Sobre cultura femenina: a 100 años de Rosario Castellanos

Opinión
/ 13 julio 2025

Con todo y que fue polifacética, una dimensión de la escritora chiapaneca que se explora poco es su fase filosófica

Este 25 de mayo se cumplió el centenario del natalicio de Rosario Castellanos, escritora e intelectual inmortalizada en el panteón de la literatura mexicana, que dio voz a quienes la hegemonía cultural ha marginado: mujeres y pueblos indígenas, particularmente. A pesar de que conocemos principalmente a Castellanos por sus novelas −como “Balún Canán”− y su poesía, también incursionó en muchos géneros como el ensayo −“Mujer que Sabe Latín”, por citar un ejemplo− y el teatro (“El Eterno Femenino”). Con todo y que fue polifacética, una dimensión de la escritora chiapaneca que se explora poco es su fase filosófica.

Durante su niñez y adolescencia en Comitán, Chiapas, Rosario desarrolló una sensibilidad humanista al observar la relación jerárquica −e indigna− entre los hacendados comitecos y los trabajadores indígenas. Asimismo, padeció la culpa por la muerte de su hermano Benjamín −que se llamaba así sólo por ser hombre y ser el menor−, ya que era el favorito de sus padres; la niña Rosario se acongojó que fuese él, y no ella, quien falleció.

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Sus heridas personales y las injusticias sociales provocaron en Rosario una afinidad social y literaria desde joven. Ávida lectora y precoz literata, ingresó en la Facultad de Derecho de la UNAM. Insatisfecha con los saberes jurídicos, al año se cambió a filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, la cual aún no se encontraba en Ciudad Universitaria, sino en Casa de los Mascarones, en Santa María la Ribera, CDMX.

Al terminar la licenciatura, Rosario continuó con sus estudios de posgrado en Filosofía en la UNAM. Su tesis de maestría, titulada “Sobre cultura femenina” (1950), evocó sus más profundas inquietudes existenciales y reflejó los planteamientos de una obra maestra publicada casi simultáneamente: “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir (1949), piedra angular del feminismo contemporáneo.

Lo destacable de la tesis de maestría de Rosario Castellanos es que, con discreción y modestia histórica, fue un espejo paralelo de “El segundo sexo”, de su pregunta y su crítica principal: ¿Qué es una mujer? ¿Por qué estamos destinadas las mujeres a ser la “otredad”? ¿Por qué nos reducen a lo místico enigmático? Y, ¿por qué los hombres tienen el monopolio de la definición sobre la mujer, si somos la mitad de la población y somos nosotras quienes vivimos lo que es ser una? Lo más impresionante es que Castellanos se preguntó esto sin antes haber leído “El segundo sexo”.

Rosario Castellanos inició su tesis directo y al grano: “¿Existe una cultura femenina?”. Su respuesta, fría y sardónica: “(...) los especialistas del tema y los nos especialistas, es decir, todos, responden negativamente”.

Entre la apertura y el cierre, Castellanos matiza irónicamente el dominio de la cultura por parte del género masculino. Cita a “ilustrados” misóginos como a Schopenhauer, que expresa que la mujer “no está destinada ni a los grandes trabajos de la inteligencia ni a los grandes trabajos materiales”; a Otto Weininger, quien reduce a la feminidad a su aspecto sexual; “La mujer no es otra cosa que sexualidad: el hombre es sexual, pero también es algo más. El hombre se preocupa por muchas otras cosas... la sociabilidad, la discusión y la ciencia, los negocios, la política, la religión y el arte”.

Castellanos concluye que la misoginia cultural, que se extiende a lo largo de los siglos, coincide con la frase de Nietzsche: “Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una solución: se llama embarazo”. En esta lógica machista, la única capacidad creativa de la mujer es procrear. Simone de Beauvoir, sin antes haber leído a Rosario Castellanos, pero en su mismo contexto histórico, escribió que “la Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él, no la considera como un ser autónomo”.

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Como anécdota, vale la pena mencionar que Simone de Beauvoir estuvo en México con su amante, el escritor estadounidense Nelson Algren −no todo fue Sartre−, mientras Castellanos escribía su tesis de maestría. Nadie de la academia existencialista mexicana se enteró de su vacación en el país. Algren le entregó un anillo de plata mexicana a Simone en las pirámides mayas en Yucatán, con el cual la filósofa francesa pidió que la enterraran. Así de eterno fue su amor. Nadie nace mujer: se llega a serlo.

Rosario Castellanos, con su vida y obra, rompió con este esquema creativo, fue escritora, madre, amante, amada, esposa, diplomática. Fue mujer. Cuestionó lo que es ser mujer.

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