Casi cero: destapa PISA rezago cognitivo en México
El 8 de septiembre la OCDE publicó PISA 2025, aplicada en 91 países a estudiantes de quince años. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, contra promedios de la OCDE de 463, 461 y 482. Quedamos en el lugar 64.
Los puntajes, sin embargo, no son lo que me quita el sueño. Hay un dato más abajo en el informe que llevo días sin poder soltar.
En lectura, prácticamente ningún estudiante mexicano alcanza el Nivel 5 o superior. En los países de la OCDE, seis de cada cien llegan ahí. Nosotros: casi cero.
Vale la pena detenerse en qué es el Nivel 5, porque lo define la propia OCDE y no es lo que uno imaginaría. Un estudiante en ese nivel es capaz de comprender textos extensos, manejar conceptos abstractos o contraintuitivos y —esta es la parte que importa— distinguir entre hechos y opiniones a partir de indicios implícitos sobre el contenido o sobre la fuente de información.
Léalo otra vez.
Eso no es una destreza escolar. Es la descripción técnica de lo que usted y yo necesitamos, todos los días, para sobrevivir intelectualmente a nuestro propio teléfono.
NO SON HABILIDADES BLANDAS
Hemos decidido llamarlas así. Habilidades blandas: leer con criterio, argumentar, escuchar, cooperar, sostener un desacuerdo sin convertir al otro en enemigo. El nombre las condena. Lo blando es lo que cede, lo que se recorta primero cuando hay que apretar el presupuesto, lo que se deja para el viernes por la tarde si sobra tiempo después de lo serio.
Y son exactamente lo contrario. Son lo estructural.
Conviene decir algo incómodo: el argumento fácil sería que estas capacidades importan más que las matemáticas, y es falso. Los mismos datos lo desmienten. 41.8 por ciento de los estudiantes mexicanos quedó por debajo del umbral mínimo en las tres áreas al mismo tiempo. El promedio de la OCDE es 19.7 por ciento. No estamos ante jóvenes que piensan con finura pero fallan en álgebra. Es el mismo hueco. En matemáticas, apenas 30 de cada cien alcanzan el piso de competencia, frente a 65 en la OCDE.
El pensamiento crítico no compite con las ciencias exactas. Es la capa que vuelve útil todo lo demás. Sin ella, el conocimiento es inventario muerto.
LA SEMANA EN QUE PIDIERON TIEMPO
Hubo otra noticia estos días. El 12 de septiembre, Dario Amodei, director de Anthropic, publicó un ensayo pidiendo a la industria de la inteligencia artificial frenar deliberadamente el ritmo al que mejora sus modelos. Sam Altman y Elon Musk, que rara vez coinciden en algo, lo respaldaron en horas. Días antes, un investigador de veintisiete años había renunciado a esa misma empresa advirtiendo que quienes construyen esta tecnología creen sinceramente que podría matarnos a todos antes del fin de la década.
Se puede discutir cuánto de esto es honestidad y cuánto estrategia. Lo que no admite discusión es una frase del ensayo: hay que usar sabiamente el tiempo que ganemos.
Ellos están negociando plazos para alinear máquinas. Nosotros llegamos a esa ventana con la mitad de nuestros adolescentes incapaces de identificar la idea principal de un texto de extensión moderada.
Y no es nuevo. Frente a 2015, la proporción de estudiantes mexicanos por debajo del nivel mínimo de lectura aumentó ocho puntos porcentuales. Esto no lo hizo la pandemia. Lo hicimos nosotros, durante una década, decidiendo cada año que había cosas más urgentes.
Alguien dirá que la comparación es tramposa, porque la prueba cubre hoy a más muchachos: de 64 por ciento de los jóvenes de quince años en 2022 a cerca de 69 por ciento en 2025. Es cierto. También es irrelevante. Escalar un sistema que no enseña a leer no es progreso.
LA TECNOLOGÍA YA ESTÁ EN EL AULA
PISA 2025 midió también el uso de dispositivos digitales. Los estudiantes mexicanos dedican 1.5 horas diarias a dispositivos escolares para aprender, contra 1.7 en la OCDE. Pero 1.2 horas al ocio dentro de la escuela, contra 1.1 de la OCDE.
Ahí está el país entero en dos cifras. Ya tenemos la tecnología. La usamos menos para pensar y más para distraernos que los países con los que nos comparamos.
La tecnología no es un atajo hacia la capacidad cognitiva. Es un amplificador. Donde hay criterio, lo multiplica. Donde no lo hay, multiplica el ruido.
CAPITAL COGNITIVO
Llevo años convencida de que la ciudadanía se aprende. No basta con tener derechos ni con ir a votar. Una sociedad necesita formar personas capaces de informarse, pensar, argumentar, participar, respetar reglas comunes y procesar el desacuerdo.
Pero esas capacidades no aparecen en el vacío. Se montan sobre una base que hay que construir a propósito, con método y con dinero. A esa base habría que empezar a llamarla por su nombre: capital cognitivo. Y habría que tratarla como lo que es, infraestructura crítica, tan estratégica como una carretera o una red eléctrica, con la diferencia de que su colapso no se ve desde el coche.
La polarización que nos tiene atorados no es una falla de carácter colectivo. Es lo que ocurre cuando falta la capacidad para hacer otra cosa. Quien no puede distinguir un hecho de una opinión no puede discutir: solo puede pertenecer. Y cuando la política se vuelve pertenencia, el que piensa distinto deja de ser adversario y pasa a ser enemigo.
Las niñas y los niños que hoy están en tercero de secundaria van a vivir en un mundo que nosotros no alcanzamos ni a imaginar. No podemos darles un mapa, porque no lo tenemos. Lo único que podemos darles es la capacidad de leerlo.
Ese es el trabajo. Y vamos tarde.
Más Ciudadanitos, por favor.