Mexicanos de puente
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Todas las mañanas, en el puente internacional entre Piedras Negras y Eagle Pass, se forma una fila que pocos legisladores han visto de cerca. Enfermeras que cruzan para cubrir su turno, estudiantes con la mochila al hombro, abuelas que van a cuidar a los nietos al otro lado, trabajadores que regresan de noche con el cansancio en la espalda y la despensa en la cajuela. Muchos llevan dos pasaportes en la guantera. Ninguno se siente menos mexicano por eso.
Esta semana, la presidenta Claudia Sheinbaum defendió la iniciativa para que quien aspire a la Presidencia, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno no tenga otra nacionalidad. Su argumento cabe en una frase: no se pueden tener dos banderas. La frase es eficaz. También es equivocada, porque confunde un documento con una identidad.
Ser mexicano, visto desde aquí, tiene poco que ver con un trámite. Tiene que ver con tres cosas que se aprenden en casa mucho antes que en la escuela.
La primera es la identidad. La lengua en la que rezamos y en la que regañamos a los hijos, la comida del domingo, la forma de despedir a nuestros muertos. Nadie pierde eso al jurar otra bandera. Al contrario: del otro lado se cuida con más celo, porque se sabe frágil. Hay familias en Texas que llevan tres generaciones fuera y celebran el 16 de septiembre con más ganas que muchas plazas de México.
La segunda es la cultura del trabajo. Al mexicano se le reconoce por su manera de trabajar: sin reloj, sin queja, con la convicción de que el esfuerzo es una forma de dignidad. Esa ética cruzó el río con quienes se fueron y regresó convertida en remesas que sostienen pueblos enteros, en negocios que se abren de este lado con lo aprendido del otro, en hijos que estudiaron allá y quieren volver.
La tercera, la más importante, es cómo nos comportamos con el otro. La mesa donde siempre cabe uno más. El vecino que llega con un plato de comida cuando alguien enferma. La costumbre de cuidar a nuestros mayores en casa y no dejarlos solos. Eso distingue a una familia mexicana en Saltillo o en San Antonio, y no viene impreso en ningún documento oficial.
Aquí está la contradicción. El Estado mexicano lleva años celebrando a sus paisanos. Les llama héroes, les pide que voten desde el extranjero, presume cada récord de remesas. Desde 1998, la Constitución garantiza que un mexicano por nacimiento no pierde su nacionalidad aunque adquiera otra. Esa reforma se hizo precisamente para que millones de connacionales pudieran defenderse mejor en Estados Unidos sin renunciar a lo que son. Ahora el mensaje cambia: tus remesas sí, tu voto sí, tus hijos en la boleta no.
Entiendo la preocupación de fondo. Nadie quiere a un gobernante que responda a intereses extranjeros. Pero si ese es el miedo, el pasaporte es el indicador equivocado. Los conflictos de interés se combaten con transparencia, declaraciones patrimoniales y rendición de cuentas, no con un certificado de pureza. Muchos de quienes más daño le han hecho a este país lo hicieron con un solo pasaporte en la bolsa y la lealtad puesta en su propia cuenta bancaria.
Me preocupa además el precedente. Cuando la política empieza a medir quién es suficientemente mexicano, abre una puerta difícil de cerrar. Hoy es la nacionalidad. Mañana puede ser dónde estudiaste, con quién te casaste o de qué lado del río vive tu familia.
Y hay un costo práctico que en el norte vemos todos los días. Los jóvenes que estudiaron en Texas, que conocen cómo funciona un hospital, una empresa o un gobierno local allá, son justamente los que podrían traer esa experiencia a casa. La reforma les dice que primero tienen que elegir. Algunos lo harán. Otros simplemente se quedarán del otro lado, y México habrá perdido a quienes mejor entienden a su principal socio.
La lealtad a México no se demuestra renunciando a nada. Se demuestra todos los días, en la forma en que trabajamos y en cómo tratamos a los demás. Los mexicanos de puente lo sabemos desde hace décadas. Ojalá los diputados se dieran una vuelta por aquí antes de votar.