Saltillo: Nuestro pasado
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Santiago del Saltillo estuvo cerca de ser desamparada. Francisco de Urdiñola realizó un modesto censo en 1604 en el que declaró que tenía 16 vecinos: estaba al borde del abismo
Es demasiado evidente la sensación de que las autoridades preparan los festejos del 450 aniversario de la fundación de El Saltillo. Se trata de una fecha importante, como lo son las que cierran un ciclo. Las muchachas cumplen 15 años y se les festeja; no es lo mismo 14 ni 16. Igual sucede en un matrimonio: bodas de plata a los 25 años de vida común o, simplemente, llegar a una edad múltiplo de diez: 50, 60, 80 y no 51 ni 82. Así, el 450 es algo que refleja un corte que enuncia cuatro siglos y medio. Tenemos una larga historia, no necesariamente tersa como ninguna población la tiene; la nuestra se fue construyendo a lo largo del tiempo por quienes nos precedieron; nunca cavilaron sobre un futuro lejano. Nada más pensaban en sus vidas y las de sus parientes cercanos: hijos y nietos.
Nuestra población nació con un portugués como primer alcalde mayor, cosa única en la historia de México. También fundó Ojos de Santa Lucía, que se despobló y años más tarde se convertiría en Nuestra Señora de Monterrey. Hizo lo mismo con Minas de la Trinidad, que también fue abandonada hasta que un siglo más tarde se le llamaría Monclova, como capital de la Provincia de la Extremadura de Coahuila. En ambas estuvieron saltillenses, lo que implica que fuimos hermanos en un pasado ahora lejano. Habrá que reconocer que los primeros llegaron de Mazapil y luego de Vasconia, Extremadura, Castilla y Asturias. Se aclara que casi nunca vinieron solos, sino acompañados por españoles pobres, indígenas de variadas etnias (otomís, purépechas o mexicanos) y con algunos esclavos africanos o mulatos libres. Fuimos y somos una sociedad mezclada. Saltillo era una villa bilingüe español-náhuatl. Había misas en que, por ejemplo, el párroco Sepúlveda predicaba en lengua que llamaban mexicana. Al menos dos obispos de Guadalajara obligaban a sus seminaristas al estudio del latín y del náhuatl. Ambos obispos eran nahuatlatos. Allá se forjaron sacerdotes que llegaron a Saltillo siendo trilingües.
Santiago del Saltillo, como las otras dos enunciadas, estuvo cerca de ser desamparada. Francisco de Urdiñola realizó un modesto censo en 1604 en el que declaró que tenía 16 vecinos: estaba al borde del abismo. Debe decirse que la causa de los abandonos era el ataque de los indígenas y que no es que éstos fuesen bárbaros, como se les describió 300 años, sino que eran presa de los esclavistas, razón más que comprensible para que atacaran sistemáticamente a los hispanos. Recordemos que tenemos una hermosa sierra llamada Zapalinamé y fue precisamente él, cuachichil, quien atacó la villa y quemó en 1583 el primer templo franciscano. Más tarde, este indio valiente se instaló en Saltillo y fue bautizado con el nombre de don Juan de Zapalinamé. Aquí murió tranquilamente: había sido perdonado.
Saltillo tiene un buen número de historias: todas se creen verdaderas, aunque es preciso aclarar que también todas fueron escritas desde intereses, posiciones políticas, con dedicatorias a los poderosos, teóricamente buenas o mediocres, con o sin documentación suficiente y comparada, tanto que cada historiador creyó haber escrito “la historia”. Era la de los grandes hombres (al parecer no había mujeres), de las batallas, de los misioneros (jesuitas y franciscanos, ignorando a los diocesanos) y de los avances de la agricultura, la industria (iniciada en 1842 con capital inglés) y las invasiones americana y francesa.
“El Saltillo” era una villa todavía pequeña a inicios del siglo 19. Cuando acumuló 20 mil habitantes cambió su nombre por Ciudad Leona Vicario porque esta mujer fue una de las más grandes entre las que apoyaron la Revolución de Independencia; era hija de español rico; gastó su fortuna en alimentación y armas para los seguidores de Hidalgo; vivió con un hombre sin estar casada y fue expulsada del país, aunque nunca lo dejó. Su nombre se cambió y nuestra ciudad volvió a llamarse “Saltillo”, sin el “Santiago” y sin artículo.
Es seguro que un buen número de personas irán escribiendo libros, ensayos, artículos, leyendas o anécdotas de Saltillo. Esto es bueno en sí y, por lo que sé, ya se está promoviendo. Los temas son demasiados, así que los hay para quienes se interesen en escribirlos o en leerlos.