La cultura y arraigo del trigo en Saltillo
Saltillo nació del agua y creció con el trigo, un vínculo que todavía puede verse en los edificios de los antiguos molinos. La historia de la molienda del trigo tiene más de cuatro siglos; la calidad de la harina hizo de esta ciudad una tierra de pan y gorditas de harina de trigo
SALTILLO NACIÓ GRACIAS AL AGUA
Los manantiales de este valle con agua de calidad extraordinaria permitieron desde el siglo XVI cosechar trigo en cantidades y calidades que sorprendían a quienes compraban la harina en otras partes de la Nueva España. Saltillo fue o es, una ciudad triguera: si algún día tuviéramos un segundo equipo de béisbol o de fútbol, además de los Saraperos, bien podría llamarse Los Trigueros de Saltillo, en honor a esa tradición y esa cultura del trigo que corre por la historia de la ciudad tanto como lo hacía el agua en las antiguas acequias.
BUENAS NOTICIAS
Hace unos días una amiga me buscó para contarme sobre un proyecto que me llenó de una alegría difícil de explicar: el rescate del antiguo Molino de la Colmena. El proyecto, según me platicó, no se limita a restaurar esta joya de la arqueología industrial saltillense, que data del siglo XIX, sino que busca integrar el espacio a lo que fueron las antiguas Huertas de los Pilares, en el viejo pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala.
No conozco el proyecto a detalle, pero por lo que me contaron tiene proporciones e intenciones muy grandes: darle al edificio distintos usos, principalmente culturales y comerciales, y devolverle a ese antiguo enclave algo del arraigo que tuvo entre sus habitantes durante años. Es, sin duda, un logro importantísimo para la preservación de nuestro pasado arquitectónico, y merece todo el reconocimiento y el agradecimiento hacia los dueños e inversionistas que se preocuparon porque este molino no desapareciera, y que en cambio decidieron darle una nueva vida y vocación al lugar.
Con ese ánimo vale la pena recordar, aunque sea de manera breve, la historia de los molinos de trigo que dieron forma a Saltillo desde sus primeros años.
LOS MOLINOS DE TRIGO EN SALTILLO
En el último cuarto del siglo XVI, tres de los colonos fundadores de la villa levantaron los primeros ingenios movidos por la corriente de los manantiales del valle: Juan Navarro, Santos Rojo y Juan Alonso.
El de Juan Navarro fue el primero. Se le considera el primer industrial del noreste novohispano y su molino, construido al nororiente de la villa, en lo que hoy parte de La Libertad y La Hibernia, ya funcionaba, aunque a baja capacidad, antes de que llegaran los tlaxcaltecas en 1591. Procesaba grano suficiente para abastecer tanto a los españoles como a los recién llegados de Tizatlán, Tlaxcala, y su producción alcanzaba mercados del centro y del norte del virreinato. El molino de Juan Navarro con el tiempo se volvió también un punto de referencia: en los documentos coloniales aparece una y otra vez citado para delimitar y medir tierras en el norte de nuestra ciudad.
Santos Rojo levantó el suyo en la parte norte del valle, conocido después como Molino de Santa María. A su muerte pasó a su viuda, Beatriz de las Ruelas, y de ahí a su nieta Juana Navarro. En 1655, Juan de Uscanga, vecino de Monterrey y apoderado de su esposa Juana y Domingo Gil de Leiva dieron en arrendamiento la molienda al alférez Cristóbal Ramón.
Juan Alonso, por su parte, instaló el suyo en el agua de los San Nicolás de los Berros, al sur de la población, en lo que hoy es la zona de Landín y un poco más al sur. Su merced original incluía el molino en ese manantial, una huerta y tierras en la ciénega de los Patos, hoy municipio de General Cepeda, donde además tenía derecho a levantar otro molino dentro de su estancia mayor.
EL IMPULSO TLAXCALTECA
Cuando las familias tlaxcaltecas llegaron a fundar San Esteban, en septiembre de 1591, los fundadores españoles, Navarro, Rojo y Del Canto, cedieron voluntariamente o fueron obligados a ceder una quinta parte de sus caudales de agua para que los nuevos pobladores pudieran regar sus tierras. La medida resultó decisiva. Las huertas tlaxcaltecas empezaron a dar cosechas de frutas y legumbres abundantes y de buena calidad.
Para 1624, los tlaxcaltecas ya no se limitaban a labrar sus tierras y tejer en sus obrajes de lana. Habían empezado a construir sus propios molinos de trigo, y ese paso dinamizó el comercio local de una manera que los primeros colonos españoles no habrían imaginado.
PIEDRAS, PLEITOS Y CONTRATOS
Durante los dos siglos siguientes, los molinos de Saltillo, llamados entonces “de pan”, porque su función era moler la harina para el pan, aparecen una y otra vez en los protocolos notariales de la villa, casi siempre ligados a un contrato, una herencia o un pleito.
En mayo de 1615, el capitán Bernabé de las Casas contrató al maestro carpintero Andrés Rodríguez para levantar un molino nuevo en su estancia de las Salinas. Meses más tarde, en septiembre de ese año, De las Casas se comprometió a transportar en sus carros mil cuatrocientos quintales de harina, unas 140 toneladas, hasta Zacatecas, por encargo de un canónigo de la Catedral de Guadalajara. El dato da una idea de la escala que alcanzaba ya el negocio de la harina saltillense fuera del valle.
No todos los molineros tenían el capital para equipar su molienda de cero. Ambrosio de Zepeda, arrendatario de la hacienda de Las Mesillas, tuvo que recurrir a un préstamo: Joseph de Treviño, vecino del Nuevo Reino de León, le facilitó dos piedras de molino usadas, una tolva, dos tablones largueros y una pala de hierro. El propio testamento de Zepeda deja constancia de que esas piezas debían devolverse a su dueño, prueba de que el equipo de un molino circulaba de mano en mano tanto como la propiedad misma del edificio.
Un molino de pan que había pertenecido originalmente a los herederos de Juan Navarro, y que después pasó por almoneda pública a manos de Esteban de Cepeda, terminó en 1708 como donación de Rodrigo Guajardo y Teodora de Zepeda Caballero a su sobrino, el bachiller Baltasar Pedro Flores. Trece años después, en 1721, se vendió un terreno situado justo abajo de la acequia de ese mismo molino, ya conocido para entonces simplemente como el molino de Flores.
En noviembre de 1758, el alcalde ordinario de la villa, don Miguel Valdés, compró por mil pesos en reales un molino de pan en la hacienda de San Isidro de las Palomas. Se lo vendió Pedro de Rueda y Zevallos, pero el molino tenía ya varios dueños detrás: había sido de don Martín de la Peña y llegó a manos de Joaquín de Orobio y Basterra tras un concurso de acreedores.
En 1802, don Pedro Gutiérrez, vecino de la Capellanía, puso en venta un molino de pan situado en la hacienda de San Nicolás de la Capellanía, hoy municipio de Ramos Arizpe. Incluía su atarjea, las herramientas y dos piedras de molienda y se ofrecía en trescientos pesos, con la condición de que el comprador reconociera un legado piadoso de setecientos pesos que pesaba sobre la propiedad.
LA LLEGADA DE LOS CILINDROS: SIGLOS XIX Y XX
Hacia el siglo XIX Saltillo ya tenía fama de ciudad triguera, y en su sector oriente, favorecido por el caudal de las llamadas aguas navarreñas, por Juan Navarro, se levantaron los molinos más grandes de la época.
El Molino de Belén, también llamado Belem, se ubicaba frente a lo que hoy es la calle Ateneo, al oriente de la calle Urdiñola. En 1872 Lucas González lo dio en arrendamiento a Eugenio Lescrinier, y años más tarde, en septiembre de 1889, la viuda de González, Adelaida Cepeda, intentó rentarlo a su vez a Henrique Moore. Sus muros anchos quedaron en pie como ruina hasta bien entrado el siglo XX, recordatorio de lo que había sido la época dorada del trigo en la ciudad.
Cerca de la fábrica La Aurora funcionó el Molino El Porvenir, que cambió de manos varias veces en pocos años. En 1880 los albaceas del intestado de Vicente Narro vendieron sus derechos sobre el molino a Fernando de la Peña, y el usufructo pasó después a Francisco Néstor Dávila. Entre 1886 y 1887 la propiedad se dividió: Isidoro Dávila vendió su mitad a Victoriano Fuentes, Francisco N. Dávila vendió la suya a Victorio Fuentes, y este último terminó traspasando el molino completo a Trinidad Flores Dávila por dos mil pesos.
El inglés John Harlan, conocido también como Juan Harlan, fundó en el sector de la calle Abasolo el Molino La Goleta, que llegó a ser clave en la distribución de harina por todo el noreste del país. Su construcción era tan sólida que durante la Revolución el general Francisco Coss lo convirtió en fuerte y cuartel. En 1923, ya bajo la propiedad de Feliciano Groues, La Goleta terminó destruida por un incendio en 1950.
En Arteaga, antes llamada San Isidro de las Palomas, se construyó a principios del siglo XX un molino en un predio que había sido huerta de duraznos de Jesús Cepeda, cerca de la acequia. El edificio tenía varios niveles y una polea movida por la corriente de agua, con la que procesaba los trigos locales, el candial y el pelón colorado. La noche misma de su inauguración, alguien pagado por un grupo rival se infiltró en el edificio y le prendió fuego, dejándolo completamente destruido.
El Molino del Fénix, una de las industrias más importantes de Saltillo en su tiempo, fue obra de don Evaristo Madero, y se levantó en el sector poniente hacia 1885. El 1 de agosto de 1901 tuvo que suspender labores por una crisis de ventas de harina, pero se recuperó y siguió trabajando hasta el 12 de junio de 1925, cuando un incendio consumió el edificio original. Se reconstruyó después con maquinaria más moderna. De todos los molinos de la ciudad, el Fénix fue el primero en trabajar con maquinaria moderna, de cilindros, dejando atrás las viejas piedras que se habían usado hasta entonces.
EL MOLINO LA ESTRELLA
El segundo en instalar ese sistema de cilindros fue el molino La Estrella, en lo que hoy es la calle Zaragoza número 604, bajando Múzquiz. Después de esos dos vinieron el molino de La Libertad, en la fábrica del mismo nombre; otro llamado Eureka en la esquina de las actuales calles Presidente Cárdenas y Emilio Carranza, después abrieron La Colmena y más tarde El Águila.
La Estrella se estableció en 1894, durante el gobierno de Garza Galán. Su fundador fue Francisco Rodríguez González, a quien sus amigos apodaban “El Chico Pelón”, y quien lo operó personalmente en sus primeros años. A su muerte, el negocio quedó en manos de sus hijos, Jesús María Rodríguez y el doctor Antonio Rodríguez. Llevaba los libros un tal Agustín Valdés.
Por razones que no quedaron registradas, el negocio entró en dificultades y los hermanos Rodríguez vendieron el molino a la firma de los señores Valet, dueños de Harina del Golfo, en el puerto de Tampico. La compra la había gestionado su gerente, don Edmundo Fuentes Beráin, pero los Valet no estuvieron conformes: ellos trabajaban con trigo importado de Estados Unidos y el negocio de Saltillo no encajaba en su operación. El resultado fue que el propio Fuentes Beráin se quedó con el molino. A su muerte pasó a su viuda y a sus hijos, que lo conservaron hasta los años finales de su historia.
En marzo de 1958 comenzó el desmantelamiento del edificio. Tanto la maquinaria como la madera de la construcción se vendieron, y con eso se cerró la historia de uno de los molinos que, junto con el Fénix, había marcado a la industria harinera moderna en Saltillo.