Ni flojera ni falta de voluntad: mitos, señales y cosas ciertas sobre las enfermedades mentales

Ni flojera ni falta de voluntad: mitos, señales y cosas ciertas sobre las enfermedades mentales

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Una mirada clara y humana a los trastornos mentales, sus señales de alerta y los prejuicios que todavía dificultan pedir ayuda.

Saltillo
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Mayela tiene 43 años. Sonríe cuando llega a la oficina, saluda a todos y cumple con su trabajo. Nadie imagina que cada mañana libra una batalla silenciosa para reunir la fuerza necesaria y levantarse de la cama. Lleva meses sintiendo que la vida perdió el color, pero ha aprendido a fingir que todo está bien.

Antonio dejó de aceptar invitaciones. Antes organizaba las reuniones con los amigos; hoy, el simple hecho de imaginar un restaurante lleno de gente hace que el corazón se le acelere, las manos le suden y el pecho se le cierre. Siempre encuentra un pretexto para quedarse en casa.

Daniela revisa una vez más que la estufa esté apagada. Luego verifica la puerta. Después vuelve a la estufa. Sabe perfectamente que ya comprobó todo, pero una voz insistente le dice que, si no vuelve a hacerlo, algo terrible ocurrirá. Cada mañana pierde casi una hora en una rutina que nadie logra entender.

$!Ni flojera ni falta de voluntad: mitos, señales y cosas ciertas sobre las enfermedades mentales

Javier siempre fue “el distraído”. De niño olvidaba la tarea; de adulto pierde las llaves, deja proyectos a medias, cambia constantemente de empleo y siente que su mente nunca descansa. Más de una vez lo llamaron irresponsable, cuando en realidad llevaba años luchando contra algo que ni él mismo comprendía.

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Marcela mira su plato con miedo. Comer dejó de ser un acto cotidiano para convertirse en una batalla contra su propia mente. Un día come impulsivamente y después la invade una culpa insoportable; al siguiente decide pasar horas sin probar alimento. Nadie alcanza a ver la guerra que libra frente al espejo.

Depresión. Ansiedad. Trastorno obsesivo-compulsivo. Trastorno por déficit de atención en adultos. Trastornos de la conducta alimentaria.

Podrían ser tus vecinos, tus compañeros de trabajo, tus hijos, tus padres, tu pareja, o incluso tú. Todos tienen algo en común. Viven con un trastorno de salud mental.

Y la lista continúa: trastorno bipolar, esquizofrenia, ataques de pánico, adicciones y muchas otras condiciones que durante décadas permanecieron escondidas detrás del silencio, la culpa y los prejuicios.

Todavía hay quien piensa que la depresión se cura “echándole ganas”. Que es exageración. Que quien acude con un psiquiatra está “loco”. Que los medicamentos cambian la personalidad.

Para entender qué hay de realidad y qué hay de mito detrás de las enfermedades mentales, conversé durante más de una hora con el doctor Jesús Eliud Garza Montemayor, en su consultorio en el Centro de Salud Mental Integral en la colonia Latinoamericana en Saltillo. Médico psiquiatra formado en la Universidad Autónoma de Nuevo León y especialista egresado del CESAME en Saltillo, con aval del Tecnológico de Monterrey.

$!Garza Montemayor señala que acudir con un psiquiatra no debería considerarse la última opción: reconocer que se necesita ayuda puede evitar años de sufrimiento silencioso.

Lo primero que descubrí fue que detrás del especialista hay un hombre tranquilo. Habla despacio. Piensa cada respuesta antes de pronunciarla. No parece tener prisa. Como si durante años hubiera aprendido que, para entender la mente humana, primero hay que aprender a escuchar.

Desde hace dieciocho años Saltillo ya es parte de su historia.

Pero su interés por la mente humana comenzó mucho antes.

No hubo un familiar enfermo. Tampoco una experiencia personal que lo marcara.

Lo suyo nació de la curiosidad.

—Yo estaba entre estudiar medicina o psicología —recuerda mientras baja ligeramente la mirada, como si buscara aquellos años entre los recuerdos—. Me intrigaba muchísimo el comportamiento humano. Me preguntaba por qué la gente lloraba diferente en un funeral. Por qué dos personas reaccionaban de manera completamente distinta ante una misma situación. Eran preguntas que no sé si muchos adolescentes se hacían... pero yo sí.

Entró a medicina con una idea muy clara. Quería ser psiquiatra. Curiosamente, quienes más dudaban de aquella decisión no eran sus maestros. Eran algunos familiares. Sonríe otra vez.

—Batallé más con ellos que conmigo mismo. Había mucho desconocimiento sobre la psiquiatría. Me preguntaban por qué iba a dedicarme a eso.

Hace veinte años, decir que alguien iba al psiquiatra era casi un secreto familiar.

Una especie de confesión. Algo que pocas personas se atrevían a reconocer. Le pregunto si eso ha cambiado. Se toma unos segundos antes de responder. No le gusta hablar en absolutos.

—No sé si la palabra sea “normalizar” —dice finalmente—. Pero sí creo que se ha hecho un esfuerzo muy importante para hablar de salud mental. Hay más información, más apertura... aunque el estigma sigue ahí.

Y entonces menciona una frase que escucha constantemente en su consultorio.

“Doctor... nunca pensé que iba a terminar con un psiquiatra”.

—Muchos pacientes llegan pensando que acudir con un psiquiatra significa que ya están gravísimos. Como si hubieran recorrido todos los especialistas posibles y nosotros fuéramos la última opción.

$!Hablar de salud mental con información y empatía permite reconocer señales de alerta, combatir los prejuicios y acompañar mejor a quienes atraviesan una crisis.

Niega suavemente con la cabeza.

—No debería ser así.

Lo más llamativo es que ese prejuicio no solamente existe entre la población.

También, admite, persiste dentro del propio gremio médico.

—A veces incluso entre médicos la psiquiatría sigue estando estigmatizada.

La conversación apenas comienza.

Y ya queda claro que, antes de hablar de depresión, ansiedad, bipolaridad o esquizofrenia, hay una enfermedad de la que casi nadie habla.

La desinformación.

La primera pregunta parece sencilla.

Pero, conforme avanza la respuesta, queda claro que alrededor de la psiquiatría existe más desconocimiento del que imaginamos.

—Si tuvieras un minuto para explicarle a cualquier persona qué hace realmente un psiquiatra... ¿qué le dirías?

El Dr. Eliud no tarda demasiado en responder.

—Nos dedicamos a prevenir, promover y tratar la salud mental.

Después hace una pausa, como si quisiera asegurarse de que la siguiente idea no pasara desapercibida.

—Y cuando hablo de salud mental no me refiero solamente a una enfermedad. Hablo de estabilidad emocional, cognitiva, del funcionamiento del cerebro y de la capacidad que tiene una persona para desarrollarse en su vida.

https://vanguardia.com.mx/opinion/salud-mental-masculina-una-tarea-pendiente-GA21471034

Escucha.

Empatía.

Comprensión.

Son tres palabras que repite varias veces durante la conversación.

Pero enseguida agrega una idea que, probablemente, resume una buena parte de su trabajo.

—Dos personas pueden tener exactamente el mismo diagnóstico y necesitar tratamientos completamente distintos.

Levanta ligeramente las manos.

—La psiquiatría también es el arte de individualizar al paciente.

No existen recetas universales. No hay dos depresiones iguales. No hay dos personas con ansiedad que sufran exactamente lo mismo. Ni siquiera dos pacientes con trastorno bipolar viven la enfermedad de la misma manera. Cada historia tiene matices. Cada cerebro también.

Le pregunto entonces por una de las dudas más frecuentes.

La diferencia entre un psiquiatra, un psicólogo y un psicoterapeuta.

Sonríe.

Es una pregunta que, evidentemente, ha respondido muchas veces.

—El psiquiatra primero es médico y después se especializa en trastornos mentales. Eso significa que puede diagnosticar enfermedades, indicar medicamentos cuando son necesarios y comprender también la parte biológica del problema.

Hace una pausa.

https://vanguardia.com.mx/opinion/nosotras-la-salud-mental-tambien-es-desigualdad-JP19612920

—El psicólogo estudia el comportamiento humano. Tiene una preparación distinta y, por supuesto, muy valiosa. Pero no prescribe medicamentos.

Después viene una aclaración que incluso sorprende.

—Y hay algo que muchas personas desconocen. No por ser psiquiatra eres automáticamente psicoterapeuta. Tampoco por estudiar psicología. La psicoterapia también requiere una formación específica.

En su caso, explica, durante la residencia cursó diversas materias relacionadas con psicoterapia y posteriormente decidió profundizar en esa área porque siempre le interesó acompañar al paciente desde ambos enfoques.

En muchas conversaciones suele repetirse: “Todos nos deprimimos”. “Todos tenemos ansiedad”. “Todos somos un poquito obsesivos”.

Pero el Dr. Eliud hace una diferencia importante.

—Sentir tristeza, miedo o preocupación forma parte de la vida.

El problema aparece cuando esas emociones dejan de permitirte vivir.

—Un comportamiento deja de ser normal cuando comienza a generar disfuncionalidad.

Pronuncia la palabra despacio.

Disfuncionalidad.

Después la traduce.

—Cuando empieza a afectar tu trabajo, tu familia, tus estudios, tus relaciones, cualquier área importante de tu vida, ahí ya estamos hablando de un trastorno.

No se trata de etiquetar cualquier emoción.

Se trata de reconocer cuándo esa emoción toma el control de la persona.

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Entonces llega una de las preguntas más incómodas.

—¿Por qué tanta gente tarda años en pedir ayuda?

Suspira.

—Por vergüenza.

La respuesta es tan breve como contundente.

—Todavía hay personas que sienten pena de acudir con un psiquiatra. Como si reconocer que necesitan ayuda fuera una derrota.

Pero no es la única razón.

También está la desinformación.

Recuerda casos de pacientes que pasaron años aislados.

Que dejaron de convivir.

Que perdieron interés por trabajar.

Que dejaron de salir.

Y la familia simplemente terminó diciendo:

“Así es él”.

“Siempre ha sido muy solitario”.

“Tiene un carácter difícil”.

—Con el tiempo eso se normaliza dentro de la familia y nadie se pregunta si detrás de ese comportamiento puede existir una enfermedad.

Hace una pausa.

—Y cuando finalmente llegan con nosotros... ya han pasado muchos años.

https://vanguardia.com.mx/vida/cuales-son-los-principales-signos-de-la-depresion-conoce-todo-sobre-este-trastorno-JE9547469

La conversación inevitablemente aterriza en el presente.

Redes sociales.

TikTok.

Inteligencia artificial.

Videos de un minuto que prometen explicar cualquier trastorno mental.

Le pregunto si estas herramientas ayudan... o complican más las cosas.

Sonríe con cierta resignación.

—Pueden hacer las dos cosas.

Explica que nunca había existido tanta información disponible sobre salud mental.

Pero tampoco tanta desinformación.

—Hoy alguien ve un video de treinta segundos, se identifica con dos síntomas y ya cree que tiene un diagnóstico.

Hace una pausa.

—Incluso llegan pacientes diciendo qué medicamento creen necesitar porque lo vieron en internet.

Sacude ligeramente la cabeza.

—Una red social nunca va a sustituir una valoración clínica.

Un diagnóstico no depende de un video, ni de una lista de síntomas, ni de un test de internet, mucho menos de una respuesta generada por inteligencia artificial.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/saltillo-el-perfil-suicida-es-un-hombre-joven-soltero-y-de-escolaridad-basica-LA21471219

Depende de una historia de vida, del contexto, del tiempo de evolución, de la exploración clínica y de muchas variables que solamente pueden evaluarse durante una consulta.

El tema cambia naturalmente hacia los niños.

Le pregunto si la tecnología está modificando la manera en que crecen.

No duda.

—Sí.

Pero aclara que el problema no es únicamente la pantalla.

Es lo que la pantalla reemplaza.

$!Ni flojera ni falta de voluntad: mitos, señales y cosas ciertas sobre las enfermedades mentales

—El mundo real tiene que volver a ser suficientemente atractivo para los niños.

Explica que una tableta ofrece gratificación inmediata.

Basta con tocar la pantalla.

En cambio, jugar afuera implica buscar amigos, ponerse de acuerdo, inventar reglas, perder, frustrarse, volver a empezar.

—Si todos los niños están frente a una pantalla... ¿con quién va a salir a jugar el que sí quiere hacerlo?

La pregunta queda flotando.

Sin necesidad de respuesta.

Hay otro tema que genera miedo. Los medicamentos psiquiátricos.

Basta mencionar un antidepresivo para que aparezcan frases como: “Te vas a volver dependiente.”. “Te van a cambiar la personalidad”. “Te van a mantener sedado”.

El Dr. Eliud entiende perfectamente de dónde vienen esos temores.

—El miedo es válido.

Hace una pausa.

$!El psiquiatra Jesús Eliud Garza Montemayor explica que los trastornos mentales no son falta de voluntad y que cada paciente requiere una valoración y un tratamiento individualizados.

—Lo que no debe permanecer es la ignorancia.

Explica que muchas personas rechazan un tratamiento sin saber realmente cómo funciona.

—Un antidepresivo no es una pastilla de la felicidad.

Lo dice casi sonriendo.

—Ayuda al cerebro a recuperar estabilidad.

Y esa diferencia cambia por completo la perspectiva.

Porque el medicamento no elimina los problemas.

No hace desaparecer un duelo.

No resuelve un conflicto familiar.

No borra una pérdida.

Lo que hace es permitir que el cerebro vuelva a encontrar el equilibrio suficiente para que la persona pueda enfrentar todo eso con mejores herramientas.

Otra idea falsa persiste desde hace décadas.

Pensar que, una vez iniciado el tratamiento, la persona dependerá de medicamentos toda la vida. Niega con la cabeza.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/saltillo-zaragoza-bellavista-y-saltillo-2000-las-colonias-que-acumulan-mas-suicidios-KA21471281

—No necesariamente.

Hay tratamientos de algunos meses.

Otros duran más tiempo.

Y algunos diagnósticos sí requieren tratamientos prolongados.

Todo depende de cada caso.

Vuelve a insistir en una palabra que ha repetido durante toda la conversación.

Individualizar.

Cada paciente.

Cada enfermedad.

Cada tratamiento.

Incluso cada proceso para retirar un medicamento.

—Lo que nunca debe hacerse es suspenderlo porque uno ya se siente mejor.

Explica que muchas personas abandonan el tratamiento apenas recuperan la estabilidad.

Y justamente ahí comienza el riesgo de recaer.

Porque sentirse mejor no siempre significa que el proceso haya terminado.

El cerebro también necesita tiempo para sanar.

Y, en salud mental, la paciencia suele ser parte del tratamiento.

Hablar del suicidio para hablar de la vida

Hay una palabra que todavía incomoda.

Suicidio.

Basta pronunciarla para que aparezcan silencios incómodos, miradas que esquivan el tema o frases como: “No hables de eso porque puedes darle ideas a alguien”.

Le planteo precisamente esa duda.

—Doctor, ¿hablar del suicidio aumenta el riesgo... o puede salvar vidas?

Eliud se toma unos segundos antes de responder.

Es, quizá, la pausa más larga de toda la conversación.

Finalmente habla.

—Paradójicamente, hablar del suicidio es aprender a hablar del no suicidio.

La frase obliga a detenerse.

Explica que una conversación responsable sobre este tema nunca debe romantizarlo, convertirlo en espectáculo ni explicar métodos.

Su objetivo debe ser exactamente el contrario.

Prevenir.

Abrir espacios para pedir ayuda.

Romper el silencio.

—Estoy convencido de que hablar del suicidio con responsabilidad no lo promueve.

Lo que sí puede hacer daño, aclara, es el sensacionalismo.

Las noticias que describen cómo ocurrió.

Los detalles innecesarios.

Los titulares que buscan impactar antes que informar.

—Cuando hablamos del suicidio tenemos que hacerlo para enseñar a prevenirlo, no para alimentar el morbo.

Le pregunto entonces cuáles son las señales que jamás deberían pasarse por alto.

Su respuesta llega con firmeza.

—Cuando alguien expresa claramente que ya no quiere vivir.

No importa la edad, no importa si parece una broma, no importa si después intenta minimizarlo. Nunca debe ignorarse.

Pero no es la única señal. El aislamiento. La pérdida de interés por actividades que antes disfrutaba. La desesperanza. Los cambios importantes en la conducta. El abandono de las relaciones personales. La sensación constante de que nada tiene sentido. Todo merece atención.

Entonces rompe otro de los grandes mitos.

—No todas las personas que se suicidan están deprimidas.

La afirmación sorprende.

Explica que existen distintos contextos, distintas enfermedades y diferentes circunstancias que pueden llevar a una persona a pensar en quitarse la vida.

Reducir el suicidio únicamente a la depresión, dice, es simplificar un fenómeno mucho más complejo.

Existe otra frase que suele repetirse con demasiada frecuencia.

“El que se quiere suicidar no avisa”.

Le pregunto si eso es verdad.

Niega suavemente con la cabeza.

—Hay muchos mitos alrededor del suicidio.

Y añade uno que considera especialmente peligroso.

—Cuando alguien dice: “Ya no quiero vivir”... nunca debemos dejar ese comentario en el aire.

Aunque después la persona diga que estaba enojada, aunque asegure que solamente era una broma, aunque intente convencer a todos de que no hablaba en serio.

—Ese comentario siempre debe explorarse.

Siempre.

La recomendación es clara. Buscar ayuda profesional. No esperar. No minimizar. No asumir que “se le va a pasar”.

—Nosotros somos quienes debemos valorar el riesgo y determinar qué tan grave es la situación.

Hasta este momento hemos hablado mucho de quienes viven una enfermedad mental.

Poco de quienes caminan junto a ellos: los padres, las parejas, los hijos, los hermanos, los cuidadores. Le pregunto qué les diría. Su respuesta cambia ligeramente de dirección, porque, antes de hablar del paciente, comienza hablando de ellos.

—También necesitan ayuda.

Explica que muchas familias llegan al consultorio buscando respuestas.

Cómo actuar, qué decir, qué no decir, cómo acompañar, cómo poner límites, cómo evitar hacer daño sin querer.

—Muchas veces una consulta también sirve para orientar a la familia.

Comprender una enfermedad mental cambia por completo la manera de convivir con quien la padece. Entonces aparece un concepto del que casi nunca se habla.

El síndrome del cuidador.

—Existe el cuidador desgastado.

Lo dice con total naturalidad. Cuidar durante meses o años a una persona con un trastorno mental grave puede desgastar profundamente, no solamente físicamente, también emocionalmente. El cuidador puede sentirse agotado, frustrado, culpable. Incluso llegar a pensar cosas que después le avergüenzan. No porque haya dejado de querer a la persona.

$!Ni flojera ni falta de voluntad: mitos, señales y cosas ciertas sobre las enfermedades mentales

Sino porque él mismo ha llegado al límite.

—Y eso también necesita atención.

Cuenta que, en ocasiones, el propio cuidador rechaza cualquier ayuda.

Piensa que nadie podrá hacerlo mejor.

Que unas horas de descanso no cambiarán nada.

Que debe cargar solo con toda la responsabilidad.

Pero esa resistencia, explica, también termina enfermándolo.

—Quien cuida también necesita ser cuidado.

Antes de terminar le hago una pregunta difícil.

—¿Cuál considera que es la enfermedad mental más incomprendida?

No menciona la depresión, ni la ansiedad, mucho menos la esquizofrenia. Piensa unos segundos.

—Los trastornos disociativos...

Hace una breve pausa.

—Los trastornos por síntomas somáticos...

Y añade otro grupo.

—También muchos trastornos relacionados con la sexualidad.

Explica que son padecimientos rodeados de enormes prejuicios.

Con frecuencia las personas son acusadas de fingir, de exagerar, de llamar la atención.

Cuando, en realidad, atraviesan procesos profundamente complejos.

—Todavía nos falta muchísimo por comprender.

Y quizá esa sea una de las conclusiones más importantes de toda la entrevista.

La salud mental no solamente necesita más especialistas.

Necesita también una sociedad que aprenda a escuchar antes de juzgar.

Detrás de cada diagnóstico sigue habiendo algo mucho más importante: una persona.

Antes que un diagnóstico, una persona

Cuando termina la conversación, pienso en Mayela, en Antonio, en Daniela, en Javier, en Marcela. En millones de personas que todos los días caminan entre nosotros sin que imaginemos el esfuerzo que les representa hacer algo tan sencillo como levantarse de la cama, concentrarse, comer, dormir o simplemente respirar sin sentir que el pecho se rompe.

Entonces entiendo algo que el doctor Eliud Garza repitió varias veces durante la conversación. Las enfermedades mentales no siempre se ven. No tienen un yeso. No dejan cicatrices visibles. No aparecen en una radiografía. Y quizá por eso resulta tan fácil juzgarlas.

Antes de despedirnos, le pido un último mensaje para la persona que quizá esté leyendo estas líneas y lleve meses —o años— sintiendo que algo no está bien.

Esta vez ya no necesita pensar demasiado. Su voz baja ligeramente. Habla despacio. Como si quisiera que cada palabra encontrara su lugar.

—Lo primero que quiero decirle es que no está solo.

Hace una pausa.

—Y también que entienda algo muy importante: aunque muchas personas puedan tener el mismo diagnóstico, nadie vive esa enfermedad exactamente igual que tú.

El silencio vuelve a instalarse unos segundos.

Después llega la frase con la que, quizá sin proponérselo, resume toda la entrevista.

—No tengas miedo de pedir ayuda.

Y si hoy no tienes fuerzas para hacerlo, pídele a alguien de confianza que la pida contigo.

Buscar ayuda no significa haber perdido una batalla. Significa haber decidido seguir luchando.

Salgo del consultorio con la sensación de que todavía nos falta mucho por aprender sobre salud mental. Nos falta información. Nos falta empatía. Nos falta dejar de usar palabras como “loco”, “débil”, “dramático” o “échale ganas” para explicar aquello que no comprendemos. Pero, sobre todo, nos falta recordar algo muy sencillo.

Antes de cualquier diagnóstico... antes de cualquier receta... antes de cualquier consulta... siempre hay una historia. Siempre hay una familia. Siempre hay una vida que merece ser escuchada. Y, antes que un paciente, siempre hay una persona.

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Escritor y especialista en narrativa y comunicación. Con más de 20 años de experiencia en medios y comunicación estratégica, ha construido una trayectoria que articula periodismo, storytelling y desarrollo de proyectos editoriales.

Inició su carrera en espacios como Televisa Monterrey, Grupo Reforma, Multimedios Radio y Periódico Vanguardia, donde ha ganado tres Premios Estatales de Periodismo.

Es autor de Dinolibros, una colección infantil que aborda la salud socioemocional a través de historias simbólicas. Su trabajo se distingue por una narrativa sensible y una mirada cercana a las emociones que habitan lo cotidiano.

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