María del Carmen Félix: La sangre como destino escénico
La actriz encuentra en ‘Santita’ uno de los personajes más contenidos de su carrera, mientras reafirma una identidad construida tanto por la herencia artística de su familia como por la resistencia histórica de sus ancestros yaquis
La herencia de María del Carmen Félix siempre sale a relucir dondequiera que ella haga acto de aparición. Y es que no tiene que decir mucho cuando su apellido tiene voz propia, hace eco y genera olas de admiración. Su tía abuela fue la diva más importante del cine mexicano y dicen que lo que se hereda no se hurta.
Pongo esto como contexto porque he presenciado cómo María, con toda la clase que lleva encima, sortea y le saca la vuelta, en la medida de lo posible, a la figura de su tocaya María Félix. No porque reniegue de su sangre, todo lo contrario: celebra y honra su herencia, sino porque el camino y la reputación que ella se ha forjado tienen luz propia y además muchas horas de vuelo, donde el tesón, la disciplina y la pasión son una constante. Y prefiere que el pasaporte que le abra puertas en esta industria sea el amor inmenso que tiene por el oficio.
Sin embargo, en su sangre también hay otra herencia de la que, cuando habla, se le ilumina el rostro: la sangre de sus antepasados, el pueblo yaqui, quienes representan una de las resistencias indígenas más largas de América Latina, nunca fueron sometidos completamente por la colonia y continúan luchando por su autonomía y territorio.
María anda rasguñando el metro ochenta de estatura. Su piel tostada tiene verdad y brillo propios; su rostro, anguloso por donde se le vea, parece buscar al sol, como en una eterna danza del venado, y su mirada tiene filo, pero su sonrisa apaga todos los incendios. No por nada la cámara la adora.
Cuando entra a escena, pareciera que regresara de pelearse con el mundo. Y aunque su voz es suave y melodiosa, parece cargar un incendio dentro. No por nada sus personajes suelen tener algo roto, algo feroz o algo que parece a punto de estallar, aunque permanezca inmóvil.
Durante años, el cine y las series mexicanas la acostumbraron a habitar personajes rudos: cholas, delincuentes, mujeres marginales, sobrevivientes endurecidas por la violencia. Pero en “Santita” ocurre otra cosa. Aquí aparece impecablemente vestida, atrapada entre viñedos del Valle de Guadalupe, matrimonios de conveniencia y silencios sostenidos por la doble y triple moral de la clase alta.
Aquí interpreta a Gloria, una mujer elegante que sospecha que su marido tiene una amante y que, aun así, continúa sirviendo vino, acomodando flores y sonriendo frente a los invitados. La contradicción le queda perfecta. Porque “Santita”, la nueva serie dirigida por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez, está construida precisamente de contradicciones. La historia sucede en Tijuana y gira alrededor de Santita, una ginecóloga obstetra usuaria de silla de ruedas, interpretada por Paulina Dávila.
Una mujer que ayuda a traer vida al mundo mientras vive atrapada en sus propios vacíos emocionales.
“Mira”, dice María del Carmen al comenzar a hablar de la serie, “cuando me llaman para el casting me cuentan que era una historia situada en el norte, específicamente en Tijuana, y que giraba alrededor de esta mujer muy particular. Una ginecóloga obstetra, usuaria de silla de ruedas, pero además llena de vicios, aficionada a las apuestas y llena de contradicciones. Y me pareció interesantísimo porque no era la típica representación solemne o moralista de una mujer con discapacidad”.
Eso es quizá lo primero que sorprende de “Santita”: nunca intenta convertir a su protagonista en símbolo de superación. “Santita” no está escrita para inspirar a nadie. Es irreverente, sexual, explosiva, incómoda y profundamente humana. La serie incluso contó con la participación de Maryangel García-Ramos como consultora, incorporando experiencias reales sobre discapacidad, inclusión y violencia cotidiana hacia mujeres con discapacidad.
“También habla mucho de la imposibilidad de Santita para relacionarse con el mundo”, explica María del Carmen. “Pero al mismo tiempo retrata a una mujer norteña que rompe con muchos estereotipos. Una mujer empoderada, fuerte, que no le tiene miedo a los hombres y que se rebela ante lo que se espera socialmente de ella”.
En medio de ese universo aparece ‘Gloria’.
“Mi personaje entra sobre todo en los últimos capítulos”, cuenta. “Soy la mamá de una chica que se va a casar con un sobrino de Santita. Mi esposo tiene una sociedad con los hermanos de Santita para construir proyectos en los viñedos del Valle de Guadalupe, entonces terminamos emparentados”.
Pero Gloria no llega solamente como un personaje secundario dentro de una boda elegante. Llega como el retrato de una generación entera de mujeres educadas para callar.
“Ella pertenece a esta clase alta del norte, muy preocupada por el qué dirán”, explica la actriz.
“Sospecha que su marido tiene una amante, pero pertenece a ese tipo de matrimonios donde prefieres no decir nada porque no quieres perder tu posición social o económica”.
La frase podría resumir buena parte de la educación sentimental de muchas mujeres mexicanas.
“Todavía pasa muchísimo”, dice ella. “Mujeres que, aunque tengan carrera universitaria, siguen creciendo con la idea de que su misión es casarse con alguien conveniente, tener hijos y no hacerla de pedo”.
Y ahí aparece el verdadero corazón incómodo de “Santita”: esos contratos sociales invisibles donde las apariencias pesan más que el deseo, donde las parejas sobreviven sostenidas por el miedo al escándalo y donde muchas mujeres aprenden desde niñas a tragarse el dolor con tal de conservar el apellido, la casa o la estabilidad económica.
“Rodrigo me decía mucho: ‘Tú ves todo, sospechas todo, pero no dices nada’”, recuerda María del Carmen. “Entonces construí a Gloria desde ahí. Como una mujer completamente contenida”.
@netflixlat Ella aún revive en sueños el momento que cambió su vida para siempre 🫣💔 #Santita llega a Netflix este 22 de abril #PaulinaDávila #GaelGarcíaBernal #Netflix #fyp ♬ Sueño recurrente. Santita. - Netflix Latinoamérica
Y de pronto la actriz hace una imagen preciosa:
“Yo decía que Gloria trae un corset. Pero no solo por fuera. También por dentro”.
Ahí está todo el personaje. Porque Gloria no grita, no rompe platos, no confronta. Gloria aprieta los dientes. Sonríe. Guarda silencio. Se maquilla el dolor.
A diferencia de otros personajes interpretados por María del Carmen —más físicos, más explosivos, más callejeros—, aquí el conflicto ocurre hacia adentro.
“Fue muy interesante porque vengo de hacer personajes muy rudos”, cuenta entre risas. “Mi mamá me decía: ‘Ya por fin te vistieron de mujer’, porque siempre hago cholas, delincuentes o mujeres muy duras”.
Y la frase tiene algo profundamente mexicano. Como si todavía existiera cierta idea conservadora de lo femenino: mujeres suaves, correctas, discretas, perfectamente peinadas, aunque por dentro estén derrumbándose.
“Entonces fue bonito explorar otro tipo de feminidad”, dice ella. “Una mujer aparentemente correcta, elegante, contenida, pero que guarda muchísima tensión adentro”.
Cuando habla de trabajar con Rodrigo García, la voz se le transforma ligeramente. Hay admiración genuina.
“Eso fue de las cosas que más me emocionó”, admite. “Aunque mi participación sea pequeña, trabajar con él fue increíble”.
Cuenta que el director tiene una visión muy clara de las imágenes, de la puesta en escena y del ritmo cinematográfico. Pero también habla de algo más íntimo: su manera de escuchar a las actrices.
“Escuchaba muchísimo”, recuerda. “Le interesaba entender la jerga de Tijuana, cómo habla la gente de allá, cómo se mueve. Eso me encantó porque realmente quería absorber el universo del lugar”.
Y especialmente el universo femenino.
“Sí sentí una sensibilidad muy particular hacia las mujeres”, agrega. “Observaba muchísimo a las actrices, como tratando de entender qué historias había detrás de cada una. Le interesaban nuestras experiencias, cómo hablábamos, cómo pensábamos, cómo nos movíamos. Y eso hace que una se abra más”.
Tal vez por eso “Santita” tiene algo extraño y hermoso: parece una serie atravesada por emociones que nunca terminan de decirse por completo. Hay momentos donde la realidad se vuelve ligeramente borrosa, casi onírica.
“Santita vive mucho entre el sueño y la realidad”, explica María. “Hay algo muy cercano al realismo mágico. No exactamente realismo mágico como tal, pero sí ecos de esa sensibilidad”.
Quizá venga de ahí la sombra inevitable de Gabriel García Márquez flotando sobre el proyecto. O quizá venga simplemente de la frontera: de esas ciudades donde todo parece suceder entre polvo, luces de neón, deseo, cansancio y fantasmas familiares.
Para María del Carmen, llegar a Netflix también significó confirmar algo personal.
“Siempre emociona muchísimo formar parte de un proyecto así”, dice. “Porque además se nota cuando una producción está realmente cuidada. Aunque tu personaje salga poquito, hacen casting, trabajan los personajes, cuidan cada detalle. No dicen: ‘Ay, sale poquito, da igual’. No. Todo está pensado”.
Pero más allá de la plataforma, lo que verdaderamente se llevó fue otra cosa: confianza.
“Antes quizá me intimidaba más compartir escena con ciertos actores”, admite. “Pero ahora sentí que podía tocar mi nota dentro de esa orquesta. Que podía sostener escenas con actores de ese calibre y disfrutarlo”.
Rodeada de actores como Gael García Bernal, Ilse Salas, Paulina Dávila y Erik Hayser, María del Carmen Félix encuentra su lugar sin estridencias. Como las grandes actrices de teatro: no necesita levantar la voz para imponer presencia. Le basta una mirada tensa, una sonrisa rota o un silencio incómodo para dejar claro que Gloria también carga su propia tragedia.
Y la frase queda suspendida como una conclusión involuntaria de toda su carrera. Porque quizá eso hacen las grandes actrices: aprender exactamente cuándo entrar a escena, cuánto silencio sostener y cómo convertir a una mujer aparentemente callada en el lugar donde terminan estallando todas las grietas del mundo.
Quizá por eso María del Carmen actúa como si viniera de una larga genealogía de mujeres que sobrevivieron al sol, al polvo y a los hombres. Porque detrás del apellido Félix también existe otra memoria menos fotografiada: la sangre yaqui, esa que no necesita glamour para imponer presencia.