Pasta de caña de maíz y cantera: el Santo Cristo y la catedral de Saltillo

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Saltillo
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Un recorrido por la historia, las técnicas y los secretos del Santo Cristo de la Capilla y la catedral de Santiago revela el valor artístico, religioso y cultural de dos símbolos de la identidad saltillense

Hace unos días visité Morelia, Michoacán, una de las joyas del arte colonial mexicano, cuyo Centro Histórico fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1991. Recorrí varios de sus espléndidos museos.

Debo decir que lo más valioso fue la visita guiada por María Guadalupe García, del Museo de Arte Colonial, quien nos llevó por la historia, las técnicas y los significados de numerosas piezas sacras. Sobresale un conjunto de más de cien cristos, todos hechos en Michoacán. Según nos explicó, la colección perteneció al señor Jesús Huerta, quien la donó al Gobierno del Estado de Michoacán, hace más de cuarenta años.

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Muchas de estas piezas están hechas de pasta de caña de maíz, una técnica de varios siglos que nació en tierras purépechas. Al ver los distintos cristos reconocí de inmediato el parecido con el Santo Cristo que se encuentra en la capilla de la catedral de Santiago. Confieso que sabía poco sobre el tema, y en muy poco rato aprendí mucho.

La guía nos hizo notar el cuidado con que los artesanos purépechas representaban las heridas, las laceraciones y los detalles del cuerpo. En una etapa más tardía se añadieron otros materiales para dar más realismo a las piezas: ojos de vidrio, dientes, cabello natural y piezas de hueso animal. La intención era que el fiel contemplara de cerca el sufrimiento de Cristo y meditara en su sacrificio. Estas imágenes se hicieron para la devoción; hoy se consideran obras de arte sacro.

También nos explicó cómo se hacían los paños de pureza, que ella llamó cendales. Algunos se tallaban directamente en la madera o se moldeaban en la misma pasta de caña; otros se hacían con tela endurecida con adhesivos naturales, que después se pintaba con pigmentos minerales. Los espejos en las cruces, los encajes, las telas finas y los adornos hablaban además de la posición de quien poseía los crucifijos. En los siglos XVII y XVIII, tenerlos era una muestra del poder económico de una familia, y en las casas acomodadas era común un pequeño oratorio donde se colocaban las imágenes, se rezaba y se recibía a las visitas.

Un detalle en el que nunca había reparado fue la manera de distinguir a los cristos según el momento de la Pasión que representan. El implorante, o suplicante, tiene los ojos abiertos y la mirada hacia el cielo, como si aún vivo pidiera ayuda al Padre. El agonizante muestra los últimos momentos de sufrimiento, con los ojos entreabiertos y el cuerpo todavía tenso en la cruz. El muerto tiene la cabeza vencida, los ojos cerrados y el cuerpo sin tensión. Con la postura, el rostro y el tratamiento del cuerpo, los escultores transmitían estados distintos.

Frente a esa colección me pregunté qué tanto sabía sobre el Santo Cristo de la Capilla. Conocía su origen y la fecha de su llegada, pero nunca me había fijado en su postura ni en lo que esta significa. La visita me dejó una impresión difícil de borrar y me llevó a reflexionar sobre la devoción, la importancia y el significado que la imagen del Santo Cristo tiene para los saltillenses desde hace más de cuatro siglos.

ENTRE LA LEYENDA Y LA HISTORIA

En marzo de 1608, Santos Rojo, comerciante español y vecino principal de la villa, volvió a Saltillo de la feria de Xalapa con una escultura de Cristo crucificado entre su carga. La colocó en la capilla de las Ánimas, que había levantado a su costa junto a la iglesia parroquial.

$!Santo Cristo de la Capilla. Pasta de caña de maíz, principios del siglo XVII.
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Una versión popular cuenta otra cosa: el 6 de agosto de 1608 apareció en la plaza una mula sola cargando un cajón de madera; al abrirlo encontraron al Cristo, y la mula desapareció. Pero la imagen tampoco es lo que la leyenda supone. No vino de España ni está tallada en madera: es una escultura de pasta de caña de maíz, de unos cuatro kilos, hecha con una técnica originaria de Michoacán.

Con el tiempo, la devoción al Santo Cristo se volvió la más importante de la comunidad. En 1690, los descendientes de Santos Rojo reedificaron en piedra la vieja ermita de las Ánimas. La construcción de la actual capilla del Santo Cristo empezó formalmente tras la fundación de la Cofradía del Santísimo Cristo, en agosto de 1743, y las bóvedas y la torre se concluyeron en 1762.

En esa etapa la figura principal fue doña Josefa Báez Treviño, bisnieta de Santos Rojo y de Juan Navarro, quien donó sus joyas y bienes y fue la primera mayordoma de la cofradía hasta su muerte, en 1763. Los mineros de La Iguana, en Boca de Leones, Nuevo Reino de León, aportaron más de cien mil pesos al donar toda la plata que se extraía los sábados.

Por esos mismos años, el antiguo templo resultaba insuficiente. El 12 de octubre de 1745, el cura Felipe Suárez de Estrada bendijo y colocó la primera piedra de la nueva parroquia de Santiago Apóstol. La obra quedó a cargo del maestro Nicolás Tadeo Hernández. El bachiller José Martín Sánchez Navarro administró los caudales, y como mayordomo de fábrica, es decir, responsable de la construcción, estuvo Prudencio de Orobio y Basterra, comerciante vasco que había sido gobernador interino de Texas entre 1737 y 1740. Suárez de Estrada llevó un registro riguroso de las limosnas y peonadas, lo que permitió documentar con precisión el costo final.

La obra avanzaba despacio. En noviembre de 1777 pasó por Saltillo fray Juan Agustín de Morfi, quien anotó en su diario que la parroquia era una empresa del cura cuyas ideas excedían la generosidad y la devoción de los vecinos, y que tenía muy poca esperanza de concluirse. Ese mismo año la parroquia dejó de depender del obispado de Guadalajara y pasó al de Linares, que en 1792 fijaría su sede en Monterrey.

Hernández trabajó en la obra cerca de veinte años y murió sin verla terminada. Lo sustituyó Tomás Lucio de Ibarra, que estuvo al frente de 1771 a 1790 y después se fue a la parroquia de Monterrey. Entre 1777 y 1785 aparece como maestro Salvador Cayetano Yáñez de Breña, un mulato. Las reglas de la época procuraban que indígenas y castas no dirigieran obras de importancia, y aun así Yáñez figura como maestro de fábrica. Dejó su nombre grabado en unos medallones de piedra de las sacristías. En 1785 colocó la última piedra de la estructura principal.

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$!Altar del Santo Cristo de la Capilla.

Las sacristías se fueron amueblando en esos años. La de arriba, que hoy es baptisterio, recibió un retablo de los Cinco Señores donado por el cura Agustín de Acosta, quien encabezó la parroquia de 1758 a 1780. Desde 1762 había maestro de capilla para las misas cantadas. En 1770 llegó una Virgen de Guadalupe pintada por José de Alcíbar, discípulo de Miguel Cabrera, que hoy está en la capilla bajo el cubo de la torre. La parroquia ya guardaba una pintura más antigua, de 1719: una Virgen del Carmen con las Ánimas del Purgatorio, de Antonio de Torres.

En 1791 se contrató para los acabados a Ángel Galín y Anglino, a quien llamaban El Catalán y que había trabajado como ingeniero en Texas. Hizo las dos portadas, la principal y la del sur, el púlpito, la cajonería de la sacristía, la reja del coro, la del baptisterio y el retablo mayor. En la fachada combinó columnas salomónicas en el primer cuerpo con pilastras estípites en el segundo, una mezcla poco común que se ve también en El Carmen de San Luis Potosí y en Santo Domingo de Sombrerete. En el entablamento colocó corazones con los monogramas de María y de José, una devoción que habían promovido los jesuitas. La herrería corrió por cuenta de Juan Félix Maldonado, y la puerta del costado la hizo el carpintero Juan Esteban Dávila, que cobró por ella 18 onzas de oro.

La parroquia se bendijo en septiembre de 1800, siendo cura el bachiller Pedro Fuentes, que había servido en San Fernando y en el presidio de San Antonio, en Texas, y había sido párroco de San Esteban. Las celebraciones duraron tres días, con procesiones a las que asistieron autoridades eclesiásticas de Monterrey y los cabildos de la villa y del vecino pueblo de San Esteban.

El bachiller Fuentes, considerado el primer cronista de la ciudad, mandó grabar en lo alto del frontis el costo de la obra: CONS 93000 PS, noventa y tres mil pesos. En el remate de la portada quedó otra inscripción, T. S. J. A. M. C.A. 1745 D. 1800, que se lee como templo de Santiago Apóstol el Mayor, comenzado hacia 1745 y dedicado en 1800. Los muros no lucían como hoy: tenían un acabado en rojo óxido y amarillo ocre.

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Esa cantidad cubría solo el edificio. El interior se pagó aparte: el retablo mayor costó 7,300 pesos, los cristales del camerín del Santísimo 400, el púlpito 120 y el barandal del coro 80. El retablo mayor fue el único que quedó terminado para la dedicación. Era una pieza dorada de tres cuerpos, con estípites, y en el centro tenía una escultura de Santiago peregrino traída de Guatemala. En 1804 se le agregó un frontal de plata, y en 1806 Galín terminó el retablo de san José. En 1809 todavía se recibían donativos para la obra.

En 1891 el papa León XIII creó la diócesis de Saltillo y la parroquia de Santiago pasó a ser catedral. Con la nueva categoría llegó también la torre neoclásica, iniciada en 1893 y terminada en febrero de 1897.

En 1909, el piso de madera del templo se cambió por mosaico. En 1910 se instaló en la fachada de la capilla del Santo Cristo un reloj donado por el presidente Porfirio Díaz y vendido por la relojería La Esmeralda. En la década de 1930 se terminó el altar mayor que se ve hoy.

A mediados del siglo XX, los libros de cuentas llevaban casi dos siglos guardados y pocos saltillenses sabían cuánto había costado el templo o quiénes lo construyeron. En agosto de 1955, el periodista Eduardo Valverde pasó días revisando legajos en el archivo del Sagrario y publicó lo que encontró en cinco entregas en El Diario de Saltillo, que dirigía Benjamín Cabrera. Así se conocieron los costos de la obra, los nombres de los maestros y los detalles de la bendición, por lo menos en esa época.

El quehacer de la historia: Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas
$!La corona trinitaria que porta el Santo Cristo representa al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Hace algunos años, el arquitecto Donato Gutiérrez, quien encabezó una importante remodelación en 2010, me reveló un dato poco conocido: la torre tiene una ligera inclinación hacia el sur, solo un grado. Es un detalle menor, y que siga en pie más de un siglo después habla de lo bien construida que está.

Después de Valverde siguieron otros investigadores. En 1991, Jorge Fuentes Aguirre publicó La catedral de Santiago de Saltillo. Una fe transformada en monumento. Para el bicentenario de la dedicación, María Elena Santoscoy y Esperanza Dávila Sosa reunieron una edición conmemorativa con estudios de varios autores. En 2005, Clara Bargellini, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, publicó La catedral de Saltillo y sus imágenes, el estudio más completo sobre el arte del templo. En 2021, Ana Isabel Pérez-Gavilán escribió una monografía para la colección Edificios emblemáticos de Saltillo, y en 2023, junto con el presbítero Juan Carlos Delgado Arreola, el libro La catedral de Saltillo: un diálogo desde el análisis iconográfico y la cultura católica. En esa bibliografía, no muy extensa pero bien documentada, se basa el presente relato.

UNA PEQUEÑA TRIVIA

Si usted es un saltillense devoto del Santo Cristo, le propongo dos preguntas: ¿qué momento de la Pasión representa la imagen? ¿Y cómo se llama la corona que lleva?

Respuestas. El Santo Cristo de la Capilla es un Cristo muerto. La cabeza cae vencida sobre el pecho, los ojos están cerrados y el cuerpo ya no muestra tensión: representa el momento posterior a la muerte en la cruz. No es un agonizante, que tendría los ojos entreabiertos y el cuerpo todavía tenso, ni un suplicante, que miraría al cielo con los ojos abiertos.

En cuanto a la corona, es una corona trinitaria, que representa la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Colocada sobre la cabeza, une la imagen de Jesús en la cruz con el misterio de la Trinidad. La descripción completa de la imagen sería, entonces, Santo Cristo muerto con corona trinitaria. Para muchos la devoción al Santo Cristo está más viva que nunca.

saltillo1900@gmail.com

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Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

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