 y 2019, dos aeronaves Boeing se estrellaron por errores de diseño, software inadecuado y “ahorros” en las inspecciones y en la fase de pruebas, cobrando la vida de 189 y 157 pasajeros y tripulantes.
Pero, como vivimos en un mundo en el que las muertes no nos conmocionan tanto como un simpático video viral, nos volvimos conscientes de la desgracia de Boeing hasta 2024, cuando vimos cómo una puerta salió despedida en pleno vuelo, dejando abierto el fuselaje a 16 mil pies de altura. Al menos nos quitó ya la curiosidad por saber qué pasaría si abrimos una de las ventanillas en pleno vuelo.
Finalmente, y para terminar de ensombrecer todo este asunto, dos exinspectores de calidad de Boeing, quienes fueron informantes y denunciaron muchas irregularidades, omisiones y fallas por negligencia, murieron de manera repentina y misteriosa.
¿Y todo esto qué tiene que ver con nada?, se estará preguntando el curioso lector, la intrigada lectora, el expectante lectore.
Pues nada, que Boeing ha sido durante décadas y desde los días de la Carrera Espacial, el principal proveedor fabricante de la NASA. Porque una vez que te has propuesto llegar a la Luna, necesitas de alguien que te fabrique tu nave espacial.
Desde luego, Boeing no era entonces la calamidad que es hoy en día: una empresa de ejecutivos junior buscando el mayor beneficio, haciendo recortes aquí y allá, como si estuvieran economizando en un programa de comedia de TV y no en artefactos voladores.
Pero en los sesenta, trabajaban bajo un esquema bastante holgado: “Cost-Plus”, esto es: “Yo, NASA, necesito que me fabriques mi cohete. Aquí tienes mis requerimientos y especificaciones... Cuando me lo entregues, yo te pago los gastos y, desde luego, un margen de ganancia”.
El presupuesto era prácticamente ilimitado porque poner a un gringo en la Luna era la prioridad nacional en el contexto de la Guerra Fría.
No era el esquema más transparente del mundo, quizás, pero existía la tranquilidad de estar trabajando con una empresa seria y los mejores ingenieros del mundo en su especialidad.
Pero luego del Proyecto Apolo, una vez que pasó el furor por la conquista de la Luna, también quedó relegada la urgencia de estar refrendando la supremacía tecnológica. Y como lo de “un salto gigante para la humanidad” suena bonito, pero no paga las cuentas, la visión, misión y objetivo de la NASA se fueron difuminando hasta la total ambigüedad.
Sin un beneficio claro, concreto, tangible a corto o mediano plazo, se volvió más difícil convencer a cada presidente de mantener la chequera abierta.
La mejor manera de justificar su propia existencia y todo lo que esto conlleva (una nómina completa, presupuesto para la investigación y contratos con proveedores) estuvo en el programa del Transbordador Espacial que, sin embargo, se dedicó a misiones de órbita baja, pero no con miras a la conquista del espacio profundo.
Tras el último vuelo del Transbordador Atlantis, en 2011, fue que hubo que improvisar un plan de regreso a la Luna, pero, ya le digo, en realidad sin objetivos muy claros a largo plazo.
Bueno... ¿Y Boeing?
La empresa aeronáutica ha jugado un papel crucial en el retraso del programa de la NASA. En 2019, un error calificado como “de novatos” obligó a cancelar una misión de acoplamiento con la Estación Espacial Internacional.
Y en 2024, por culpa de un fallo en los propulsores, una misión de ocho días se convirtió en una estancia obligada de tres meses para unos pobres astronautas que tuvieron que ser rescatados por una nave de SpaceX, sí, de Elon Musk.
Y la hoy muy celebrada misión Artemis II en realidad debió ser lanzada hace cuatro años, pero se retrasó gracias a las deficiencias del “Space Launch System”, también de Boeing que, pese a que ha tenido que pagar millones de dólares por estos retrasos y desperfectos, tiene garantizada su supervivencia, pues como proveedor mayoritario, el programa depende en gran medida de sus diseños y cadena de suministros.
El programa espacial se retrasa constantemente, tiene controles menos estrictos de seguridad, sus costos se disparan constantemente muy por encima de lo originalmente presupuestado... Y, sin embargo, el flujo del presupuesto está garantizado para esta compañía y toda la burocracia que participa de esta dinámica.
Y si un accidente llega a ocurrir, si el plan se vuelve a retrasar unos años, si cuesta dos, tres o cuatro veces lo contemplado y si al final se descubre que no reporta ningún beneficio porque el plan carece de objetivos y no responde a ninguna necesidad clara, aun así, habrá sido un gran negocio mantener toda esta maquinaria operando.
Creo que la Transformación llegó a la era espacial.