Una guerra para un hombre

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Opinión
/ 17 marzo 2026

Netanyahu no necesita una victoria limpia, solo requiere una narrativa duradera

Por Mairav Zonszein, The New York Times.

Benjamín Netanyahu ha pasado gran parte de su vida política intentando que una guerra con Irán no solo pareciera inevitable, sino también algo que debió haber sucedido hace tiempo. Así pues, para el primer ministro israelí, el conflicto más reciente representó una victoria en cuanto comenzó. No porque todas las consecuencias sean buenas para Israel, sino porque puede vender casi todos los resultados imaginables como prueba de que siempre tuvo razón: había que enfrentarse a Irán, utilizar la fuerza era inevitable y el retraso solo habría hecho más peligrosa la amenaza.

Netanyahu no necesita una victoria limpia, solo requiere una narrativa duradera. No se trata solo de distraer a los votantes israelíes cuando acudan a las urnas este año. Se trata también de cimentar una doctrina israelí de seguridad nacional que siempre triunfe sobre la diplomacia. Necesita que los israelíes hablen de Teherán y no del 7 de octubre, de enemigos existenciales y no de responsabilidad política o del desastre no resuelto en Gaza —donde Hamás aún permanece tras casi dos años y medio de destrucción indiscriminada— o de la crisis en Líbano, donde el conflicto renovado con Hizbulá no muestra signos de menguar.

Una guerra en Irán no borra esos fracasos, pero los desliza a un segundo plano. También devuelve la conversación política al terreno emocional y político en el que Netanyahu siempre se ha sentido más fuerte: utilizar el miedo con la afirmación de que solo él comprende realmente la magnitud de la amenaza que supone Irán para Israel, y la promesa (vacía) de que puede eliminarla por la fuerza.

Por todas estas razones, cualquier escenario posterior es una victoria para Netanyahu. Si Irán capitula bajo la presión militar, podrá decir que la fuerza triunfó donde fracasó la diplomacia. Si Irán se niega pero sale militarmente debilitado, puede decir que Israel ganó tiempo al degradar las capacidades nucleares y de misiles del país. Si el gobierno iraní sobrevive pero queda ensangrentado, aislado y más consumido por las tensiones internas, puede afirmar que ha neutralizado a un enemigo implacable. Un periodo prolongado de caos y derramamiento de sangre en Irán podría presentarse en Jerusalén no como una tragedia que podría haberse evitado, sino como un problema que hay que gestionar desde lejos. Incluso un régimen iraní endurecido puede funcionar con la narrativa de que hay que seguir enfrentándose al país.

Incluso cuando Irán parece estar elaborando estrategias para una guerra prolongada —y con ella un goteo constante y sin un final a la vista de misiles iraníes disparados contra Israel— Netanyahu probablemente argumentará que esconderse en búnkeres y mantener a nuestros hijos fuera de las escuelas es un precio necesario. Y, a diferencia de las iteraciones anteriores de este conflicto, ya no hay nadie en el poder que le diga que se equivoca.

En 2010 y 2011, cuando Netanyahu sopesó la posibilidad de atacar las instalaciones nucleares iraníes, el jefe de seguridad de Israel y los principales asesores del gobierno se opusieron. Argumentaron que las Fuerzas de Defensa de Israel no estaban preparadas para un ataque de ese tipo y que podría deshacer los avances que Israel había logrado en su campaña encubierta.

Quince años después, ya no hay voces discrepantes en el ejército o el gobierno de Israel, porque Netanyahu se ha rodeado de personas leales y políticos ideológicos. Y, en Washington, hay un presidente que dispara a la menor provocación. Así es como Netanyahu consiguió lo que quería: una campaña conjunta de Estados Unidos e Israel dirigida por una Casa Blanca dispuesta, que comenzó con el espectáculo del asesinato del ayatolá Alí Jameneí.

Lanzar una guerra contra Irán el pasado junio ayudó a sentar las bases. El éxito militar y de inteligencia inicial de Israel —que fue operativamente impresionante— parece haber persuadido al presidente Donald Trump para que se uniera y atacara las instalaciones nucleares clave de Irán con enormes bombas “antibúnkeres”. Ocho meses después, está claro que Netanyahu no quería que Trump tomara la primera rampa de salida y dejara el trabajo a medias.

En los meses anteriores a los ataques del 28 de febrero que iniciaron la guerra actual, Netanyahu mantuvo dos reuniones con el presidente estadounidense y, en febrero, el jefe del Estado Mayor israelí voló en secreto a Washington. Al parecer, en Mar-a-Lago, Netanyahu destacó la amenaza que suponen las capacidades de misiles balísticos de Irán tanto para Israel como para los activos estadounidenses en el golfo Pérsico, capacidades que ahora están a la vista. Después de las protestas de enero en Irán, parece evidente que Netanyahu contribuyó a mover los límites para una nueva guerra, al desplazar la conversación del acuerdo nuclear a los misiles balísticos y la desestabilización del régimen.

Existe la tentación, especialmente en Washington, de imaginar un final político impecable en Teherán: un liderazgo decapitado, un sucesor dócil, un Estado escarmentado que siga en pie. Pero el que llaman modelo Venezuela no es un ejemplo serio para Irán. Irán es más grande, y su régimen está más arraigado y es más ideológico.

Los costos a largo plazo para Israel tampoco son incidentales. Llegan al núcleo de la cuestión que ha animado la política israelí durante décadas: si el dominio militar en Medio Oriente puede o no convertirse realmente en una seguridad duradera. Un Israel que emerja de esta guerra con la apariencia de que no tiene rival militar puede también salir aún más aislado políticamente. Una potencia dominante no solo disuade; también concentra el resentimiento.

Los riesgos de ese resentimiento se extienden mucho más allá de Medio Oriente. Incluso antes de la actual guerra en Irán, a la que se opone la mayoría de los estadounidenses, la opinión pública de Estados Unidos había cambiado drásticamente respecto a Israel. Una encuesta de Gallup reveló el mes pasado que los estadounidenses simpatizan ahora más con los palestinos que con los israelíes, un 41 por ciento frente a un 36 por ciento, un cambio sorprendente respecto a los últimos años. También hay una erosión más amplia del apoyo a Israel y a la ayuda militar estadounidense al Estado judío. Si esta guerra produce más catástrofes civiles en Irán o un aumento de las bajas militares y de los costos financieros para Estados Unidos, es probable que la relación se deteriore aún más.

Un ambiente de ira y reproche hacia Israel también corre el riesgo de transformarse en narrativas conspirativas y antisemitas sobre el poder judío e israelí. Esa preocupación ha ido en aumento debido a la inquietud de los medios de comunicación estadounidenses por la cuestión de si Israel empujó a Estados Unidos a esta guerra, y tras los comentarios de funcionarios estadounidenses que apuntaban a que los motivos de Estados Unidos para entrar en la guerra estaban relacionados con las intenciones de Israel.

Existe todavía otro peligro que los dirigentes israelíes están menos dispuestos a declarar abiertamente, que tiene que ver con las consecuencias humanas a largo plazo de la guerra, para los iraníes, por supuesto, pero también para los israelíes. El Consejo de Seguridad Nacional de Israel ya ha advertido que elementos terroristas afiliados a Teherán intentan dañar a los israelíes en el extranjero, y las autoridades israelíes han aumentado la seguridad en las embajadas y en los lugares donde se congregan israelíes y judíos. Los Estados pueden absorber choques estratégicos; los civiles pueden convertirse en bajas de la posguerra en estaciones de tren, sinagogas, aeropuertos y restaurantes cuando células o individuos terroristas eligen objetivos más blandos para vengarse. Ese fenómeno ya ha comenzado como consecuencia de las acciones de Israel en Gaza.

Y sin embargo, nada de esto significa que Netanyahu y el aparato estatal israelí no puedan proclamarse victoriosos. Al contrario, ese es precisamente el problema. Han maniobrado hacia una posición política en la que, al menos por el momento, declarar el éxito ya no requiere una paz estable, ni siquiera un futuro israelí más seguro. Solo es necesario que Israel continúe con lo que los analistas llaman “segar la hierba” —sus repetidas acciones para degradar las capacidades de sus adversarios— y que nadie en el establishment israelí proponga ninguna visión estratégica alternativa.

Israel, tras haber demostrado una fuerza abrumadora, vuelve a confundir el dominio con la seguridad y la escalada táctica con un orden regional sostenible, incluso mientras la región sigue ardiendo. c. 2026 The New York Times Company.

Mairav Zonszein es colaboradora de la sección Opinión. Es la analista principal sobre Israel del International Crisis Group, un laboratorio de ideas sin fines de lucro dedicado a la prevención de conflictos. Vive en Tel Aviv.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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