Sobre un minivaso de limonada artificial de 55 pesos y la indiferencia
Vamos entregando nuestro dinero a sitios que, con fotografías de composiciones atrayentes colocadas en redes sociales, roban con una sonrisa mientras pagas y esperas para sorprenderte con bebidas de polvos baratos
Hace unos días, en el norte de la ciudad, acudí a un café que tiene muy buenas publicaciones en redes sociales. Cuál fue mi sorpresa, que al pedir dos limonadas nos trajeron minivasos de plástico transparente con mucho hielo y una mezcla artificial. La ración de líquido era mínima, con un costo de 55 pesos por cada “limonada”. Por cierto, el precio del kilo de limón es de 50 pesos –sacando una media en Saltillo–. Así, sin meseros que atiendan, pues se paga y se acude a la caja registradora por los productos, quien me invitó entregó 110 pesos por dos “limonadas”.
Que una limonada sea hecha de limones parece ser un pleonasmo, pero ya vimos en este caso que no lo es. Incluso lo refiere la etimología del vocablo limonada, el cual proviene del árabe hispánico lamún y este, a su vez, del persa lïmün, palabra que se usaba para designar a este cítrico. El sufijo -ada procede del latín e indica “hecho de” o “que procede” del limón.
Vimos también una galleta en 95 pesos y no entro en detalles con el resto de lo que allí se vende, pero me puse a pensar que las autoridades no realizan supervisión a estos y otros establecimientos y no nos protegen de estos robos.
Saltillo es una ciudad cada vez más cara y los datos estadísticos indican que en un restaurante económico una comida para dos personas ronda los 900 pesos. Haga usted las comparaciones con estas dos mini “limonadas” de 110 pesos.
Y no estamos hablando de un gran vaso de limonada con ingredientes naturales, pues esperé a que me sorprendieran con sus ingredientes antes de opinar; sin embargo, se trataba de mezclas que se agregan como polvos. Y no, tampoco estamos hablando de grandes maestros pasteleros.
Lo que más me asombró fue que, luego de terminar mi raquítica porción, al mirar el establecimiento, había clientes. Entonces me dirán ustedes, querida lectora, querido lector, pues así es el capitalismo, el libre mercado: puedes no ir más a este lugar y buscar otro acorde a tus posibilidades de proletaria. Pero este no es el asunto, sino que no haya supervisión de porciones y de calidades que avalen los precios; las autoridades deberían revisar esto.
Y así vamos entregando nuestro dinero a sitios que, con fotografías de composiciones atrayentes colocadas en redes sociales, roban con una sonrisa mientras pagas y esperas para sorprenderte con bebidas de polvos baratos.
Ante esto hay una total indiferencia de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), institución que tiene oficinas en Torreón y recientemente volvió a abrir una en Saltillo, la ciudad capital de Coahuila. Y como al parecer Profeco en Coahuila no tiene suficiente personal, el cliente o consumidor que incluso no viva en estas dos ciudades, tiene la única posibilidad de enviar una queja al correo denunciasprofeco@profeco.gob.mx. Esto se habilita para reportar un abuso en forma anónima, pero también se puede denunciar personalmente si hay tiempo, con tres copias de una identificación oficial, el recibo de la compra o consumo, una fotografía si es posible y un escrito detallando los hechos que incluya el nombre del establecimiento y su dirección.
Y así, a esperar que se haga el milagro de algo que se considera secundario ante tantos otros abusos como el de los seguros de gastos médicos o rentas con contratos vampíricos, pero que, sin embargo, debería ser trascendente, pues es parte del marco ético de lo que se dice ofrecer; es decir, que no nos den gato por liebre, queridos lectores.