La ciudad de Saltillo y su patrimonio arquitectónico
Un recorrido por los edificios, plazas y espacios históricos de Saltillo que desaparecieron o cambiaron con el tiempo, y cuya pérdida amenaza la memoria arquitectónica de la ciudad
Saltillo nunca fue una ciudad de grandes y suntuosas construcciones. Querétaro, San Luis Potosí y Zacatecas pueden presumir calles enteras de cantera, fachadas barrocas labradas y casonas señoriales que dan cuenta de la riqueza de sus minas y sus haciendas. Aquí las cosas fueron distintas. Saltillo era una villa en el norte de la Nueva España, tierra de comerciantes y labradores. Se levantó con adobe, sillar y piedra del valle, y la cantera se trajo de fuera para muy pocas obras.
Lo que teníamos era poco, pero era nuestro: casas de muros gruesos y patios interiores, portales, plazas, mercados y templos que durante más de tres siglos dieron forma a la ciudad. Esa arquitectura modesta guardaba la memoria de cómo vivieron los saltillenses de otras épocas.
Buena parte de ese patrimonio ya no existe. Algunos edificios se perdieron por el fuego o por la pólvora, pero muchos más cayeron por decisión de alguien, por omisión o por negligencia. Se demolieron verdaderas joyas para abrir estacionamientos, ampliar calles o levantar construcciones sin ningún vínculo con su entorno. Se derribaron por indiferencia y por especulación. No hubo autoridad ni voz que lo impidiera. Cada demolición arrancó una página de nuestra historia.
En una ciudad que tenía tan poco, cada pérdida fue un golpe a su imagen. Lo que en otras capitales coloniales habría sido un edificio más, aquí era uno de los pocos testimonios que quedaban de nuestro pasado.
Este relato reconstruye algunos de los espacios que le dieron rostro a Saltillo. Unos siguen en pie, muchos de ellos muy transformados. Otros solo sobreviven en documentos, fotografías y en la memoria de quienes llegaron a conocerlos.
Las casas reales y la parroquia
Desde 1610 hubo casas reales en el terreno que hoy ocupa el Palacio de Gobierno, frente a la Plaza de Armas. En 1613 se agregó una cárcel en la parte norte, y el conjunto empezó a conocerse como las Casas Consistoriales. En 1808 se concluyó el edificio formal que sustituyó a las viejas casas reales.
En 1811 Saltillo recibió a los caudillos insurgentes que se retiraban hacia el norte. Ignacio Allende se hospedó en las Casas Consistoriales cerca de veinte días y desde el balcón principal habló a la gente reunida en la plaza. La tradición local sostiene que Miguel Hidalgo celebró misa en la parroquia de Santiago durante esa estancia. Semanas después, los jefes insurgentes fueron capturados en Acatita de Baján; Hidalgo murió fusilado en Chihuahua.
Diez años más tarde, el 12 de julio de 1821, se proclamó en Saltillo la Independencia desde ese mismo balcón, antes de que el Ejército Trigarante entrara a la Ciudad de México.
Al otro lado de la plaza, la obra más ambiciosa de la villa tardó más de medio siglo en levantarse. En 1745 el cura Felipe Suárez de Estrada bendijo la primera piedra de la parroquia de Santiago. El proyecto quedó a cargo de Nicolás Hernández, y en él trabajaron 275 hombres. El cuerpo principal del templo se terminó en 1800. La torre derecha quedó inconclusa y no se culminó sino hasta 1897. Es una construcción barroca con rasgos churriguerescos, con columnas salomónicas, retablos dorados y frontales de plata.
Coahuila y Texas
El 15 de agosto de 1824 se instaló en Saltillo el congreso del estado de Coahuila y Texas. Al día siguiente decretó que los empleados civiles, eclesiásticos y militares debían jurar obediencia a las autoridades del naciente estado.
Las distancias eran enormes, y las diferencias entre los vecinos coahuilenses y los colonos angloamericanos crecían cada año. El 17 de abril de 1834 el congreso creó la Superioridad Judicial de Texas, que dio a ese territorio tribunales propios. Dos años después, Texas se separó.
Hacia 1835, Antonio López de Santa Anna pasó por Saltillo rumbo a Texas. Según Mayda Interial Villafaña, en Los rincones verdes de Saltillo, durante esa estancia Santa Anna ordenó levantar los planos de un paseo arbolado. De ahí nació la Alameda, que con los años llegó a cubrir cuatro hectáreas de fresnos, álamos y otras especies.
La cara de la ciudad a mediados del siglo XIX
En febrero de 1847 el ejército estadounidense ocupó la ciudad y se libró la batalla de La Angostura, que dejó numerosos muertos y heridos. La parroquia de Santiago funcionó entonces como hospital.
El 15 de diciembre de 1848, Jesús Narro Rodríguez y Jesús Fuentes García firmaron un convenio con el procurador del Ayuntamiento, Jesús García León, para financiar y edificar una plaza de toros frente a las antiguas Casas Consistoriales del pueblo de San Esteban. El acuerdo les otorgaba el derecho de explotar los locales y los festejos. La plaza de toros de Tlaxcala se inauguró con la primera corrida el 11 de octubre de 1849. La plaza fue derribada en 1896.
Ese mismo año del cuarenta y nueve, los comerciantes se agruparon en la Plazuela de las Cruces, al sur del templo de San Esteban, y levantaron El Parián. Era un mercado sencillo, con arcos de medio punto y sin techo, donde se vendían verduras, fruta, semillas y carne. En septiembre de 1877 el Ayuntamiento contrató a Esteban García para techarlo, y en junio de 1878 lo demandó por incumplimiento: García se había quedado con la madera y la obra nunca se hizo. El Parián siguió a cielo abierto.
El palacio y la penitenciaría
En el otoño de 1856, la pólvora almacenada en el edificio de gobierno se incendió. La explosión destruyó la cárcel y dejó en ruinas el palacio. Durante años. En 1862 el regidor Benito Gámbar y el presidente del Ayuntamiento, Agustín Farías, encargaron al dibujante Antonio Cárdenas el diseño de una nueva penitenciaría, y el 30 de noviembre de ese año se colocó la primera piedra, donde hoy está el edificio de SEFIN.
La reconstrucción del palacio comenzó también en 1862 y terminó en 1873. Dos años después, el edificio se convirtió en sede de los tres poderes del estado: el Ejecutivo en el ala norte del segundo piso, el Legislativo en la parte central y el Judicial en el ala sur.
Soberanía, escuela y jardín
En 1856, Santiago Vidaurri había anexado Coahuila a Nuevo León. La situación se mantuvo hasta la Intervención francesa. El 26 de febrero de 1864, mientras su gobierno se desplazaba hacia el norte, Benito Juárez decretó la separación y devolvió a Coahuila su soberanía. Ese año Juárez pasó por Saltillo acompañado, entre otros, por Francisco Zarco y Guillermo Prieto.
El 1 de noviembre de 1867 abrió el Ateneo Fuente, impulsado por el gobernador Andrés S. Viesca. Por primera vez, los jóvenes coahuilenses podían cursar estudios técnicos y profesionales sin salir del estado.
El 22 de enero de 1868 el Congreso Constituyente abolió las alcabalas, los impuestos que se cobraban por mover mercancías de un lugar a otro. El 26 de febrero, el Congreso de la Unión revalidó el decreto de 1864. El 1 de septiembre abrió sesiones el primer congreso del estado soberano.
En 1868, el presidente municipal Jesús del Bosque y el coronel Pablo P. Ortega mandaron plantar un jardín en la Plaza Independencia hoy Plaza de Armas.
El Casino
El 3 de marzo de 1874 el general Carlos Fuero, comandante militar de Coahuila, fundó el Casino Militar. Su primera sede fue una casa de la calle Morelos número 9, propiedad de Leonardo de los Santos, y la primera fiesta se celebró el 25 de diciembre de ese año. En 1885 se mudó a la esquina de Hidalgo y Aldama, a la casa que a principios de siglo había pertenecido al tesorero de las Cajas Reales, Manuel Royuela, y donde se alojó Miguel Hidalgo en 1811.
En 1897 los socios del casino compraron a Agustina del Bosque un terreno en la esquina de calle Real y calle de la Parroquia, Hidalgo y Juárez. El arquitecto Alfred Giles proyectó un edificio neoclásico de sillar blanco, con tres arcos de medio punto en la entrada, columnas jónicas, frontón triangular y balcones de hierro forjado. Se inauguró con un baile el 26 de diciembre de 1900. Para entonces se llamaba Casino de la Unión, y entre sus socios figuraban Miguel Ramos y Ramos, Encarnación Dávila, Guillermo Purcell, Juan O’Sullivan, Melchor Lobo Rodríguez, Dámaso Rodríguez y Francisco Arizpe y Ramos.
Rieles, teatro y luz
El 5 de febrero de 1882, durante el gobierno de Evaristo Madero, se puso la primera piedra del Teatro Zaragoza, después renombrado Teatro Acuña.
El Ferrocarril Nacional Mexicano había cruzado el río Bravo el 23 de noviembre de 1881. Llegó a Monterrey el 31 de agosto de 1882, y el 12 de septiembre de 1883 los rieles alcanzaron Saltillo. La inauguración oficial se hizo el 16 de septiembre. La ciudad quedó unida a la frontera por 377 kilómetros de vía, y el viaje a Monterrey pasó de días a horas.
En 1885 el gobernador Julio M. Cervantes mandó arreglar el Portal de la Independencia, con piso nuevo de ladrillo y canales de desagüe, y dio impulso a la conclusión del Teatro Acuña.
El 23 de junio de 1891, León XIII erigió la diócesis de Saltillo, y la parroquia de Santiago se convirtió en catedral. En 1893, por orden del gobernador Rafael Eca y Múzquiz, se instaló el alumbrado público. En 1897 se colocó la estatua ecuestre de Ignacio Zaragoza en la Alameda.
Ese mismo año se terminó la torre de la catedral, de 81 metros. Se cuenta que la cruz de la punta la colocó un reo de la cárcel local, a quien se le concedió el perdón a cambio.
El Banco y Hotel Coahuila
En 1897 un grupo de empresarios fundó el Banco de Coahuila. Entre sus accionistas estaban Guillermo Purcell, Práxedis de la Peña, Francisco Rodríguez García, Enrique Maas, Rómulo Larralde, Manuel Mazo, Marcelino Garza, Crescencio Rodríguez G. y Francisco Narro Acuña. Abrió sus oficinas el 1 de octubre de ese año.
En 1900 se inició su edificio, también diseñado por Giles. Tenía cuatro pisos revestidos de cantera rosa de San Luis Potosí y dos fachadas: la del banco hacia la calle Allende y la del Hotel Coahuila hacia Juárez. Se inauguró en 1902, y el hotel fue durante años el más fino de la ciudad. Entre sus huéspedes estuvo Francisco I. Madero.
El banco tenía concesión para emitir billetes de 5, 10, 20, 50 y 100 pesos, con los retratos de Miguel Ramos Arizpe y Victoriano Cepeda. Tuvo sucursales en Torreón, Monclova, Parras, Matamoros, Cuatro Ciénegas, Viesca, Sierra Mojada y Ciudad Porfirio Díaz.
El Mercado Juárez
El 14 de agosto de 1899, durante el gobierno de Miguel Cárdenas, se firmó un contrato con F. H. Dillon y E. S. Makin para construir un mercado en la antigua Plaza Tlaxcala. El Mercado Juárez abrió el 1 de julio de 1901, entre las actuales calles Padre Flores y General Pérez Treviño.
Duró veinticuatro años. El 15 de noviembre de 1925 un incendio lo consumió. La reconstrucción empezó en 1926, y en 1928 se reinauguró como una nave de un piso con techo de lámina a dos aguas. El 14 de diciembre de 1952 el fuego volvió a destruirlo. El tercer mercado, de estilo funcionalista y con 200 locales, lo proyectó el arquitecto José María Morales del Bosque y abrió en 1957. Es el que sigue en pie. Al cumplirse un siglo de la primera inauguración se le renovó la fachada, en una obra promovida por el alcalde Óscar Pimentel.
La Alameda y el Palacio Rosa
En 1918 el gobernador Gustavo Espinosa Mireles mandó hacer en la Alameda un lago artificial con la silueta de la República Mexicana. Tenía más de 1.70 metros de profundidad y servicio de lanchas. Después llegaron la Fuente de las Ranas, la Biblioteca Pública en 1948, la imagen de Hidalgo en 1953 y el busto de Carranza en 1959.
En 1925, durante el gobierno de Manuel Pérez Treviño, el edificio del palacio de gobierno recibió un tercer piso. En 1977, con Óscar Flores Tapia, se remodeló la fachada con la cantera rosada que le dio el nombre de Palacio Rosa. En su interior, Salvador Almaraz pintó un mural de nueve retablos con episodios y personajes de la historia de Coahuila.
Una ciudad que no tuvo palacios de cantera se está quedando también sin sus casas de adobe, sus portales y sus patios. Cuando caiga el último de esos muros, no habrá forma de explicar a quien venga después cómo fue esta ciudad. Solo quedará constancia de que alguien permitió que la borraran.