Máquina de escribir

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Opinión
/ 31 enero 2026

Mi primer encuentro fue mas bien una sorpresa muy impresionante, de la mano de mi abuelo allá a finales de los 60, cuando me condujo al mercado Juárez por entre una rampa en cuyo descanso encontré a una señora en un escritorio pequeño sentada al frente de un armatoste y al lado una persona dictándole un oficio, el aparato que después supe era de la marca Olivetti Lettera 32 tenia de un extraño color verde.

Maravillado observe como la máquina hería con tinta el blanco papel a través de los linotipos enmarcado en un sonido tac tac interminable solamente cuando se activaba el espaciador para cambiar de renglón, que era ajustable mecánicamente a través de una palanca. El sacrificio del papel valía la pena para el lector destinatario, después pensaría.

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Tiempo después mi padre me llevaba los sábados a su trabajo en Moto Islo, ya que se laboraba medio día y sabía que al terminar la jornada me llevaría a comprar carnitas al Mario’s para la casa y completar el festín.

Ahí entre los escritorios prefería el de Chuy “La Bota”, ya que me dejaba escribir a máquina y me enseñó algunos trucos para memorizar la posición de las letras, pero al tiempo me retiraba ya que la ocuparía para elaborar un acta de investigación, oficio en el que era experto bajo la supervisión exigente del señor Gómez, mi padre.

Luzma, mi hermana, acudía al taller de mecanografía de la profesora Panchita o de Paulino Solano en la Viesca, por lo que mamá determinó que para que pudiera practicar en casa compraría una máquina portátil, siendo esta la Brother modelo Charger 11 con estuche color hueso, misma que le compró a Gonzalo, el señor que traía artículos americanos allá por la Bellavista.

La pequeña máquina fue compañera de Luzma en sus tareas de taller por las tardes llegando incluso a dibujar figuras o siluetas de varios personajes, en un ejercicio de perfección exigida por sus profesores.

Tiempo después me la fui apropiando para escribir resúmenes de las fichas de las materias de Leyes durante los cinco años completos de la carrera, cada ocasión entre los meses de marzo a junio, por la temporada de exámenes orales en esas fechas.

Luego la máquina descansó un tiempo hasta que en 1987 me acompañó en la redacción de mis primeros artículos para Zócalo de Piedras Negras y me siguió hasta que se la robaron unos malandrines en la casa de Tulipanes en Saltillo por allá de 1996, triste destino me imagino que debe haber terminado por algún mercado de pulgas de la Guayu, ya que las casas de empeño no habían aparecido aun, de cualquier manera, la búsqueda fue infructuosa.

Con motivo de mi incursión en los recursos humanos en diversas compañías, oficio que me ha durado 40 años, en ocasiones se hacía necesario el levantamiento de actas de investigación laboral y en mi primer trabajo en Rassini Piedras Negras, tuve la fortuna de contar con un asistente de lujo en la persona de Mundo Pérez Guzmán, mejor conocido como “Perguz” o “La Cachita”, quien en sus años mozos había sido reportero deportivo del Zócalo y en 1987 ya con las canas y las carnes encima seguía con energía a sus 64 años laborando aun en la oficina.

El relato viene a colación ya que la máquina en la que escribía Mundito era una Remington Quiet Ritter americana, por lo que al terminar el acta que iba en original y tres copias, se daba a la tarea de escribir con pluma las eñes y los acentos, por carecer la máquina de esos dos tipos, acción que provocaba la risa del representante sindical y hasta del trabajador investigado.

Luego llegaron los tiempos de las computadoras que fueron eliminando el uso de las máquinas y también del oficio de escribano o como decía mi madre de los evangelistas que en plazas y mercados por unos pesos brindaban apoyo en la elaboración de cartas, recibos, oficios y hasta contratos.

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Pero en mi mente sigue escuchándose ese tic tac interminable cada vez que redacto un artículo, ese sonido de la máquina Brother sencilla, pero poderosa.

Tanto que hice del oficio del periodismo mi segunda ocupación y forma de vida, pero hoy toca el recuerdo a esa antigua máquina de escribir, de las manos de Chita, mi madre; de Luzma, mi hermana, y de quienes hicieron de la escritura su devoción, misma que reconozco y admiro y evocar con el poema de Paco Umbral: “Pequeña metralleta entre mis manos/máquina de matar con adjetivos, /máquina de escribir, arma del tiempo. En todas las mañanas de mi vida, /el tableteo audaz de mi Olivetti, /ese ferrocarril de ortografía/en que viajo muy lejos de mí mismo/o retorno a los campos de la prosa/para reñir batallas en mi lengua/con todos los que mienten, los que gritan, /con los que escriben en feroz tanqueta/para no decir nada y meter miedo”.

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Orestes Gómez es saltillense, estudió en la Facultad de Jurisprudencia de la UA de C y la Normal Superior de Coahuila las licenciaturas en Derecho y Educación Media. Ha impartido cátedra en la Facultad de Jurisprudencia de la UAC, Preparatoria Mariano Narváez de la UA de C, UANE planteles: Saltillo, Torreón, Piedras Negras y Matamoros y en la Universidad Autónoma de Piedras Negras. Ha impartido conferencias en la UANE Saltillo, CTM Coahuila, Asociación de Maquiladoras de Nuevo León y Facultad de Economía de la UA de C. Ganador del premio estatal de Periodismo de Coahuila en 5 ocasiones: 1996, 1999,2000 y 2006 en editorial en prensa y la presea Antonio Estrada Salazar por 25 años de trayectoria. Ha escrito tres libros: uno de poesías titulado “Memorias del Tigre Espejo”, “Cuentos Conurbados” y uno relacionado con los Recursos Humanos “A Little bit about Mexican Law and Human Resources”. Es un tigre espejo que merodea por entre los muros de la desigualdad, la represión y el oprobio escupiendo verdades através de su incómoda pluma.

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