Blas, el dragón malabarista que dejó de ser payaso
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De día desafía la gravedad y de noche escupe fuego. Blas fue albañil, payaso, padre y sobreviviente de sus propios naufragios. Hoy, a los 37 años, espera un nuevo hijo mientras intenta mantener en el aire los pedazos de una vida que se le ha caído más de una vez.
El semáforo se pone en rojo y el hombre comienza a trabajar. Tiene treinta y siete años, algunas cicatrices que no se ven y una habilidad extraordinaria para lanzar objetos al aire sin que ninguno termine en el suelo. Las clavas suben y bajan obedientes, como si la gravedad hubiera decidido concederle una tregua.
Está parado sobre una tabla que descansa en un cilindro, encima de una pequeña escalera. Mantiene el equilibrio mientras hace girar las clavas y sostiene un balón tan viejo que parece haber rodado por todas las calles de México. Debajo de sus pies, los automóviles esperan impacientes.
Un conductor revisa el teléfono. Otro golpea el volante siguiendo una canción. Una mujer sube el cristal cuando lo ve acercarse. En el asiento trasero de un automóvil, un niño contempla el espectáculo con la boca abierta y las manos pegadas a la ventanilla.
El hombre hace una última pirueta. Atrapa las clavas, recupera el equilibrio y agradece con una reverencia, el niño aplaude, su padre busca una moneda. El espectáculo ha durado menos de un minuto.
Ninguno de ellos sabe que aquel hombre recorrió medio país detrás de un circo, que tuvo dos hijos a los que no ve, que perdió a la mujer que amaba y que conoció tantas drogas que hubo un tiempo en que parecía más fácil desaparecer que seguir viviendo.
Tampoco saben que lleva más de cuatro años sin consumirlas, ni que está enamorado otra vez.
El semáforo cambia a verde. Recoge unas cuantas monedas y regresa a la banqueta.
Se llama Blas. Y tiene que esperar a que el mundo vuelva a detenerse.
El muchacho que construía edificios
Blas nació en Puebla, pero fue en la Ciudad de México donde comenzó a levantarse la historia que terminaría derrumbándole casi todo.
Llegó siendo joven para trabajar en la construcción. Cargaba materiales, obedecía instrucciones y terminaba las jornadas con las manos endurecidas y el cansancio metido hasta los huesos.
La ciudad era inmensa. Tan grande que podía tragarse parte de su historia y, años después, eructarla.
Por las mañanas, mientras caminaba entre miles de desconocidos, veía pasar vendedores, oficinistas, estudiantes y hombres que, como él, llevaban el almuerzo en una bolsa de plástico. Todos parecían saber adónde iban, aunque seguramente muchos estaban tan perdidos como él.
En alguna de aquellas jornadas conoció a una muchacha cerca de la Torre Latinoamericana, fue en unos tacos. Había ruido, gente comiendo de pie y el olor de la carne sobre la plancha, y entonces algo ocurrió, Blas, que hasta entonces había trabajado para que los edificios permanecieran firmes, comenzó a sentir que el suelo se movía debajo de sus pies.
La muchacha trabajaba en un circo. Y desde que se conocieron comenzaron a estar juntos.
No tardó mucho en descubrir que enamorarse de una mujer de circo significaba también enamorarse de una vida sin domicilio permanente, donde las ciudades se conocen por sus plazas, las despedidas ocurren cada semana y el hogar es cualquier sitio donde puedan acomodarse unas cuantas pertenencias.
El padre de ella era payaso. Había pasado buena parte de su existencia haciendo reír a desconocidos, hasta que la diabetes le arrebató una pierna. Hay una crueldad difícil de explicar en el destino de un payaso que pierde una pierna. Alguien que había utilizado su cuerpo para provocar carcajadas tenía que aprender a vivir con una ausencia.
Y Blas, que nunca había imaginado otra profesión que la de albañil, terminó ocupando el lugar de aquel hombre.
Aprendió a maquillarse, a provocar risas, a equivocarse deliberadamente para divertir al público. Descubrió que hacer reír a un niño podía ser mucho más complicado que levantar una pared.
También aprendió malabarismo y algunos trucos de magia.
Al principio se le caían las cosas, como a todos. Pero insistió hasta que sus manos comenzaron a entenderse con los objetos sin necesidad de ponerse de acuerdo.
El circo, sin embargo, todavía tenía otros secretos reservados para aquel muchacho de Puebla. Entre los artistas había un hombre gitano que dominaba uno de los espectáculos más inquietantes de la compañía: escupía fuego.
Blas lo observaba convertir pequeñas llamaradas en enormes lenguas de luz. El hombre tenía esa extraña familiaridad con el peligro que sólo adquieren quienes llevan años conviviendo con él. Fue aquel artista quien le enseñó el oficio.
Blas descubrió que el fuego no entendía de aplausos ni perdonaba descuidos. Era un compañero caprichoso, capaz de iluminar un rostro o desfigurarlo con la misma indiferencia.
Aprendió aquella peligrosa disciplina y la incorporó a su repertorio.
Aunque entonces no podía imaginar que, muchos años después, cuando el circo fuera apenas un recuerdo y su vida hubiera dado tantas vueltas como sus clavas, aquella vieja enseñanza volvería a acompañarlo.
La familia debajo de la carpa
Nunca se casaron. Tuvieron dos hijos. Durante un tiempo fueron una familia que viajaba de pueblo en pueblo, cargando sus pertenencias, sus rutinas y sus esperanzas.
Conocieron ciudades del Bajío y del sur de México. Lugares donde el circo llegaba anunciándose como una maravilla y se marchaba dejando únicamente las marcas de las estacas sobre la tierra. En cada población había que comenzar de nuevo. Montar, ensayar, trabajar, desmontar. Y volver a partir.
La vida debajo de una carpa tiene una extraña manera de confundir la alegría con el cansancio. Afuera, la gente compra boletos para olvidar sus problemas durante un par de horas. Adentro, los artistas tienen los mismos problemas que cualquiera, pero deben resolverlos antes de que comience la función. Blas aprendió a vivir así.
La última función del payaso
Había días buenos, días malos y días en que el dinero apenas alcanzaba para llegar al siguiente pueblo, pero estaba con ella, y con sus hijos. Eso parecía suficiente.
Hasta que apareció un malabarista de Tijuana. No sabemos en qué momento comenzó el engaño. Lo cierto es que fue en Valladolid, Yucatán, donde descubrió que la mujer con la que había compartido su vida se había enamorado de otro hombre.
Resultaba una ironía demasiado dolorosa: él, que había aprendido a mantener tantos objetos en el aire, no había podido sostener su propia felicidad.
No hubo truco capaz de arreglarlo, ni maquillaje suficiente para ocultar la tristeza.
En la ópera Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, hay un momento en que Canio descubre que su mujer ama a otro hombre. Está destrozado, pero la función debe comenzar. Tiene que vestirse de payaso, pintarse el rostro y salir a provocar carcajadas mientras su mundo se viene abajo.
Entonces canta Vesti la giubba, una de las arias más desgarradoras de la historia de la ópera. Su tragedia consiste en tener que representar la alegría cuando ya no le queda ninguna.
Blas ni siquiera conoce la historia de Canio, pero terminó interpretando el mismo papel, sólo que sin orquesta, sin telón y sin un teatro lleno de espectadores.
Regresó a la Ciudad de México con el corazón hecho pedazos y el maquillaje de payaso todavía entre sus pertenencias.
Dejó atrás el circo, a la mujer que amaba y la vida que había construido, también dejó a sus hijos. Esa es una parte de la historia que todavía le pesa. No los ve, los extraña, pero tampoco está preparado para encontrarse con ellos.
Blas sabe que sus hijos están creciendo en alguna parte de México. Que tienen una vida en la que él no participa, y que probablemente existen recuerdos familiares en los que su rostro no aparece.
No necesita que nadie se lo recuerde, hay días en que el recuerdo llega solo y no hay malabarismo que lo distraiga.
Y siguió trabajando.
Se pintaba la cara, dibujaba una sonrisa sobre su tristeza y salía a divertir desconocidos que no tenían la menor idea de lo que estaba ocurriendo detrás de aquella máscara.
Era una crueldad del oficio: cuanto más triste estaba, más tenía que esforzarse por parecer feliz. El público reía, él también. Pero la suya era una risa prestada.
Con el tiempo comenzó a aborrecer a los payasos. No a los hombres que se esconden detrás de esas narices rojas, sino a lo que el personaje había terminado representando para él.
La obligación de estar alegre, la sonrisa que no podía quitarse, la necesidad de hacer reír a los demás cuando lo único que deseaba era dejar de fingir.
Terminó abandonando el maquillaje, las clavas, al menos, no le exigían sonreír.
Podía lanzarlas al aire con los ojos cansados, con el alma hecha trizas, con las lágrimas todavía escondidas en algún rincón de la memoria. La gravedad no distingue entre un hombre feliz y uno desgraciado, a ambos les devuelve los objetos con la misma indiferencia. Y Blas aprendió a atraparlos, hasta que hubo días en que ya no pudo atraparse a sí mismo.
La ciudad que se traga a los tristes
La Ciudad de México lo recibió como suele recibir a quienes regresan derrotados: sin preguntarles dónde habían estado.
Ya no era el muchacho que levantaba edificios, sino un artista que intentaba ganarse la vida frente a personas que rara vez tenían tiempo para mirar.
Trabajó como malabarista ambulante, y comenzó a consumir drogas.
Primero unas, después otras, hasta conocer prácticamente todas las sustancias que podían ofrecerle unas horas de olvido.
Las drogas no le devolvieron a su mujer, no lo acercaron a sus hijos ni consiguieron que Valladolid desapareciera de su memoria, solamente fueron llevándose lo poco que todavía conservaba.
La ciudad estaba llena de gente, pero él se sentía solo.
Hay tristezas que no hacen ruido. Se acomodan en el pecho, se vuelven costumbre y terminan convenciéndonos de que ya no existe otra manera de vivir.
Durante aquella época, su espectáculo continuaba.
Las manos seguían recordando los movimientos. Los objetos subían, giraban y descendían con la misma precisión de siempre, el público podía ver al artista, pero no al hombre que se estaba desmoronando.
Hasta que un día decidió cambiar.
No bastó con sacar un pañuelo de la manga ni pronunciar unas palabras misteriosas, rehabilitarse significó enfrentarse a sí mismo, a sus recuerdos, a la dependencia y a la tentación de regresar al lugar del que intentaba salir.
Lo consiguió. Hoy lleva más de cuatro años sobrio.
Cuatro años que no se cuentan solamente en calendarios, sino en mañanas difíciles, decisiones pequeñas y noches en las que tuvo que aprender a vivir sin escapar de su propia historia.
El hombre que había perdido tantas cosas logró recuperar una de las más importantes: a sí mismo.
Un amor entre chicharrones
Dicen que el amor aparece cuando menos se espera.
En el caso de Blas, reapareció en un mercado.
Entre puestos, vendedores, bolsas de plástico y el olor inconfundible de los chicharrones.
Estaba comprando algo para comer y allí conoció a una mujer diez años menor que él.
Resulta curioso que sus dos grandes historias amorosas hayan comenzado alrededor de la comida. La primera, junto a unos tacos cerca de la Torre Latinoamericana. La segunda, entre chicharrones de mercado.
Como si el destino, después de tantas desgracias, hubiera decidido que al menos el amor debía encontrarlo con hambre.
Ella tiene veintisiete años. Él, treinta y siete. La diferencia de edad no parece preocuparles tanto como las opiniones de quienes los rodean.
La familia de ella no ha recibido con agrado la relación. Y es que Blas no tiene precisamente el currículum que cualquier familia imaginaría para el hombre que acompaña a una hija. No tiene una profesión convencional, ni un ingreso fijo, ni una historia libre de tropiezos.
Tiene un pasado difícil, dos hijos a los que no ve y una vida que cabe en unas cuantas pertenencias. Trabaja en los cruceros, viaja, hace malabares y está enamorado. No siempre es suficiente para convencer a los demás. Pero, por ahora, parece ser suficiente para ellos.
Cuando despierta el dragón
La tarde comienza a morir sobre Saltillo.
El cielo pierde lentamente su azul y los automóviles encienden las luces. La ciudad adquiere ese aspecto cansado de las horas en que todos quieren llegar a casa.
Blas todavía tiene trabajo, ahora guarda sus clavas, recoge la tabla, el cilindro y el balón desgastado. Los automóviles continúan pasando. El ruido de los motores se mezcla con el de las bocinas y las conversaciones que escapan por las ventanillas abiertas.
Habían pasado muchos años desde que aquel gitano le enseñara a conversar con el fuego. Blas había olvidado ciudades, rostros y hasta algunas razones para seguir adelante. Pero sus manos todavía recordaban el oficio.
Ahora le toca despertar al dragón. Una llamarada rompe la oscuridad. El fuego se multiplica sobre los parabrisas, tiñe de naranja los cofres de los automóviles y durante unos segundos convierte aquel crucero en una sucursal diminuta del infierno.
Blas ha vuelto a escupir fuego. La oscuridad le ofrece un escenario diferente. Ya no necesita que los automovilistas distingan sus movimientos a plena luz. Una llamarada basta para reclamar la atención de todos.
Los conductores levantan la mirada. Alguno baja el cristal. Los niños se sorprenden. Una mujer que había permanecido indiferente durante la espera voltea cuando la llamarada ilumina el interior de su automóvil.
El fuego desaparece tan rápido como apareció. Queda un breve resplandor en los ojos de quienes lo observaron. Blas recoge sus instrumentos y camina entre los vehículos.
El fuego no es un juguete. Exige preparación y entraña riesgos que ningún aplauso consigue eliminar.
Pero Blas ha decidido convertirlo también en parte de su oficio. Conoce otras formas de quemarse. Hubo una traición que le incendió el corazón en Valladolid. Hubo sustancias que estuvieron a punto de consumirlo por dentro. Hubo noches en las que el recuerdo de sus hijos ardía mucho más que cualquier llamarada.
Y hay una nueva razón para seguir escupiendo fuego. Su compañera está embarazada.
A los treinta y siete años, Blas volverá a ser padre.
La noticia tiene una felicidad incompleta, porque mientras imagina al hijo que viene en camino, existen otros dos que ya están creciendo sin él y eso le duele.
Blas no sabe cómo será esa vida. Ni cuánto dinero necesitará. Ni en qué ciudad estará cuando nazca su hijo. Por ahora tiene sus instrumentos, una mujer que lo ama y un oficio que depende de la duración de los semáforos. El futuro, como sus clavas, permanece suspendido en el aire. Y él mantiene las manos abiertas.