La revista estudiantil El Ateneo a más de un siglo de su aparición (2)
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Cuando no había subvención económica, el administrador debía moverse rápidamente para conseguir más anunciantes y obtener los fondos necesarios para la impresión de la revista
Al parecer, la etapa de mayor producción editorial del Ateneo Fuente puede ubicarse en la década de los años treinta, época de la que incluso se conservan más números de El Ateneo, en comparación con las primeras dos décadas de las casi tres de publicación de la revista, que constituyen un logro editorial. Años después, en los sesenta, surgen más de una decena de publicaciones de las que sólo dos o tres logran editar más de un número, y todas son periódicos dedicados exclusivamente a la actividad estudiantil.
Ningún esfuerzo editorial es comparable con el que significó la labor de la revista El Ateneo, prolongada por casi tres décadas con los necesarios interregnos impuestos por las vacaciones estudiantiles y la dependencia de la mesa directiva de una sociedad estudiantil que duraba en su cargo solamente un ciclo escolar o, en su caso, por la ausencia de los encargados de su edición por haber terminado sus estudios en el Ateneo.
El atraso en la elección de los directivos de la Sociedad Estudiantil “Juan Antonio de la Fuente” provocaba también el retraso en la publicación de la revista, pues siendo el órgano oficial de esa sociedad, su mesa directiva designaba al equipo editorial, compuesto por un director y un administrador o gerente y un cuerpo de redactores, integrado en ocasiones con tres estudiantes y otras con siete y hasta una docena.
Los espacios de tiempo entre las ediciones daban lugar a los números dobles, seguramente publicados así para darle continuidad editorial y, sobre todo, cumplimiento a los compromisos contraídos con los anunciantes de la revista, profesionistas, comercios, instituciones bancarias y otros, en quienes se apoyaba su sostenimiento.
El hecho de no conocerse una colección completa de El Ateneo hace imposible obtener una certeza sobre el número de revistas publicadas y la numeración que siguió su edición periódica. Basándose en la colección conocida, la numeración aplicada parece ser consecutiva, a excepción de los años en que se optó por llevarla en forma anual: 1935, del que se conoce julio y noviembre, numerados 3 y 7; de 1936 se conoce únicamente el Número 1, correspondiente a mayo.
La colección reunida brinca hasta 1939, con sus números 1 y 3, de agosto y octubre, respectivamente. Es importante señalar que la única revista conocida de 1940 corresponde al Número 117 y es del mes de septiembre. Lo anterior indica que probablemente en ese año se retomó la continuidad de la numeración abandonada unos años atrás.
Una numeración consecutiva en la mayoría de los años de publicación de El Ateneo constituye un signo de buen oficio editorial, transmitido entre los estudiantes de una generación a otra. La revista editada por la Sociedad de Alumnos “Juan Antonio de la Fuente” contó desde sus inicios con el respaldo oficial del colegio, incluso y ocasionalmente, por lo menos en los primeros números, con una pequeña subvención otorgada por el Gobierno del estado. La duración de un año en su encargo dificultaba la labor editorial del grupo, aunque algunos nombres repiten, debido a los cinco años de estudios de la preparatoria y, sobre todo, si habían sido electos por la asamblea estudiantil y descollaban en su oficio.
El cuerpo editorial asumía en su totalidad la publicación de la revista y la responsabilidad de lo que se publicara en sus páginas, al mismo tiempo que debía cuidar el prestigio del colegio y el manejo de los recursos económicos obtenidos de la venta de los anuncios comerciales, de los cuales provenía su sustento. Cuando no había subvención económica, el administrador debía moverse rápidamente para conseguir más anunciantes y obtener los fondos necesarios para la impresión de la revista, la cual siempre contó con el apoyo de los profesionistas y del comercio en general en sus espacios publicitarios.
Desde los primeros números de El Ateneo resalta el cuidado tipográfico y el oficio editorial, en el que se fogueaban los estudiantes que deseaban ser escritores y poetas. En cuanto al formato, la revista conservó siempre el mismo, limpio y casi siempre adornado con viñetas y elementos tipográficos, repetidos a veces en números posteriores. Su caja de impresión, nunca abigarrada, daba aire y respiro a sus páginas. La revista conservó hasta el final su formato, a excepción de unos pocos números en que varió ligeramente sus medidas originales.