Nunca imaginamos que sucedería
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Estamos siendo testigos de cosas que no hubiésemos esperado, en especial los que ya contamos con una edad provecta. Ello nos mueve a recordarlas. Por evidente, se calla que los hechos tuvieron lugar a lo largo del tiempo y muchos no tienen relación entre sí, pero influyeron en otros. “Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno” (Terencio, 165 antes de Cristo).
Recuerdo cómo leíamos las noticias durante la guerra de Vietnam, que eran tristísimas porque la gran potencia mundial quemaba vivos a los pueblos campesinos con napalm. Varios fotógrafos americanos publicaron imágenes terroríficas. Henry Kissinger lanzó millones de bombas al norte, destruyendo todo. Mas no contaban con que los pequeños vietnamitas amaban su patria y no se rendirían. El general Vo Nguyen Giap había derrotado al ejército francés y luego vencería al americano. Por suerte, me tocó ver el armisticio en la Plaza de la Concordia. Éramos no menos de 100 mil. Tras varias horas, se abrió la ventana del edificio oficial y un vietnamita ondeó su bandera. Se elevó un grito imponente y la multitud cantó “La Internacional” en muchos idiomas (se dijo que desde turco hasta swahili y latín; yo nada más sabía el primer verso).
Ahora que se recuerda la muerte de Colosio, aparecen dudas que siempre tuvimos. Carlos Salinas dijo que lo asesinó la Nomenklatura del PRI. Buena opinión. Otros lo acusan a él. Nadie sabe por qué Manlio Fabio Beltrones, gobernador de Sonora, viajó en el vuelo en que trasladaron a Mario Aburto. ¿Quién era para estar ahí? Aburto llegó a México ya un poco loco: lo inyectaron. Todos pudimos ver cómo Jacobo Zabludovsky manipulaba al público: le decía a Talina Fernández: “A ver si puedes entrar y entrevistar al licenciado Colosio”, ¡qué siniestro! ¿Por qué Lomas Taurinas? Prepararon bien la trampa.
Otro asombroso acontecimiento fue la destrucción de las Torres Gemelas por gente de Osama Bin Laden, que había sido socio de los Bush. Vimos mil veces el pavoroso ataque. Tiempo después, el presidente de Estados Unidos ingresó a un templo cristiano pidiendo a Dios inspiración, y saliendo anunció que Irak tenía armas de destrucción masiva y lanzó la guerra en la que murieron 642 mil iraquíes, en su mayor parte civiles, que no tenían siquiera una pistola. Asesinatos tan patéticos como los que vemos ahorita en Irán.
Lo que jamás se nos ocurrió a quienes habíamos visto películas y leído sobre el nazismo y la Shoá, ahora lo hacían con su vecino, Gaza, quienes fueron en aquel tiempo víctimas. Israel destruyó con extrema maldad y publicando en tiempo real su salvajismo: escuelas y hospitales fueron sus blancos preferidos; destrozaron todo el país con odio irracional. Pudimos observar pequeños grupos de askenazis desfilando en Jerusalén con pancartas: “Esta tierra es de los palestinos, pero podemos compartirla”. Varios intelectuales israelitas condenaron a su propio país. En resumen: Israel es nazi.
En estos días observamos también algo que no previmos: la práctica desaparición del PRI tras casi 100 años de dominio. Todavía ignoramos lo que sucederá, pero fuimos testigos de que los priistas hicieron pedazos su partido. Lo abandonaron varias mujeres que tuvieron un papel de enorme importancia.
La santa madre Iglesia, que perduró 2 mil años, presencia su declive. Y no quiero simplificar la historia, pero nos tocó por mala suerte ver algo que no pasaba desde que Martín Lutero llevó a cabo su reforma, que partió el cristianismo en dos. Un hombre perverso, el padre Marcial Maciel, dañó tanto a la Iglesia como no se había visto. Por suerte, Benedicto XVI lo condenó (débilmente, hay que decirlo) y luego Francisco inició la creación de una nueva Iglesia; quizás ya no se vaya a recuperar lo perdido.
Ahora prestamos atención al giro de países latinos hacia la derecha. Los chilenos reeligieron a Pinochet, los argentinos a un payaso, los salvadoreños a un torturador. Quedan tres: Brasil, Colombia y México, un tanto independientes del imperio neonazi de Donald Trump.
China, después de las masacres de Mao Zedong de millones de chinos, y la India, en la que sucumbían de hambre miles cada día, ahora exhiben su poderío. No se justifican sus métodos, pero ahí están.