Sheinbaum, ‘La Cadenera’, y su muy fallido ‘NRDA’
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Claudia Sheinbaum ha querido ser ‘La Cadenera’ de la 4T y Morena, pero no lo ha conseguido. Vaya que lo intentó
Para las personas más jóvenes, déjenme les cuento que en los años setenta y ochenta existía una figura amada y odiada en las discotecas de moda de todo México: El Cadenero. Sí, con mayúscula, porque se trataba, en el mundo del ocio y esparcimiento nocturno, de una institución venerada y temida, sobre todo por los hombres. Las mujeres no lo padecían tanto; al contrario. A menos que tuvieran la ocurrencia de presentarse en una disco (eso de “antro” no se usaba, estaba reservado para verdaderos tugurios, de acuerdo con el infame Manual de la Vela Perpetua) acompañadas de un remedo de señorito de muy mal ver, tanto en su vocabulario y ademanes como en su aliento etílico y sus ojos inyectados y luminosos por las inhalaciones de cocaína y, encima, y muy importante, su vestimenta era de muy mal gusto. En ese caso no había forma de que entraran al lugar, salvo que acataran la orden:
–Pasas tú sola.
–Aish, pero es que viene conmigo, Beto... –tuteaban infructuosamente a Mr. Cadenero Brazos Cruzados Mirada Matona.
–Sólo pasan tú y tus amigas, él no puede entrar, Adriana... –El Cadenero, sí, tuteaba a las Abejas Reinas, faltaba más.
La joven no tenía más que de dos: dejaba al galán ahí botado por mala vibra o mandaba al demonio al Politburó del Buen Existir Discotequero. El Cadenero no tenía piedad. Con un gesto imperceptible le señalaba a la joven el calzado de su acompañante. Los zapatos eran vitales. Mamado, uno de esos cadeneros épicos en el Acapulco del Baby’O, miraba de manera fugaz los papos que presentaba el moconete que pretendía entrar al lugar, identificaba la autenticidad (o no) de la marca, el modelo, el lugar de venta, y en cinco segundos ya había decidido si el prospecto y sus amigotes entrarían al desmadroso paraíso nocturno.
Pero no era sólo un asunto de clases sociales o de ropa de marca. Había juniors que eran los más peligrosos, los peores, y esos, tarde o temprano, iban a corromper todo. Un fin de semana y otro también armaban tremendas broncas, no pagaban completo, se robaban botellas, no dejaban propinas, se drogaban, incomodaban mujeres solas o acompañadas, hasta el punto del acoso sexual. El Cadenero tenía que evitar eso a toda costa, tenía que ser inmune a los amagos de los grupos, ya fueran niños judíos, libaneses, españolizados, chilangos a secas, hijos de policías (¿conocieron al “Negro” Durazo?) o, bien, nenes de los presidentes de la república y sus gobers preciosos, además de herederos de los más ricos mexicanos.
El Cadenero era una especie de incorruptible sumiller que olfateaba y probaba potenciales clientelas explosivas y le daba sentido al letrerote invisible que tenía tatuado en la frente: NRDA. Nos-Reservamos-el-Derecho-de-Admisión, güey, así me amagues con tus guarros (escoltas) o con tu papá narco.
–No estás en la lista –les decía El Cadenero, si acaso se dignaba a dirigirles la palabra, se tratara o no de personajes influyentes. Los miraba de frente como diciendo “No me intimidas”, y no los volvía a ver en toda la noche. No mercy. Recibía insultos, amenazas, incluso boicots: la manada de juniors rechazados dejaba de ir a la disco durante meses y, por tanto, había una merma significativa para la empresa porque esos indeseables solían gastar mucho dinero en todo tipo de alcoholes.
Cuando los insoportables volvían al lugar, se portaban del carajo para perjudicar no sólo a la empresa (el lugar podía ser clausurado por riñas y balaceras, por ejemplo), sino para joder lo más que pudieran a El Cadenero porque, ¿acaso no había sido él quien los había dejado entrar y ayudado a conseguir puestos privilegiados, una de las mejores mesas del lugar?
Claudia Sheinbaum ha querido ser “La Cadenera” de la 4T y Morena, pero no lo ha conseguido. Vaya que lo intentó, pero la mayoría de los impresentables de su movimiento ahí siguen, campantes, aunque los haya mermado momentáneamente en sus poderes, transas y excesos. Ni modo. Su predecesor, El Cadenero Mayor, nunca lo fue: carecía de un NRDA y dejó entrar a cualquiera por las mismísimas puertas de Palacio Nacional y... ya ven ahora el desmadre que traen en el antro sus camaradas con ínfulas fifís y arranques Daniel Ortega.