Cautela, la clave para negociar el T-MEC
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La pausa en la extensión del T-MEC no es el fin del acuerdo; sobrerreaccionar ante las primeras señales sería tan inconveniente como minimizar los riesgos que representa un escenario de incertidumbre prolongada
La eventual decisión de Estados Unidos de no extender, por ahora, la vigencia del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) no debe interpretarse como una sentencia definitiva sobre el futuro de la integración económica de Norteamérica. Más bien, obliga a todos los actores involucrados a asumir una postura de cautela, prudencia y visión estratégica frente a una negociación que apenas entra en una etapa decisiva.
El comentario viene a cuento tras el anuncio, adelantado ayer por la agencia Reuters, con lo cual se activa la llamada cláusula de revisión incorporada durante el primer mandato de Donald Trump. Se trata de un mecanismo diseñado precisamente para revisar periódicamente el acuerdo y, en caso de no existir consenso para ampliarlo, mantenerlo vigente mediante evaluaciones anuales hasta su expiración en 2036. Es decir, no estamos frente a una cancelación automática del tratado, sino ante el inicio de un proceso de negociación complejo.
Conviene recordar que el propio T-MEC nació después de una negociación particularmente ríspida. La estrategia de elevar la presión al inicio de las conversaciones ha sido una constante en la política comercial del presidente Trump. Por ello, sobrerreaccionar ante las primeras señales sería tan inconveniente como minimizar los riesgos que representa un escenario de incertidumbre prolongada.
En estados profundamente integrados a la economía norteamericana, como Coahuila, la preocupación resulta comprensible. La fortaleza industrial de la entidad depende de reglas claras que permitan planear inversiones de largo plazo. Sectores como el automotriz, el de autopartes, la manufactura y la logística requieren certidumbre para mantener su competitividad frente a otras regiones del mundo.
También existen efectos indirectos que no deben ignorarse. El turismo de negocios, los servicios, la construcción, la proveeduría local y el empleo formal dependen, en buena medida, del dinamismo que genera la actividad industrial. Una desaceleración manufacturera terminaría reflejándose en hoteles, restaurantes, comercios y pequeñas empresas.
Sin embargo, tampoco conviene caer en escenarios catastrofistas. La integración productiva construida durante más de tres décadas no desaparecerá de un día para otro. Las cadenas de suministro entre los tres países responden a una lógica económica que trasciende coyunturas políticas y gobiernos específicos.
Precisamente por ello, México debe acudir a esta revisión con firmeza, pero sin estridencias. Defender el tratado implica también reconocer que existen capítulos susceptibles de modernización, desde la digitalización hasta la facilitación comercial y el aprovechamiento del nearshoring.
La prudencia no significa pasividad. Significa negociar con inteligencia, preservar los intereses nacionales y evitar decisiones precipitadas. El T-MEC continúa siendo el principal instrumento para garantizar la competitividad regional. En momentos de incertidumbre, la cautela deja de ser una opción y se convierte en la mejor estrategia.