Las antiguas fábricas saltillenses de hilados y tejidos
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En sus orígenes, la industria saltillense se asentó principalmente al oriente de la ciudad. Ese sector ofrecía condiciones particularmente propicias para las empresas que requerían la potencia hidráulica para hacer funcionar sus equipos de procesamiento
La industria establecida en la región a finales del siglo 19 y a principios del 20 cambió el concepto de una población eminentemente agrícola por uno donde las principales fuentes de riqueza provenían de sus fábricas y empresas industriales. Desde entonces, algunas industrias saltillenses de modesto origen fueron creciendo hasta formar importantes consorcios a nivel global.
A fines del siglo 19, el desarrollo industrial de Saltillo tuvo un fuerte impulso con la instalación de molinos de trigo y fábricas de hilados y tejidos. Las empresas establecidas en esa época florecieron bajo la dirección de sus fundadores durante tres décadas y declinaron drásticamente durante los enfrentamientos armados de la Revolución, concretamente los iniciados en 1913, cuando se vieron obligadas a suspender por completo sus actividades. Algunas pocas resurgieron al terminarse el conflicto revolucionario, mientras que la mayoría no pudo hacerlo, a causa, quizás, de la falta de recursos para echarlas a andar nuevamente.
En el sector industrial, reabrir una fábrica que ha dejado de funcionar durante algunos años implica una completa actualización; principalmente requiere de la modernización de su maquinaria y equipo, que para entonces ya serán obsoletos. Sin esa renovación, su producción no podrá competir con la de otras fábricas instaladas en la misma ciudad o en otras cercanas.
En sus orígenes, la industria saltillense se asentó principalmente al oriente de la ciudad. Ese sector ofrecía condiciones particularmente propicias para las empresas que requerían la potencia hidráulica para hacer funcionar sus equipos de procesamiento. De modo que los establecimientos que surgieron a fines de siglo en aquellos rumbos fueron los molinos de trigo y las fábricas de hilados y tejidos, que se ubicaron en esa zona debido a la abundancia de veneros de agua y al acusado declive de los terrenos. Este último permitía una fuerte caída del líquido a través de acueductos, capaz de generar la fuerza motriz necesaria para mover la maquinaria.
En el ramo de hilados y tejidos, desde aproximadamente 1855 ya existía una primera fábrica llamada El Labrador, ubicada en la calle Urdiñola al sur, en donde ésta se unía al antiguo camino a la colonia de Lourdes y era propiedad de los señores Antonio y Rafael Arizpe, quienes habían encargado su construcción a un inmigrante irlandés de apellido Prince. Todavía existen restos del acueducto que conducía el agua hasta la planta. El líquido brotaba de un manantial un poco más al sur, hoy extinguido, y se le conocía como “agua arizpeña”.
El Labrador fue la fábrica precursora de las textiles en la región. Muchos años después se establecieron, también en los rumbos del oriente, pero más al norte, otras empresas de hilados y tejidos que dieron nombre a los poblados surgidos a su alrededor. Tal es el caso de La Aurora, La Libertad y La Hibernia. Hasta hace algunos años, toda esa zona donde se instalaron las industrias textiles y sus poblados, que distaban aproximadamente un kilómetro uno de otro, era conocida como “las fábricas”. Este grupo de manufacturas aprovechó el agua del mismo manantial, conocida como “agua navarreña” por haber pertenecido a Juan Navarro, uno de los primeros pobladores de Saltillo, que en su tiempo estableció un molino de trigo del que se dice que es probable que sea el primero en toda la Nueva España. Para aprovechar ese caudal de agua y evitar la pérdida del mismo, fue construido el acueducto que aún puede verse casi completo en el lugar.
De las tres fábricas, La Aurora, perteneciente originalmente a don Francisco Arizpe, fue la de mayor capacidad y la que trabajó por más tiempo, pues suspendió sus labores en los años sesenta del pasado siglo. Al cerrarla, su dueño entregó a los trabajadores las casas que le pertenecían como parte de su indemnización. El poblado se fue extendiendo. Debido a su buen clima y abundancia de agua, se sembraron muchas huertas de árboles frutales, y en las orillas y las zonas más arboladas se levantaron residencias con grandes jardines, al mismo tiempo que Saltillo crecía para el oriente con la construcción de algunos fraccionamientos, por lo que, para los primeros años del siglo 21, las dos poblaciones de Saltillo y La Aurora ya estaban prácticamente unidas.