Cuando conocí al hombre que cambió la historia

+ Seguir en Seguir en Google
Saltillo
/

El pasado 6 de agosto se cumplieron ochenta y un años del primer lanzamiento de una bomba atómica en la historia

Durante años me reservé una anécdota casi como un secreto, ya que era un tema que a muchos no agradaría. Alfredo López, amigo de la infancia y luego compañero de trabajo, me pedía que la contara una y otra vez: “la del piloto de la bomba”. Accedí cada vez que me lo pidió, siempre versión corta, ante amigos, clientes y hasta directivos de empresa. Cuidando siempre que no sonara a presunción.

Apenas unos días con motivo del aniversario, le tocó escucharla a mi buen amigo Jesús Santos González. Se sorprendió, y me dijo algo que no había considerado: que no cualquiera había tenido la oportunidad de sentarse frente a un personaje tan relevante. Que tenía que escribirla. Dudé en hacerlo. Insistió y mucho.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/saltillo-la-indiada-grande-entre-la-historia-y-la-leyenda-LD22567396

LO QUE ME TOCÓ VIVIR

Un domingo de octubre de 1983 volé a Harlingen, Texas, en un jet privado, rumbo a un festival aéreo de aviones de la Segunda Guerra Mundial. Ahí, en un restaurante, conocí a Paul Tibbets, el hombre que voló el Enola Gay. Le hice dos preguntas, y hasta hoy no he vuelto a sentir nada parecido después de escuchar sus respuestas.

TODO COMENZÓ CON LOS AVIONES DE LA GELATINA

Mi interés por la aviación empezó desde niño con avioncitos de plástico que venían dentro de la gelatina, si mal no recuerdo era Jello; los pequeños modelos eran aviones militares. Con el tiempo el interés creció, fui acumulando libros y revistas sobre el tema. Cuando cumplí veinte años, y gracias al apoyo económico de un cuñado, obtuve mi licencia de piloto.

En mis años de juventud me fui a la Ciudad de México, con esos deseos de comerme el mundo. Un contacto de mi padre me consiguió empleo como burócrata y por las tardes conseguí otro como maestro de fotografía en el Centro de Investigación y Asesoría Educativa.

Cierto día tuve que llevar un trabajo a la casa de los padres de la directora del CIAE. Ahí conocí al ingeniero Servando Chávez Quezada, hombre de peso y gran trayectoria en la industria siderúrgica mexicana, quien compartía conmigo el gusto por la aviación. Entablé amistad con él; semanas después me hizo un par de preguntas que encerraban todo un acontecimiento por venir: “¿tienes pasaporte?”. Sí. “¿Tienes visa?”. Sí. “Te espero el domingo a las siete de la mañana.

UN DOMINGO SIN EXPLICACIONES

Llegué poco antes a su casa, en la colonia Del Valle. A las siete en punto se abrió el portón de la cochera. “Súbete, me dijo, ¿trajiste tu pasaporte?” “Sí”, respondí, sin saber todavía a dónde íbamos. Manejó hacia la parte trasera del aeropuerto de la Ciudad de México, donde están los hangares de aviación general. Ahí nos esperaba un jet Gulfstream I que salía del hangar en ese momento, mientras un grupo reducido de personas comenzaba a abordar la aeronave. Poco antes de las ocho de la mañana ya estábamos en el aire, alcanzando el nivel de crucero. Antes de partir escuché al piloto anunciar por radio el plan de vuelo: nos dirigíamos a Harlingen, Texas. Pregunté al ingeniero Chávez a qué íbamos. Sonrió y solo dijo: “ya verás, te va a gustar mucho”. Entre los pocos pasajeros hice un barrido discreto y noté que yo era el único que llevaba cámara fotográfica.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/conversaciones-con-vito-alessio-robles-EG21363337
$!Paul Tibbets horas antes de cambiar el rumbo de la historia.

EL FESTIVAL AÉREO

Al aterrizar en el aeropuerto de Harlingen, Texas, nos topamos con una multitud que asistía al festival aéreo de aviones de la Segunda Guerra Mundial, evento organizado por la Confederate Air Force, asociación de veteranos que restaura y vuela aeronaves históricas. Pasamos migración y una camioneta tipo van nos recogió; ahí un señor vestido con overall y cachucha, junto con su hijo, nos entregaron una bolsa con varias revistas, una gorra y un botón conmemorativo del avión B-29. Ahí supe quién había invitado al grupo que viajamos desde México: el anfitrión era Victor N. Agather, estadounidense radicado en la Ciudad de México, veterano de la Segunda Guerra, Corea y Vietnam y un empresario exitoso, quien había dedicado años y una fortuna considerable a que un avión B-29 Superfortaleza volviera a surcar el cielo. Esa misma tarde el avión volaría en el festival.

EL HOMBRE QUE CAMBIÓ LA HISTORIA

Del aeropuerto nos condujeron a un restaurante. Agather dijo algo que me hizo abrir los ojos: íbamos a conocer al general Paul Tibbets, piloto del B-29, y advirtió que podíamos preguntarle lo que quisiéramos. Sentí una incredulidad total. Desde niño conocía la versión de que el piloto que lanzó la primera bomba atómica había terminado loco. Se lo dije a Agather. Me contestó que no, que era un mito, que lo comprobaríamos nosotros mismos en un par de minutos.

Llegamos a un restaurante donde, en el exterior, figuraban una rueda de carreta y un par de cuernos largos: más texano no se podía. Al entrar al salón, un poco oscuro, encontramos una mesa larga dispuesta, y en la cabecera estaba él. En esa mesa se sentaron el señor Larrea, ejecutivo de la Compañía Minera México; un funcionario de la Comisión Federal de Electricidad cuyo nombre se me perdió con los años, junto con su hijo; el propio ingeniero Chávez Quezada; y yo, el invitado del invitado.

MUCHAS HORAS DE VUELO

Cuando Agather abrió la ronda de preguntas, levanté la mano sin darme cuenta y fui el primero. Había estado ensayando la pregunta en mi mente, rogando que saliera con una dicción perfecta. Se me concedió la voz y le pregunté al general Tibbets qué había sentido al darse cuenta de que había lanzado la bomba atómica. Con inusitada calma, me explicó que ningún miembro de la tripulación, ni siquiera él, conocía la dimensión real de lo que llevaban ni el efecto que causaría la bomba. Con un acento un poco sureño, contó que, una vez soltada la bomba, debían virar de inmediato a 160 grados para escapar de la onda expansiva; que después de cuarenta y dos segundos el avión se estremeció, y que sintió un sabor a metal en la boca.

$!Explosión de la primera bomba atómica en agosto de 1945. Imagen coloreada intencionalmente con IA.
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/las-familias-del-poder-en-la-villa-de-santiago-del-saltillo-y-pueblo-de-san-esteban-de-la-nueva-tlaxcala-FE20427200

Con la cámara en mano, y sin vacilar, volví a preguntar: ¿lo volvería a hacer? ¿Volvería a lanzar otra bomba? Se me quedó viendo con una mirada penetrante, de ojos grises tras unos lentes gruesos, y esbozó una levísima sonrisa, apretando un poco los labios. Respondió seguro y sin titubeos: que él era un soldado que había cumplido una orden; que los soldados están entrenados para obedecer, no para discutir; y que esa bomba, junto con la segunda, lanzada días más tarde sobre Nagasaki, había terminado la guerra y con ello se habían evitado más muertes. Por un momento sentí que se me había abierto la boca; no supe qué decir. Solo asentí y dije “Thank you”.

Lo que más me impresionó no fue tanto lo que dijo, sino cómo lo dijo: hablaba con mucha seguridad y frialdad, sin pausas ni gestos de duda. Habían pasado 38 años desde que lanzó la bomba, y ahí estaba, cuerdo y convencido de lo que había hecho. Al recostar mi espalda en el asiento y ceder la palabra a otros, con dificultad giré la cabeza para mirar la reacción de los demás: todos igualmente sorprendidos. Algo me estremeció; sentí que los nervios de la espalda no me respondían, y en mi interior se creó una atmósfera que el estómago empezó a resentir. Todos teníamos enfrente a una figura de hielo que no esperábamos encontrar así: comiendo con toda tranquilidad un filete y respondiendo con la naturalidad de cualquier sobremesa.

Después de mis dos preguntas, otros invitados siguieron con las suyas. El general jamás perdió la compostura ni la leve sonrisa que lo acompañó durante la comida. En ningún momento fue brusco, ni mostró estar incómodo; al contrario, se mostró amable.

Al terminar la comida, en la parte del estacionamiento del restaurante, el momento quedó en una fotografía a color: yo a mis veintidós años y una gorra del B-29 que había recibido de regalo, junto a mí Tibbets y al lado Victor Agather, con su uniforme de piloto y el parche del B-29 bordado. Antes de despedirnos, Tibbets estampó su firma en una de las revistas que Agather nos había entregado en el aeropuerto. Todavía las conservo.

Después nos llevaron a conocer el B-29, “Fifi”, así bautizado por Agather en honor a su esposa. Un grupo de aviadores texanos lo rescató de la chatarra en 1966, bajo el mando del propio Agather, y tras tres años de restauración lo certificaron y lo pusieron a volar de nuevo.

https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo-una-ciudad-forjada-a-golpes-HG20260575

NO ESTABA LOCO

En el vuelo de regreso a la Ciudad de México pensé que lo difícil no había sido conocer al hombre, sino tenerlo a unos centímetros sabiendo que era quien ejecutó la orden bajo la cual murieron más de cien mil personas. No hablo de eximirlo de su responsabilidad, sino de estar frente a quien acató la orden. Tiempo después encontré en la revista Proceso, número 373, de diciembre de 1983, una publicación donde el propio Tibbets, ya retirado de la Fuerza Aérea y presidente de Executive Aviation, empresa de aviación privada en Columbus, Ohio, concedía una de las pocas entrevistas que dio. Confirmé lo que ya sabía por experiencia vivida unos meses antes: no estaba loco. Tuve la oportunidad de preguntarle lo que muchos periodistas hubieran querido hacer y no pudieron.

QUIÉN ERA EL HOMBRE QUE TUVE A ESCASOS CENTÍMETROS

Paul Warfield Tibbets Jr. nació el 23 de febrero de 1915 en Quincy, Illinois. Se enlistó en 1937 y para 1945 ya cargaba veinticinco misiones sobre Europa y el norte de África como piloto de B-17. El general Leslie Groves, al frente del Proyecto Manhattan, lo eligió por esa disciplina que rayaba en la obsesión —la misma que le costó su matrimonio— para sostener en secreto un proyecto de esa magnitud.

Bautizó al B-29 como Enola Gay, en honor a su madre, sin consultar al capitán Robert Lewis, piloto original de la nave, relegado esa madrugada al asiento de copiloto. Despegaron de Tinian, Islas Marianas a las 02:45 del 6 de agosto de 1945. A las 08:15:17, el mayor Thomas Ferebee soltó la bomba; Tibbets viró de inmediato para escapar de la onda expansiva. Desde la cola, el sargento George Caron vio una columna con un núcleo rojo que devoraba la ciudad. El capitán Lewis exclamó su asombro; Tibbets permaneció frío.

Entre 70 mil y 100 mil personas murieron de manera instantánea. Casi el 70 por ciento de las edificaciones quedaron destruidas.

EL MITO DE LA LOCURA Y EL HOMBRE QUE SÍ ENLOQUECIÓ

Tibbets después de agosto de 1945 siguió una carrera militar exitosa. Llegó a general de brigada en 1959 y dirigió el Centro Nacional de Crisis en el Pentágono. Hasta su muerte, a los 92 años, sostuvo que jamás perdió una noche de sueño por Hiroshima: para él fue un deber profesional, y aquella bomba, junto con la segunda, sobre Nagasaki, había evitado que se perdieran millones de vidas en ambos bandos.

Murió en 2007, y hasta en la muerte quiso controlar por siempre su relato: pidió que lo cremaran, que sus cenizas se esparcieran sobre el Canal de la Mancha, donde había volado durante la guerra, y que no hubiera lápida. No quería una tumba; sabía que se habría convertido en sitio de protesta. El Enola Gay, en cambio, sí está en exhibición: permanece en el Centro Steven F. Udvar-Hazy del Smithsonian, en Virginia. En 1999 tuve oportunidad de estar frente a ese avión, y recordar aquella entrevista con Tibbets, el Enola Gay volvió a estremecerme.

$!Col. Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, con su firma autógrafa que conservo desde el encuentro en Harlingen, Texas.
https://vanguardia.com.mx/coahuila/saltillo/la-batalla-de-la-angostura-1847-la-tragedia-y-las-preguntas-sin-respuesta-MB20569702

A ochenta y un años del final de la Segunda Guerra Mundial, las preguntas que el general Paul Tibbets nunca quiso responder siguen abiertas: si las bombas fueron necesarias para la rendición de Japón, o si, en realidad, fueron una advertencia al mundo disfrazada de paz.

saltillo1900@gmail.com

Temas



Localizaciones



Ariel Gutiérrez Cabello, nació en Saltillo, Coahuila, en 1961, investigador de la microhistoria local. Ha dedicado su vida profesional a la comunicación, la ecología y la cultura, desempeñándose como museógrafo, e investigador.

Desde hace más de seis años, Gutiérrez Cabello comparte cada domingo en el periódico Vanguardia su columna Relatos y Retratos del Saltillo Antiguo, donde rescata historias, sucesos y personajes que han marcado la historia de la ciudad.

Entre sus obras destaca “Calles y otros lugares de Saltillo antiguo”, libro en el que indaga el origen de los nombres de calles, callejones e inmuebles de la ciudad, ilustrando con fotografías históricas y relatos la evolución social y cultural de Saltillo. También ha publicado “Escribidores de luz: fotógrafos en Saltillo, 1846 a 1920”, un trabajo que documenta el desarrollo de la fotografía y los fotógrafos en la región y el libro Imágenes e historia del Saltillo de 1900. Fondo Fotográfico Ferretería Sieber. Saltillo, Coahuila

Es ferviente coleccionista de fotografías antiguas, relacionados con la historia local, Gutiérrez Cabello trabaja de manera continua en la investigación de la microhistoria de Saltillo, para la preservación y difusión de la memoria histórica regional.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM