Saltillo hace 140 años. Ni siquiera lo imaginamos. ¿Sería otra ciudad?

Opinión
/ 3 septiembre 2023

En los años de 1882 y 1883, Saltillo vivió dos acontecimientos extraordinarios que agitaron la tranquila vida de sus escasos habitantes. Eran esos los últimos años del siglo 19 y la vida en Saltillo transcurría tranquilamente, apenas interrumpida su monotonía por algunas rebeliones políticas provocadas entre el gobierno del presidente Díaz y algunos grupos locales que peleaban el poder. Los habitantes de Saltillo se ocupaban entonces primordialmente en la agricultura. En las extensas huertas de la ciudad, situadas la mayoría en el lado poniente, donde se habían establecido los tlaxcaltecas, se cultivaban perones, membrillos, higos, peras y duraznos. Los tejocotes se daban silvestres.

Se desempeñaban oficios como la herrería, la platería, la talabartería y la sastrería, y el pueblo en general ejercía diversas ocupaciones, desde la del aguador a la del curandero, de tal manera que localmente podían cubrirse las necesidades mínimas de los saltillenses. La industria consistía en algunas fábricas de hilados y tejidos y un molino de harina, Molinos del Fénix, y se fabricaban calzado, rebozos, sarapes, alfombras, sillas de montar, muebles de imitación vienesa y sólidos carruajes. Muchas familias se dedicaban a la elaboración de pan de pulque y dulces caseros, y al proceso de separar la cera de la miel de abeja y ofrecerla en venta en las boticas.

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El 25 de noviembre de 1882, un gran acontecimiento vino a romper esa monotonía cotidiana: la llegada de la ilustre cantante de ópera, Ángela Peralta, conocida mundialmente como “El Ruiseñor Mexicano”. Venía acompañada de sus músicos a ofrecer un concierto a los saltillenses. Un numeroso grupo de ciudadanos encabezado por las autoridades y los representantes de las diferentes corporaciones y grupos locales, había salido a recibirla a tres cuartos de milla rumbo al camino de San Luis Potosí. Allí la recibieron un grupo de damas, los delegados que representaban a la Sociedad Juan Antonio de la Fuente, compuesta por los intelectuales locales, y los enviados por otras diversas sociedades, entre ellas la Masónica, los Filarmónicos, la Prensa y la Mutualista. El resto de la población se amontonó en las calles de la ciudad, haciendo valla para vitorear la entrada de la diva. La ciudad la saludó echando a vuelo las campanas de las iglesias, mientras el 9.º Regimiento de Caballería y otras bandas de música, amenizaban la fiesta en la plaza de Armas, que se prolongó hasta las doce de la noche.

Meses después, durante las fiestas por el aniversario de la Independencia en septiembre de 1883, volvieron a repicar las campanas, esta vez acompañadas de sonoros cañonazos, para anunciar la llegada del ferrocarril a Saltillo. La añorada “máquina extranjera”, como la llamaban, “El heraldo del progreso” como le decían los periodistas de la época, hacía su entrada triunfal a Saltillo, con lo que la ciudad quedaba enlazada por los caminos de hierro a nuevos horizontes.

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Esos dos temas se machacaron por largo tiempo en las pláticas de sobremesa, en los corrillos de las boticas y trastiendas, en las tertulias de las familias y, en general, en cualquier lugar de reunión de personas.

Uno de los lugares preferidos para hacerlo era la Plaza de San Francisco, frente a la cual se encontraba el templo del mismo nombre, en la esquina de Juárez la Botica de Guadalupe y en el otro extremo el antiguo edificio del Ateneo. La gente paseaba por la placita a cualquier hora. Los estudiantes ateneístas se reunían en los corredores durante las mañanas, antes de la entrada a las clases, a las que llamaba desde la puerta el sonoro bronce de la campana que tocaba “Chepito”, el portero. En las tardes, después de las clases, los muchachos se ponían a jugar naipes y albures, y armaban tremenda algarabía. Los adultos se reunían a platicar, sobre todo, los martes en las serenatas que ofrecía la Banda Municipal. En los jardines de la placita había hermosos rosales y las violetas crecían en los arriates de los árboles. Las bellas muchachas saltillenses también asistían con sus familias a las serenatas.

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