¿Qué tenemos en común con Noruega para implementar mejor la distribución de recursos para la cultura?
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El modelo noruego busca que todos los ciudadanos, independientemente de su ubicación geográfica, accedan a la cultura. Mientras esta visión se cimenta en la socialdemocracia, en México vivimos el presidencialismo, el corporativismo y el modelo de libre mercado
Empezaré con el elemento común más controversial por las cuestiones ambientales: el petróleo. Los noruegos lo obtienen del mar del Norte y nosotros del Golfo de México y las cuencas del Sureste y de Burgos en nuestra vasta geografía. La diferencia es que ellos no destinan parte de sus reservas –como en nuestro país– para cubrir algún déficit presupuestario, como el rescate de Pemex, empresa que se hundió deliberadamente por saqueos de gobiernos pasados, entregando la clase política nuestra débil soberanía mexicana a petroleras y refinerías extranjeras.
Obviamente, Noruega es un país pequeño, pero tiene un fondo de 8.1 billones de euros para la cultura. Escribo esto porque si doy un ejemplo de una nación “blanca”, sin “morenitos o prietos subdesarrollados”, no provocará el habitual escándalo de la derecha conservadora de asociársele con el comunismo (es raro, pero así ocurre).
Bueno, en Noruega todas las empresas son públicas, la salud y la educación son gratuitas y sí, los ciudadanos noruegos son copropietarios de la riqueza petrolera en forma mayoritaria; si bien no poseen acciones físicas ni reciben pagos en efectivo, están enterados de lo que ocurre y tienen injerencia en las decisiones. Este fondo es uno de los más grandes a escala global y es algo así como una cuenta de ahorros intergeneracional.
Cada noruego tiene poco más de 350 mil dólares del total estimado. El dinero no se puede retirar y el gobierno utiliza únicamente los rendimientos de sus inversiones para financiar presupuestos estatales y garantizar el estado de bienestar del país. Además, el Estado mantiene una participación mayoritaria (67 por ciento) en el negocio petrolero a través de la empresa estatal Equinor, cuyas acciones cotizan en la bolsa representando a cada ciudadano. ¿Y adivinen qué? Los noruegos aplican el 78 por ciento de impuestos a las ganancias obtenidas por las empresas petroleras privadas.
Dicho esto, el modelo noruego busca que todos los ciudadanos, independientemente de su ubicación geográfica, accedan a la cultura y protege celosamente tanto las artes como el patrimonio. Mientras esta visión se cimenta en la socialdemocracia, en México vivimos el presidencialismo, el corporativismo y el modelo de libre mercado. Pero tenemos otro elemento que un poco nos podría hacer semejantes, si lo aplicáramos correctamente: en Noruega existe una alta concertación y colaboración entre autoridades, empleadores, sindicatos (sí, sindicatos) y sociedad civil.
Sin embargo, en México, en general, se crean consejos de cultura que no operan, no son escuchados y sirven sólo para atestiguar la aplicación de políticas unilaterales. Por otra parte, el asunto de los sindicatos tiene una larga lista de interacciones que generan repulsión y descrédito, por mencionar sólo dos factores.
Los recursos para la cultura en México podrían incrementarse, pues actualmente el presupuesto 2026 es de 13 mil 097 millones de pesos y esto representa una disminución del 17.1 por ciento respecto de 2025; es decir, a este rubro apenas se le destina el 0.56 por ciento del gasto total de la nación. Y si bien hay etiquetas para la dispersión de estos famélicos recursos, no es posible decir lo mismo de las políticas culturales estatales, que operan bajo la discrecionalidad.
No se entiende esta reducción presupuestal si México ocupa el quinto lugar a nivel mundial por su riqueza cultural.
La palabra cultura deriva de los vocablos latinos colo, colere y cultum, y significa “cultivar” o “cultivo”. De esta raíz deriva, por ejemplo, agricultura: “cultivo del campo”.