Amor y dinero

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Opinión
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Nuestras novias no sólo eran más modosas, sino también más modestas y conformes. Con un paseo salía uno del paso

La profesora Amelia Vitela viuda de García, era maestra de Español en primer año de secundaria en la Normal. Eso quiere decir que era también un poco nuestra mamá, pues sus alumnos aún no salíamos de la niñez. Y sin embargo nos hablaba de cosas de la vida que poco tenían que ver con la gramática. Un día nos dijo esto:

–En mis tiempos, el muchacho que quería entablar relación con una joven le escribía una carta de amor. Lleno de timidez, se acercaba a ella en el paseo y le decía: “¿Me recibe este papelito, señorita?”. Si hoy un muchacho le dice a una chica: “¿Me recibe este papelito?”, ella seguramente le responderá: “¿De a cómo es?”.

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Con la edad se le quitan a uno las ganas de conmoverse, cosa que, como quiera, impone esfuerzo. Achatada la sensibilidad, no te emocionas ya ni viendo la trágica muerte del Torito en la película de Pedro Infante. Se vuelve uno sordo del corazón, como quien dice. Aun así, me conmueve lo que debe gastar un novio para salir con su dulcinea. Entre el cine, las palomitas, los refrescos y hot dogs, el desdichado eroga lo que en mi juventud ganaba yo en tres meses de trabajo.

A propósito de esto hice memoria. ¿Cuánto gastábamos nosotros en el cortejo de una ninfa? La Coca-Cola en la inolvidable “Guacamaya” del señor Flores costaba 50 centavos. La entrada al cine, 1.25, y eso que no veías la película. Lo mismo costaba una hamburguesa en el Élite o en el restaurante del Hotel San Luis Inn. Haciendo comparaciones, el amor salía tan caro ayer como hoy. La ventaja es que nuestras novias no sólo eran más modosas, sino también más modestas y conformes. Con un paseo salía uno del paso. Íbamos a ver los aparadores, o a la Alameda, si había más confianza. Ahora ya casi no hay aparadores, y en la Alameda hay demasiada luz.

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De jóvenes todos éramos pobres, bendito sea Dios, pero la falta de dinero no amenguaba el deseo de agradar. Cierta tarde iban dos parejas –pretendientes ellos, pretendidas ellas– por la calle de Victoria. Al pasar por la acera opuesta frente al Cinema –que no cine– Palacio llegó hasta ellos el incitante olor de las palomitas que se vendían en el foyer del cine.

–¡Qué rico huelen las palomitas! –exclamó con acento insinuativo una de las chicas.

Se azaró su galán, pues andaba inargento e impecune, como decía el profesor Zertuche cuando no traía dinero. Su amigo acudió al rescate:

–No seas desatento –le dijo–. Atraviésala, para que huela las palomitas más de cerca.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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