Genealogía de San Esteban de la Nueva Tlaxcala
De los apellidos nahuas que trajeron los fundadores de San Esteban en 1591, solo uno sobrevive hasta hoy: Caltzoncit
En 1591 un grupo de familias tlaxcaltecas salió del señorío de Tizatlán con la encomienda de poblar el norte de la Nueva España. Serían los colonizadores que ayudarían a que la villa de Santiago del Saltillo pudiera existir: el acuerdo logrado por los tlaxcaltecas con la Corona española los reconocía como “pacificadores”, gente de confianza que ayudaría a contener a los grupos nómadas de la región que los españoles llamaban Tierradentro. Fundaron San Esteban, justo al lado de la villa española del Saltillo, con ellos trajeron su lengua y su forma de nombrarse. Con el tiempo dejaron los documentos que hoy permiten reconstruir su historia: los testamentos guardados en el Archivo Municipal de Saltillo dan una idea clara de quiénes fueron y cómo se hacían llamar.
Esos testamentos son la fuente más rica para entender qué pasó con los apellidos de los primeros pobladores. En los siglos XVII y XVIII aparecen registrados nombres como Quiyauhtzin, Xochitlanemi, Catea, Xochicuetzin, Quaustlapitzqui y Caltzoncit. Son apellidos nahuas, propios de quienes fundaron el pueblo de San Esteban y durante décadas convivieron sin mayor problema con los nombres de pila cristianos que la evangelización ya había impuesto. Un hombre podía llamarse Juan Quiyauhtzin o una mujer María Xochicuetzin, una costumbre que se fue arraigando hasta parecer normal.
Ese equilibrio no duró mucho. A partir del siglo XVII empezó un proceso lento pero constante de sustitución: los apellidos nahuas fueron cediendo terreno a los españoles. La pérdida fue el resultado acumulado del dominio cultural español, que hacía cada vez más común que los indígenas adoptaran nombres castellanos, sobre todo en los bautismos de niños y, en el caso de los adultos, en el registro formal de los testamentos.
CÓMO SE GANABAN LOS APELLIDOS NUEVOS
Había dos vías principales para conseguir un apellido español. La primera tenía que ver con el santoral: se tomaba el nombre del día en que ocurría alguna ceremonia religiosa importante. Así se explican apellidos como Bautista, ligado a la fiesta de San Juan Bautista; Reyes, por el día de los Reyes Magos; De la Cruz, por la festividad de la Santa Cruz; Ramos, por el Domingo de Ramos; y Santos, por el día de Todos los Santos. Son apellidos que hoy suenan comunes en cualquier parte de México, pero que en San Esteban tienen un origen concreto y con fecha en el calendario.
La segunda vía era el padrinazgo. Cuando un adulto indígena era bautizado, no era raro que tomara el apellido de quien lo apadrinaba. Los documentos registran casos de tlaxcaltecas que terminaron llamándose Gil, Serrano, Llerena, Miguel, Pascual, Fernández o Ventura simplemente porque así se llamaba su padrino el día del bautismo. A esto se suman apellidos europeos que fueron entrando por el contacto cotidiano con la población española y con otros grupos de la región noreste: Cavazos, que aparece ya en el siglo XVIII, González, Hernández, Benavides, Cantú y De León.
El resultado, generación tras generación, fue la desaparición casi total de los apellidos nahuas originales. De esa primera lista: Quiyauhtzin, Xochitlanemi, Catea, Xochicuetzin y Quaustlapitzqui, los registros del Archivo Municipal señalan que solo uno sobrevive hasta la actualidad: Caltzoncit, que en algunos documentos aparece también como Calzoncit. Sus portadores originales formaban parte de ese primer grupo que salió de Tizatlán para poblar San Esteban. Por razones que las fuentes no explican del todo, tal vez porque era más fácil de pronunciar y escribir, el apellido resistió donde los demás se perdieron. No hay una etimología clara de qué significa la palabra, pero su permanencia lo convierte en una especie de testigo suelto de la lengua que se hablaba en San Esteban en sus primeros años, el náhuatl.
APELLIDOS VINCULADOS A LA REGIÓN O IDENTIDAD
Hubo una tercera vía para conseguir apellido, distinta del santoral y del padrinazgo: tomar el nombre del lugar. Entre los tlaxcaltecas con cargos de autoridad era común identificarse con el sitio que gobernaban o servían, como hacían también algunos funcionarios españoles que se apellidaban Ávila, Burgos o Segovia por el pueblo de origen. En San Esteban, el caso más temprano y mejor documentado de esta práctica es el de Andrés del Saltillo.
Andrés del Saltillo aparece en los documentos desde 1611, cuando empieza a registrar testamentos, peticiones y mandatos, la mayoría en náhuatl. Durante casi veinte años, hasta 1630, fue el escribano de referencia del pueblo, y llegó a ser gobernador de San Esteban hacia 1627, cargo que volvió a ejercer hacia 1652, ya entrado en años. En esos periodos ordenaba desde el reparto de tierras hasta asuntos tan puntuales como el acopio de madera para la cárcel del pueblo. Además, fue alcalde, maestro de capilla, intérprete, nahuatlato, en el término de la época, y maestro de escuela, con alumnos que llegaron lejos: Francisco Flores, que se hizo fraile carmelita, y Joseph Guajardo, que llegó a licenciado, cura y vicario del Nuevo Reino de León.
Murió hacia 1671, sin descendencia de su esposa Juana Francisca, quien había fallecido veinte años antes. Al no tener hijos, sus bienes pasaron a sus hermanos Ventura Juan Valverde, Francisco Andrés, Isabel Juana y Elena Francisca, lo que después derivó en un conflicto legal con las hijas legítimas que Juana Francisca tenía de un vínculo previo, quienes reclamaban esos mismos bienes por derecho.
El apellido que adoptó, “del Saltillo”, era una manera de anunciar quién era y desde dónde ejercía su autoridad, algo que ni su padre ni los primeros tlaxcaltecas que llegaron al pueblo habían necesitado, porque entre ellos el apellido al estilo español todavía no se usaba. San Esteban, de hecho, era nombrado en los documentos de la época como “San Esteban Tizatlán, nombrado del Saltillo”, y llamarse así equivalía a presentarse como uno de los principales de ese pueblo específico, distinto de los españoles de la vecina villa de Santiago del Saltillo.
Algo parecido ocurre con el apellido Maldonado, que también se repite entre quienes gobernaron San Esteban: Ventura Maldonado aparece como gobernador en 1688 e Isidro Maldonado en 1717. A diferencia de Del Saltillo, Maldonado es un apellido español de linaje, no un topónimo adoptado, pero su recurrencia confirma lo mismo: en San Esteban ciertos apellidos terminaban asociados de manera casi automática con el poder local, sin importar si su origen estaba en una festividad, un padrino o el nombre de la tierra que gobernaban.
LOS APELLIDOS QUE SE REPITEN EN LOS TESTAMENTOS
Entre los apellidos ya hispanizados, dos aparecen una y otra vez en los registros del pueblo, aunque por razones distintas: Valverde y Luna.
Luna es, ante todo, un apellido de la base social del pueblo. Aparece en testamentos de jefes de familia y propietarios a lo largo de todo el periodo colonial: Joseph de Luna, hijo del capitán Antonio de Luna, en 1702; Antonio de Luna, hijo de Diego de Luna, en 1716; Josefa de Luna en 1765; Juan Francisco de Luna en 1771; José Francisco de Luna en 1791; Domingo de Luna en 1803. También se encuentra combinado en nombres más largos, como Juan Favián Sebastián de Luna o Pedro Pascual Bavlón de Luna, costumbre de la época de encadenar varios nombres de pila antes del apellido. Hacia finales del siglo XVIII incluso aparece un Luna ejerciendo como escribano, Andrés de los Santos Luna, aunque ese no fue el papel principal de la familia en el pueblo.
LA SAGA DE LOS ESCRIBANOS VALVERDE
Valverde es distinto. No es un apellido que se reparta entre decenas de familias comunes, sino el de una saga de escribanos que controló el oficio de la fe pública en San Esteban durante más de siglo y medio.
San Esteban no dependía de la villa de Saltillo. Era un pueblo de indios con gobierno propio, sujeto directamente al virrey, y esa autonomía, que se sostuvo durante unos 250 años, incluía tener sus propios escribanos y su propio archivo, separado del español. Quien ocupara ese puesto no solo redactaba documentos: era quien le daba validez legal a los testamentos, los repartos de bienes y los inventarios de todo el pueblo.
Los escribanos tlaxcaltecas se formaban bajo la tutela de los franciscanos, lo que les daba nociones de latín y hasta de griego. Eso se nota en cómo escribían los nombres: usaban formas como Anthonio, Anttomo o Augustín, apegadas a sus raíces grecolatinas, en vez de las formas simples del castellano corriente. Un caso llamativo es la abreviatura Xpto val para Cristóbal, que retoma la X y la P griegas de Xristós, señal de que quien la usaba entendía su significado. También aplicaban una lógica gramatical propia a los nombres femeninos, forzando terminaciones en “a” donde el castellano no lo exigía: Rosaría en vez de Rosario, Encarnaciona en vez de Encarnación.
El primero de esta línea es Juan o Joan Bentura de Valverde, activo entre 1652 y 1662. En 1684 se le menciona también como maestro de capilla, señal de que su formación incluía también la música litúrgica, otro terreno propio de la instrucción franciscana. Después de él viene Bernabé Agustín Valverde, en las primeras décadas del siglo XVIII, encargado de registrar tanto testamentos nahuas como españoles. Le sigue Antonio Bernabé Valverde, activo hacia 1720-1722, quien murió intestado alrededor de 1760, una ironía menor para alguien de una familia dedicada a dejar constancia legal de las voluntades ajenas. A mediados de siglo aparece Francisco Xavier Valverde, entre 1739 y 1748, al frente de la escribanía del cabildo tlaxcalteca.
El miembro más prolífico de todos es Joseph Martín Valverde. Entre 1769 y 1780 su nombre aparece en decenas de documentos: testamentos, inventarios, repartos de bienes. Durante esos años prácticamente no se otorgaba un documento oficial en San Esteban sin que pasara por su pluma. Cierra la saga José Luis Valverde, activo hacia finales del siglo XVIII y principios del XIX, ya en los años previos a que los archivos del pueblo y de la villa terminaran fusionándose.
El apellido no se quedó únicamente en la escribanía. En 1804 aparece un Aparicio Valverde como gobernador de San Esteban, señal de que el prestigio acumulado con la pluma y la ley les abrió también la puerta del gobierno. Fuera del oficio, otros Valverde aparecen simplemente como testadores o vecinos, Mariana Valverde en 1765, José de la Cruz Valverde en 1764, María Zapopa Valverde en 1779—, prueba de que la familia también tenía una vida fuera de la escribanía, aunque fue esta la que terminó definiendo su lugar en la historia del pueblo.
EL APELLIDO DE LA CRUZ
De la Cruz terminó siendo uno de los apellidos más extendidos en los barrios de San Esteban. No se concentró en un solo oficio como Valverde, aunque también dio algún escribano, Andrés Martín de la Cruz, activo entre 1724 y 1727, y hasta un intérprete, Simeón de la Cruz, que en 1814 asistió en pleitos de tierras. Aparece sobre todo entre testadores comunes: Francisco de la Cruz, indio principal, testó en 1669 dejando sus bienes a su esposa Juana y a sus hijas Antonia, Estébana, Inés y Cristina; Marcos de la Cruz Valdés hizo lo propio en 1787 entre sus hijos Antonio Bernardino, José Santiago, José de los Santos y María Sipriana. También hubo mujeres que defendieron el patrimonio bajo este apellido, como Petronila de la Cruz, a quien en 1791 el protector del pueblo le restituyó un terreno, y varias Elenas de la Cruz que, de generación en generación, actuaron como albaceas y herederas.
DOS MANERAS DISTINTAS DE DEJAR HUELLA
Puestos uno junto al otro, Valverde y Luna muestran dos caras del mismo proceso: Luna se multiplica entre la gente común, generación tras generación de testadores sin cargo especial; Valverde se concentra en una función y durante siglo y medio fue casi sinónimo del oficio de escribano en San Esteban.
Si usted conoce a alguien de Saltillo cuya familia sea portadora de estos apellidos, Calzoncit, Luna, Valverde, De la Cruz, Bautista, Cázares, Suárez, Reyes, Ramos y Santos, tiene claramente una ascendencia tlaxcalteca, una distinción de la que deberían sentirse orgullosos: no descienden de un pueblo sometido, sino de aliados fundadores que gobernaron su propio pueblo durante dos siglos y medio, que formaron generaciones de escribanos, maestros e intérpretes, y cuyo linaje puede rastrearse con nombre y fecha en actas que ellos mismos redactaron. Es una herencia que muchos todavía ignoran o prefieren negar.