Sí... La columna sobre el show de medio tiempo
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Los análisis derivados han ido desde la más rotunda y absoluta glorificación del otrora incómodo Bunny, como portavoz de la resistencia latina frente a un imperialismo sordo e insensible, hasta quienes lo consideran todo lo contrario: un acto de “disidencia” perfectamente calculado, consentido y autorizado por el mismo sistema
En una época más simple y feliz estaríamos todos riendo al unísono, subiendo y compartiendo memes sobre el espectáculo del medio tiempo del Súper Tazón (¡Bueno, ya: Super Bowl, pues!).
Nos estaríamos pitorreando del vestuario, de las coreografías, de las botargas de tiburón, del invitado sorpresa, de la producción en general, de lo aburrido que estuvo.
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Por desgracia, la apoteosis del perreo, el culmen del reggaeton como género musical dominante del planeta coincidió con un complicado momento político a nivel mundial. El show, por tanto, se convirtió en “statement” o pronunciamiento político, lo que sacó a pasear al sociólogo analista que todos llevamos dentro.
Y de verdad, no tengo nada en contra de que la gente se ponga analítica y exprese su más sesuda opinión... Es sólo que yo eché en falta las risas.
Desde el anuncio de que el Benemérito del Flow, don Benito Antonio Martínez Ocasio, AKA Bad Bunny, sería la estrella encargada de amenizar la pausa del medio tiempo en el magno evento deportivo, se desató la polémica con una buena dosis de ambivalencia.
La elección polarizó la opinión entre los fanáticos del puertorriqueño y toda la gente que siente añoranza por formas musicales que, además de ritmo, poseen otras dos cualidades que le solían ser intrínsecas: melodía y armonía (y a veces poesía).
Al mismo tiempo, muchos de los más acérrimos detractores del “Baboni” entraron en disonancia, toda vez que su presencia en el evento gringo por excelencia constituía una clara afrenta a la política xenófoba de la administración Trump. Entonces decidieron conscientemente obviar la repugnancia que el género les provoca, así como toda la misoginia y cosificación sexista del repertorio clásico del artista (igualito que los “trumplovers” olvidan toda la misoginia y cosificación sexista de la conducta histórica de su anaranjado líder).
Entonces, en vez del antagonismo habitual entre centennials que quieren disfrutar de la actuación de algún artista que no haya alcanzado su gloria y esplendor durante el siglo pasado, y tu tío viejo, rancio y “boomer” que, con su chela en mano, no deja de relatar aquellos dos minutos épicos de un estático Michael Jackson como el epítome absoluto del entretenimiento, el domingo la cosa se puso más complicada:
Ahora podías militar en varios bandos simultáneos y a veces irreconciliables entre sí. Tal vez aborreces los berridos de don Conejo, o sus letras explícitas, pero aplaudes que el espectáculo haya versado sobre la hispanidad americana y la multiculturalidad de la Historia de lo EU.
O bien, eres el más ferviente MAGA de todos los rednecks del aparcadero de trailas donde vives, pero no por eso estabas dispuesto a sintonizar el espectáculo alternativo que cocinó la ultraderecha gringa con Kid Rock como estrella principal. Caso altamente improbable, pero sin duda problemático.
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Los análisis derivados han ido desde la más rotunda y absoluta glorificación del otrora incómodo Bunny, como portavoz de la resistencia latina frente a un imperialismo sordo e insensible, hasta quienes lo consideran todo lo contrario: un acto de “disidencia” perfectamente calculado, consentido y autorizado por el mismo sistema al que supuestamente reta, como parte de una estrategia de asimilación: el artista antes disruptivo que acaba convertido en parte del engranaje de las corporaciones y cadenas de entretenimiento, esos grandes capitales que tarde o temprano siempre terminan pactando con el poder político.
Una de estas visiones pinta al señor Bunny prácticamente como un redentor de las minorías en EU y un caudillo del panamericanismo que ¡agárrate, Bolívar! Mientras que en la versión opuesta (desde una supuesta mirada más crítica, profunda e intelectual), el imbatible sistema nos la volvió a aplicar, empaquetando la rebeldía y la contracultura para su consumo masivo. ¡El Mago Enmascarado del capitalismo lo volvió a hacer!
¿En dónde está la realidad, pues, insigne columnista?
¡Y yo qué sé! En algún punto intermedio, supongo.
Creo que un artista puede tener un genuino interés en alguna causa política o social, sobre todo si ésta involucra a su país. Pero es posible también que sólo esté capitalizando dicha causa a favor de su marca y que su posicionamiento sea más una estrategia de RP y una oportunidad para conectar con un público que, de otra manera, jamás le habría otorgado el menor beneficio de la duda.
¿Y sabe qué? Hay una buena posibilidad de que ambas cosas sean ciertas, completa o parcialmente. El mundo es demasiado complicado como para quedarnos con la versión blanco o negro de las cosas.
Es sólo que tendemos a elegir las explicaciones más simples, ya sea por comodidad o porque nos gusta pensar que el mundo no es del todo caótico, sino que alguien (aunque sea un personaje o entidad perversa) está en control de todo, siendo que lo más probable es que nadie está al mando de nada, para desdicha de los más conspiranoicos.
Sabemos que las empresas, marcas y corporaciones son acomodaticias, las hemos visto abanderar movimientos y adoptar principios sólo porque suponen que ello les será redituable. Sí.
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No obstante, también es verdad que hay cadenas de comunicación y medios informativos en EU que están hoy en abierta disputa con el actual régimen, y cuya crítica representa un verdadero ejercicio de libre expresión. Negarlo es caer en la trampa mental de que no hay fuerzas en disputa, que ya todo está resuelto y que una sola mente maestra lo gobierna todo, absolutamente todo lo que pasa en este traqueteado planeta. Y eso es un poco, demasiado, delirante. ¿No cree?
Total: ¿Le gustó el show del “Baboni”? ¡Perfecto!
¿No le gusta, pero lo respalda? ¡Qué bueno!
¿Aprovechó el medio tiempo mejor para ir por otra vejiga y vaciar la cerveza? ¡Excelente!
¿Sigue añorando los “performances” de antaño? ¡Bienvenido al club!
Para mí el mejor de todos los tiempos sigue siendo el de Prince del 2007. Usted compártame cuál es su favorito y yo con mucho gusto le explicaré por qué está equivocado, como el buen tío Gen X que soy.